Comúnmente asociada, en su versión romántica, con la rebeldía, la aventura y el heroísmo antes que con el terror y la ilegalidad —que, por otra parte, solía contar con los auspicios de potencias imperiales— la imagen novelesca y cinematográfica de la piratería viene a ser una especie de desagravio a la práctica que durante siglos asoló los mares. En tal virtud, el pirata ha pasado a ser un personaje simpático, así a los verdaderos corsarios podría no gustarles esta piel y preferirían conservar la de rudo y sangriento, aunque no hay manera de saberlo. Por extensión, sin embargo, se habla de piratería en actividades que ya no se desarrollan en las aguas sino en tierra firme, en el aire y en las ideas; éstas serán merecedoras de una futura columna. Por el momento, que sean los filibusteros tradicionales quienes tomen por asalto este espacio.
En la pluma de Espronceda, el pirata es casi un personaje de Discovery Kids: La luna en el mar riela, en la lona gime el viento, y alza en blando movimiento olas de plata y azul; y ve el capitán pirata, cantando alegre en la popa, Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambul.
Serrat no escapa al encanto del bucanero y le dedica la canción de la que he tomado el título, expresión usada, también, para referirse a una historia a la que se otorga poco o ningún crédito. El catalán se pone descriptivo y canta: Por un “quitame esas pajas” te pasan por la quilla. Pero en el fondo son unos sentimentales que se graban en la piel a la reina del burdel y se la llevan puesta a recorrer los mares. Y como confirmando la idea del “pirata con inteligencia emocional” complementa: Cuando los piratas son hombres enamorados de una piel que huele a jazmines, rompen promesas con sus hermanos del ayer y huyen al amanecer rumbo a un puerto que aún no ha puesto precio a su cabeza.
Si el “Nano” es un observador, Sabina va más allá y no duda en elegir, si se le fuera dado, ser un pirata, con pata de palo en lo posible: Al Capone en Chicago, legionario en Melilla, pintor en Montparnase, mercader en Damasco, costalero en Sevilla, negro en Nueva Orleans. Viejo verde en Sodoma, deportado en Siberia, sultán en un harén… tabernero en Dublín, comunista en Las Vegas, ahogado en el Titanic, flautista en Hamelin. Pero si me dan a elegir entre todas las vidas, yo escojo la del pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo, el viejo truhán, capitán de un barco que tuviera por bandera un par de tibias y una calavera.
Y llegamos al puerto que buscaba desde un principio: la más entrañable caracterización del pirata “hualaycho” que se haya hecho nunca, la del magnífico actor Johnny Depp en las botas del capitán Jack Sparrow que por estos días desembarca en las salas cinematográficas del mundo con la tercera entrega de la saga Piratas del Caribe —que no se dé por aludido el que ya sabemos (podría exigir una explicación a Hollywood)—. Lo adoré desde la primera cinta y al enterarme, mucho después, de que está inspirado en el extraordinario Keith Richards, entendí por qué sentí tanta empatía; imagínense ahora que el rollingstone tiene un pequeño papel en el film…
* Puka Reyesvilla es docente universitario.
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