Debo confesarlo, cueste lo que cueste. Creí en la Constituyente como en una religión. Si hasta le ponía velitas. Bueno, no tanto. Pero que conste que frente a la alternativa de los tiros, no parecían haber caminos de salida para la patria, como le gusta al amigo Liniers llamarla, con estudiada teatralidad.
Han pasado ya muchos meses y en medio hemos visto ensayos de juego hegemónico, dos tercios vrs. mayoría absoluta, que no están, ni de lejos, terminados. También hemos sido testigos de huelgas de hambre, gritos y tensión. La caída de un constituyente, que casi se mató como símbolo de lo que nos puede acontecer a todos, fue otro episodio noticioso. De sustancia, no se ha visto nada. Juro.
Lo que sí sabemos es que habrá elecciones el siguiente año. Es decir que volveremos al uso de las Asambleas Constituyentes para perpetuar al caudillo o legitimarlo. Nada muy diferente de lo que se vio en el pasado constitucional de la azarosa República. Tenemos otros personajes en el proscenio pero los mismos apetitos. Y que no se me malentienda. Quizás, por de pronto, no hayan apetencias malsanas, como las de llevarse al bolsillo los bienes de todos. Fiel a la sentencia de Lord Acton, creo que la búsqueda del poder absoluto corrompe absolutamente. Así que no me hago ilusiones. Insto al público lector a tomar el mismo camino. Más vale escéptico que embaucado.
Todavía, para fines constitucionales, se podrá discutir si estamos frente a una re edición de las Asambleas Constituyentes anteriores que en su mayoría cambiaron cosas de redacción y estilo (tan lindo nombre que se han inventado los Constituyentes) pero que solamente sirvieron para prorrogar el poder del alguno (s). El MAS puede todavía, quiero decir, ofrecernos un país remozado y socialista que deje de lado el semi-liberalismo vivido. Y digo esto sin el ánimo de aterrorizar al buen vecindario de la zona sur, que al tiro debe pensar en los efectos expropiatorios de una reforma urbana. Tranquilos, se trata simplemente de un juego retórico. Es que si no hay país socialista y, por ejemplo, pasamos de una constitución como la actual, nacionalista revolucionaria a otra de corte nacionalista indigenista, poco habrá cambiado en la sustancia. No habrá la tal refundación por cuanto las raíces ideológicas centrales de nuestra constitución no se habrán modificado. Lo único que quedará como efecto práctico será la reelección presidencial.
Y así, he vuelto por los fueros del realismo político. Lo que quiere decir no creer en las buenas intenciones de principio, porque pueden traer mayores males que las malas causas. Tal como los europeos, que querían paz a toda costa - fin noble en sí mismo -, pero no se dieron cuenta que los acechaba la inevitable guerra, para la que no quedaba otra que armarse - un mal en sí mismo.
Así, veo que la famosa Constituyente nos va hacer gestos de asco. Quizá hemos evitado de momento la guerra civil, lo que no es poca cosa. Pero, vaya uno a saber en qué acabaremos. Así que con gran pena, me bajo del micro de los creyentes. No, no vendrán grandes soluciones a los problemas de la nación. Tendremos un régimen prolongado como tributo de la Constituyente a la República. Y aparte de la novedad de que un gobierno dure más de lo normal, es decir menos de dos años, y de que las mismas caras se repitan incesantemente en los noticiosos, en discursos interminables y de efecto somnoliento, la República, constitucionalmente considerada, será la misma.
Esto no quiere decir que en un nivel inferior, en el legal, las cosas no cambien y volvamos a una economía mixta de corte estatal predominante. De cualquier modo, la gran transformación que se nos ha prometido consistirá en un retorno al pasado. A partir de ahora, les tocará a los constituyentes probar que su tarea juega a favor y no en contra. Por esas y varias razones, me bajo del micro. No creo que la promesa de un régimen de veinte años sea motivo de regocijo.