La serie chilena Epopeya que trata sobre la Guerra del Pacífico tiene un enfoque novedoso al mostrar la narración de esos hechos desde el punto de vista de cada uno de los tres países involucrados en el conflicto y de esa manera muestra qué creen los ciudadanos de Bolivia, Perú y Chile sobre la base de lo que se enseña en sus respectivas escuelas, marcando así de manera indeleble el imaginario colectivo de cada nación ya que por alguna razón los acontecimientos que cada país destaca son los actos heroicos. Sin embargo, y como contraparte, este enfoque ha provocado que Chile tenga una actitud soberbia y altanera hacia Bolivia y Perú, quienes por su parte no terminan de sanar las heridas en su autoestima nacional provocadas por perder dicha guerra.
Analizando país por país “sus” historias de la guerra, tenemos que la historia peruana abunda en la narración de los saqueos y atrocidades contra civiles, prisioneros y población en general que realizaron las fuerzas de ocupación chilenas; también en Perú se enseña que Bolivia, después de la batalla de Alto de la Alianza, lo dejó solo contra Chile, siendo que el primero había entrado a la guerra por cumplir su “compromiso de honor” con Bolivia estipulado en el Pacto Secreto de 1873. Por su parte, la historia chilena comenta la ocupación del Perú, pero no habla de las atrocidades y saqueos. Tampoco la historia chilena señala los móviles económicos que fueron la causa principal del conflicto y sólo especifica que el incumplimiento de los tratados por parte de Bolivia fue la única causa de la guerra.
En relación a Bolivia, un aspecto que su historia no destaca es el hecho que el gravamen de diez centavos por quintal de salitre que impuso Bolivia a las empresas anglo-chilenas que operaban en Antofagasta fue fijado un año antes que empezara la guerra y, en cambio, sí se subraya que el hecho que las compañías se negaran a pagar dicho impuesto fue lo que provocó la decisión del gobierno boliviano de anular y proceder a rematar las concesiones que tenían en ese momento dichas empresas. Asimismo, en Bolivia nos enseñan que Chile se preparó con mucha anticipación para usurpar sus territorios y que estaba buscando una excusa para invadirnos.
Si todo lo anterior fuera como cada país lo narra, surgen entonces varias preguntas: si Bolivia sabía de los aprontes chilenos, ¿entonces por qué dio la excusa que Chile buscaba y no negoció una salida al problema?; si hubo un año de aprontes y ya era conocida la superioridad en armamento de Chile, ¿Por que Perú no “paró” a Bolivia sabiendo que Chile, respaldado por Inglaterra, ambicionaba también territorios peruanos y sabiendo también que Bolivia no era capaz de sostener una guerra con Chile? ¿Por qué Chile recién en abril de 1879 le declara la guerra al Perú? ¿Significa eso que Chile no esperaba guerrear con Perú y simplemente se aprovechó de la manifiesta debilidad boliviana para quitarle su litoral, esperando que Perú no cumpliría el Tratado “secreto” de 1873? ¿Es posible que Perú no estuviera informado de las intenciones bolivianas, a sabiendas que Perú sería el que cargaría el peso de la guerra? ¿Es posible que Daza no haya querido retroceder en la cuestión del impuesto ya que sabía que Perú lo apoyaría y que los gobernantes de ambos países jamás pensaron que podrían perder la guerra? ¿Cómo es posible que Bolivia haya insistido en dicho remate sabiendo que las empresas anglo-chilenas tuvieron un año para negociar con el gobierno chileno sus concesiones y para soliviantar a los 5,000 (o más) trabajadores chilenos que trabajaban en ellas (diciéndoles que se quedarían sin trabajo), peor aún si el remate se iba a realizar cuando ya estaban en el puerto los barcos chilenos que traían la tropa que tomaría Antofagasta?
Es probable que si se respondieran esas preguntas, recién aflorarán los verdaderos intereses que desataron la guerra, y lo que es más importante, conoceremos de una vez la enorme irresponsabilidad y ligereza del gobierno boliviano de ese entonces, y también serviría para que los bolivianos aprendamos finalmente a no echar la culpa a otros de los resultados de los disparates de nuestros gobernantes, los cuales se pagan por generaciones.