Lo he dicho muchas veces y no voy a cansar de hacerlo. Si la economía boliviana crece por el resto de la vida a un 4,5 por ciento, nos tomaría 132 años alcanzar el ingreso per cápita de un argentino de hoy. Este panorama no cambia si se realiza una agresiva distribución del ingreso. Los asiáticos han podido doblar su ingreso por persona cada diez años, creciendo por encima del 8 por ciento. Así que, o pensamos en grande, o somos sinceros con la gente y les decimos que tal vez sus bisnietos tendrán “tal vez” una vida mejor que un gaucho de estos días. El desafío es mayúsculo, implica cambiar el chip colectivo. El Gobierno debería dejar de mirarse al espejo y pensar que lo está haciendo ma-ra-vi-llo-sa-men-te; nosotros deberíamos parar de autoflagelarnos y el sector privado ponerse las pilas para establecer metas de crecimiento más agresivas, qué tal un 8 por ciento de manera sostenida. A esta tasa de crecimiento del producto, el tiempo de salida de la pobreza puede ser menor y no es una cúspide inalcanzable, especialmente ahora que tenemos un contexto externo fabuloso.
Para muestra algunos botones. Hace 3 años, Perú o Argentina vienen creciendo a tasa superior al 8 por ciento. Ejemplos más lejanos son China o India que crecen al 10 por ciento hace una década por lo menos. Para entrar a las ligas mayores en materia de crecimiento económico, se necesitan 3.200 millones de dólares de inversión por año y una revolución microeconómica en términos productivos e institucionales. Por temas de espacio, esta su columna dominical se concentrará en los aspectos macroeconómicos y le quedará debiendo un análisis de los saltos en productividad que se requería para alcanzar esta meta. De pasada les recuerdo que nuestros niveles de productividad, tanto en el sector público como privado, son los más bajos y a estas alturas del siglo XXI debería estar claro que no por mucho madrugar uno ve vacas en camisiones ni produce revoluciones tecnológicas.
En los últimos 10 años, el promedio de la tasa de ahorro en Bolivia giró en torno al 12 por ciento del producto. Si hablamos, de manera muy generosa, de una riqueza anual de 9 mil millones de dólares en el país, después de todos nuestros gastos e inversiones nos queda como mil millones de verdes. Con la nueva Ley de Hidrocarburos y la renegociación de contratos, que ahora responde al alias de “nacionalización”, la tasa de ahorro aumentó al 18 por ciento del PIB. Supongamos ahora que el sector público tiene más marmaja, y ésta se va en su totalidad a la inversión, esto quiere decir que se inyectan a la economía 1.620 millones de dólares. Los restantes 1.580 deberán venir del sector privado nacional y extranjero para completar los 3.200 millones de dólares de inversión.
El supuesto de que el Gobierno no tenga tentaciones populistas es muy fuerte y es probable que parte del nuevo ahorro se vaya para más aumentos salariales, bonos, y transferencias de todo tipo, como ya está ocurriendo en los hechos. Pero soñar no cuesta nada y sigamos con los supuestos. Es probable que el sector privado nacional pueda ayudar con unos 500 millones por año, pero aún faltan 1.000 millones, que necesariamente deben provenir del ahorro externo, sea en forma de préstamos o inversiones.
Más allá de la retórica nacionalista que reina en el país y que despotrica contra el capital transnacional en los balcones, en los hechos se actúa más pragmáticamente y se dice queremos socios y no patrones. En el fondo se reconoce que se necesitan los verdes de afuera para hacer la revolución de la producción y el crecimiento. En buena hora la actitud, pero también se requiere criterios para escoger los socios y una plan para dirigir sus inversiones donde a los bolivianos nos interese, por ejemplo, menos en recursos naturales y más en turismo, agroindustria, textiles, servicios o tecnología.
En Bolivia en los últimos años, la Inversión Extranjera Directa (IED) se concentró nuevamente en recursos naturales, antes se dirigía un poco más a manufacturas y servicios. Además, está claro que la IED es muy disímil y hay de la buena y de la mala. Cuando más incertidumbre e inseguridad jurídica existe, se tiende a atraer a los piratas y/o a los que traen plata más cara. En el 2006, la IED ascendió a 72 millones de dólares, en el mismo periodo sólo la China recibió 60 mil millones e Irlanda 40 mil que son los campeones en este rubro. Bolivia recibió 237 millones, en cuanto a Chile y Perú, 8.000 y 3.500 millones de dólares, respectivamente, para sólo quedarnos en el vecindario. En este contexto, el trabajo de atraer recursos externos es arduo.
Comenzar a crecer a tasas que estén en torno del 8 por ciento sería el inicio del milagro económico boliviano. Este es el momento para ponerse metas ambiciosas. Hace 40 años que no tenemos un contexto externo tan favorable, los precios de los productos que vendemos están por los cielos, se tiene un buen pedazo de la torta gasífera, nos están perdonando nuestras deudas, la inversión pública podría superar los mil millones de dólares, podríamos atraer más IED y de yapa los bolivianos, que vieron que la única salida para la crisis es un aeropuerto, están comenzando a mandar plata desde España y de otras partes del mundo. Estos recursos e inversiones pueden ayudar mucho. El otro desafío son aumentos gigantescos en productividad, pero no hay duda que ahora es cuando hay que pensar en grande, pensar en un milagro económico.
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