Doña Paolita se hizo famosa con los cueritos de chancho Hace 48 años se dedica a esta actividad. Se declara feliz y dice que este trabajo le permitió vivir, criar y educar a sus hermanos y a sus nietos.
Doña Paolita, la llaman sus caseras y caseros. Tiene más de 70 años y al momento lleva 48 años dedicada a agradar el paladar de aquellos que gustan servirse el tradicional sándwich de chola, preparado con manos que no sienten el paso del tiempo y le dan un gusto especial.
No recuerda la edad en la que abandonó su natal Camargo. Llegó a La Paz sola y pasados los años se casó y tuvo tres hijos. Su esposo se fue a Estados Unidos y no volvió. La necesidad la obligó a pensar en un modo de sustento y empezó a vender los sándwich que provocan largas filas al final de cada tarde.
“Vienen porque yo estoy años en la calle, lo hago biencito, les doy calientito”, dice mientras corta el pan y la carne para entregar tres sándwichs en su puesto del Estado Mayor. Revela que todo prepara personalmente empezando por la compra de la carne y su posterior horneado.
“No cambio por nada a doña Paolita”, afirma Alberto que se declara un fiel y asiduo casero.
Hace 48 años empezó con una pequeña pierna de chancho y hoy necesita hasta 5 diarias para abastecer la demanda que va desde una hasta 20 ó 30 preparados que no estarían completos si no es por el cuerito y el ají amarillo. “Antes no querían el cuerito y ahora todos piden”, sostiene.
Una frase que resumió su vida fue: “Soy feliz”. Patricia, una de sus hermanas que la ayuda, añade que “ella es mamá de todos” para explicar que doña Paolita crió e hizo estudiar a sus hermanos y, hoy a sus nietos y bisnietos.
Dos de sus nietas la acompañan y no dejan de hablar de lo buena que es. En medio de risas afirman que las dos pasiones de su abuela son “las plantas y las piernas (claro está, de chancho)”.
El ex presidente Jaime Paz Zamora, como otras personalidades del ámbito político, deportivo y artístico acuden a comer. Don Roberto, otra de las personas que ayuda en el negocio, recuerda que el ex mandatario llegaba en su vehículo y mandaba a su chofer a comprar los sándwich. “Él no bajaba”.
“Cuando llegan del exterior vienen con sus maletas a comer aquí. Hay mexicanos que les gusta el ají. Pilotos también vienen, vienen todos”, informó sin ocultar el orgullo de su popularidad.
No olvida a los militares. “Muchos ahora ya vienen con sus nietos y les dicen yo comía aquí cuando era de tu edad”.
No sabe cuánto tiempo más estará dedicada a esta actividad que, asegura, le permitió sacar adelante a su familia. “Estaré hasta cuando Dios me lo permita”, dice con una sonrisa.
toda una vida
Tradición • Los sándwich de chola son una tradición, pero cobran un singular gusto de las manos de la caserita.
Costo • El precio es de 7 bolivianos y una sucursal ambulante está en la recta del estadio Hernando Siles.
Competencia • Los puestos y restaurantes no le hacen sombra.
Un stronguista provoca largas filas y es celoso con su receta
En la fila, más de 10 personas esperan impacientes su turno. Plácido, un stronguista de corazón, llegó tarde y apresura su labor para recuperar el tiempo perdido. “¿Con todos los aderezos?”, pregunta antes de entregar dos preparados de salchipollos.
Hace 19 años inició este trabajo en la zona de Miraflores, entre la Bush y Díaz Romero. Dentro de un quiosco guarda sus secretos que sólo se revelan al saborear los llamativos salchipollos. Como lo dice su nombre, son salchipapas con trozos de pollo.
Aliviana su labor escuchando tonadas rancheras y confiesa que es un stronguista que, sin embargo, también atiende a los bolivaristas. Es modesto porque dice que el secreto de su éxito se debe preguntar a sus clientes.
“Es riquísimo, siempre vengo, está hasta la madrugada”, expresó uno de los clientes que recibió su salchipollo. “No se acerque”, le dice a uno que intenta ver cómo se prepara su pedido, mientras que pregunta a otro si se servirá pollo, hamburguesa, salchipapas o un salchipollo.
Tiene una familia de seis hijos. Excepto las salchichas, “todo lo que se ofrece es preparación mía´.
Plácido está, excepto los domingos, todos los días de 19.00 a 3.00 y 6.00 de la madrugada. “Si no vengo no comen”, afirma e informa que futbolistas, radiotaxistas y otros vienen a servirse, entre ellas “la Justa de la tele”.
Pablo se pone la casaca de su equipo para atender el negocio
El Pollo Académico es otro rincón de los radiotaxistas y otros que gustan comer bien de noche. Está en Tembladerani y hace honor a su nombre con una decoración que no deja espacio a otro símbolo que no sea el del club Bolívar.
Pablo Huanto empezó en un pequeño espacio de esta populosa zona. Vendía pollos, salchipapas y hamburguesas.
Los vecinos y radiotaxistas fueron y son sus principales clientes. Es bolivarista. “El Pollo Académico” surgió de la decisión de relacionar el nombre de su equipo con su negocio.
“Me he animado porque sé de comida, yo trabajaba años en la gastronomía; soy chef. Tenemos ahora desde salchipapas, pollo a la broaster y todo lo que le gusta a la clientela que viene de la zona Sur, las villas”, explicó Huanto.
Sus tres hijos lo ayudan en el manejo y atención a los clientes. “Estoy satisfecho por la clientela que viene aquí”, asegura mostrando su polera y varios objetos alusivos al club Bolívar, entre ellos fotos del fallecido Mario Mercado.
“Siempre hay anécdotas, porque me he dado cuenta de que los que más reclaman son stronguistas. Siempre alguien me dice que está frío, que está salado y yo les digo en broma: usted debe ser stronguista. Los bolivaristas siempre están satisfechos”, afirma.
Uno de sus clientes le recuerda que existe una campaña para reclutarlo al The Strongest.
Doña Pacesa cocina cada día 100 kilos de rico chicharrón
Uno de los famosos agachaditos para ir en la noche está en Villa Fátima. Doña Pacesa es especialista en chicharrón. Recuerda que se inició vendiendo ese plato en papel y a un costo de 0,40 centavos.
Hace 29 años inició este pequeño negocio con su esposo. Hoy tiene cinco sartenes grandes que cocinan los trozos de carne de chancho que los compra y sazona personalmente.
Atiende cobijada bajo un toldo de tela y sentada frente a sus sartenes y al lado de sus ollas de chuño y mote. “Uno de 12 ó de 15 bolivianos”, pregunta a uno de sus clientes que se sienta en una de las bancas del puesto ubicado en inmediaciones del mercado.
“Aquí vienen a comer de todas partes. Haber, vinieron los de La Bamba, otros grupos. También hay varios diputados que vienen, médicos, abogados”, informó doña Pacesa.
“He empezado vendiendo de 0,40 centavos y desde ahí le he subido el precio poco a poco. Ahora vendo aquí y cocino también a pedido para el Estado Mayor, los navales, los policías”, explicó sin descuidar el movimiento, con un gran cucharón del aceite que cocina la carne.
Doña Pacesa tiene tres hijos, es viuda y aseguró que la necesidad le permitió abrir un negocio con el cual mantiene a su familia.
“Me va bien. Al día tengo que comprar 100 kilos de carne y los fines de semana hasta 120 kilos. Todo es del día”, añade.