Hogar de la cultura Mollo, fuente de riqueza aurífera para los españoles y base de revolucionarios, Aukapata tiene la historia tejida en sus piedras y balcones. Sin embargo, la migración robó al pueblo su bien más preciado: la gente.
Texto: Jorge Soruco Ruiz Fotos: Nicolás Quinteros
Rodeado por la niebla, el pueblo parece salido de un cuento de hadas. Aunque el visitante puede observar señales de modernidad —antenas de televisión, postes de luz y uno que otro auto—, cuando entra a Aukapata, sus calles empedradas, sus balcones y escaleras de piedra lo sumergen en la época de la Colonia.
Aukapata es la capital de la tercera sección de la provincia Muñecas de La Paz. El municipio cuenta con alrededor de 4.000 habitantes, el 95 por ciento concentrado en las comunidades que rodean al pueblo, el cual alberga apenas a entre 10 y 15 familias que residen allí de manera permanente.
La reducción de la población comenzó con la apertura de una ruta que conectase el poblado con el resto del departamento de una manera más eficaz y rápida que el tradicional camino por Sorata.
Quien quisiera viajar a La Paz tenía que, obligatoriamente, cruzar el río Llika y, a pie o a lomos de algún animal de carga, dirigirse a la población de Sorata. Una vez allí, se esperaba un camión que se dirigía a la sede de gobierno.
Sociedad estática
Este aislamiento forzoso dificultó la migración de los aukapateños hacia la ciudad de La Paz y permitió que la sociedad se mantuviera igual que en su fundación.
“Aukapata estuvo aislado durante años. La única manera de llegar a él era mediante los caminos de herradura. Hasta la década de los 70 no existía ningún tipo de carretera que permitiera la llegada de un transporte rápido”, recuerda el arqueólogo Oswaldo Rivera.
Esta separación estructuró una sociedad que se mantuvo sin cambios por más de 150 años y estaba integrada por criollos descendientes de españoles como clase dominante; mestizos, quienes no podían ejercer ningún cargo, y los indígenas, la mano de obra.
“Además, no hubo la mezcla de culturas tan fuerte que se dio en otros lugares. Recuerdo que todavía se bailaban danzas típicas españolas”, recuerda Jorge Albarracín, vecino de Aukapata.
La mayor actividad económica de la zona fue, y es, la agricultura. Los principales productos son el maíz, la papa y las habas, cultivados en los terrenos pertenecientes a los terratenientes.
La población de Aukapata utilizaba estos productos para intercambiarlos por otros en las comunidades cercanas, como Sorata. “Esta economía de intercambio de productos básicos todavía se aplica”, asegura don Jorge.
Cambios bruscos
Pero, aunque la sociedad y economía aukapateña no sufrió cambios en sus 226 años de vida, no se puede decir lo mismo del pueblo en sí y las vidas de sus habitantes.
Acontecimientos históricos originados en los alrededores y en la ciudad de La Paz provocaron temblores que sacudieron al pueblo hasta en sus cimientos; en algunas ocasiones, en sentido literal.
El primero fue la misma fundación del pueblo, en 1781. “En realidad, la Aukapata que conocemos hoy en día es el segundo pueblo, que se construyó después de la destrucción del primero por Túpac Katari”, relata Albarracín.
Efectivamente, a unos diez minutos de viaje por la carretera que lleva a las ruinas de Iskanwaya está el Maukallajta, los restos derruidos y calcinados del pueblo viejo de Santa Rosa de Buenavista.
Los españoles se instalaron en el Maukallajta por el oro que abunda en la zona, tanto en las minas como en los ríos cercanos. Por este motivo, los colonizadores construyeron sus hogares alrededor de las bocaminas de la montaña.
“Las casas son de diseño español, con un patio central alrededor del cual se levantan las habitaciones. Este patio, a su vez, se construyó alrededor de la entrada a los socavones auríferos que cada familia explotaba por su cuenta”, explica don Jorge, quien añade que las familias de Aukapata todavía bajan a Maukallajta para conseguir algunos gramos de oro.
Cuando el líder revolucionario Túpac Katari se levantó en armas para poner un cerco a La Paz, sus huestes se enfrentaron con los colonizadores de Santa Rosa de Buenavista y arrasaron el pueblo. Los sobrevivientes se trasladaron metros más arriba, donde actualmente se yergue Aukapata.
La Guerra de la Independencia tampoco ignoró a este pueblo. Aunque no presenció mayores batallas, fue testigo de la republiqueta organizada por el sacerdote Ildefonso de las Muñecas. Es más, la actual comunidad Compañía, en ese entonces Kami Kami, fue el centro del movimiento.
El principio del fin
Fue la revolución del 9 de abril de 1952 junto a la promulgación de la Ley de Reforma Agraria que causó la ruptura de la estructura estática del pueblo y forzó la llegada de cambios radicales en la forma de vida de los aukapateños.
“Las políticas del nuevo gobierno eliminaron a los patrones de golpe y le entregaron la tierra a los campesinos. Esto afectó a muchos de los pobladores de Aukapata, quienes vieron reducidos sus ingresos al mismo tiempo que sus tierras”, explica Albarracín.
De este modo comenzó a vaciarse el pueblo. Los jóvenes empezaron a migrar hacia la sede de gobierno, mientras que otros se capacitaron como profesores rurales para atender las necesidades de las antiguas haciendas, ahora comunidades campesinas.
En 1976 se habilitó la carretera que une Aukapata con Escoma y La Paz. Desde entonces, la población se fue reduciendo progresivamente. “Claro, quienes nacieron en Aukapata regresan de vez en cuando, generalmente en vacaciones o para pasar el fin de semana”.
El peso del pasado se siente. Actualmente Aukapata se asemeja a un pueblo fantasma. La belleza colonial de sus calles y casas no oculta el silencio que la inunda.
“Aukapata no tiene ningún tipo de ingreso”, sentencia Jorge. Sin embargo, al mismo tiempo, prevé un posible futuro si se explotase la industria turística, exhibiendo las ruinas españolas y de la cultura Mollo que hay en sus alrededores.
“El pueblo está lleno de historia. Y no sólo el pueblo. A diez minutos está el Maukallajta. A media hora de viaje en auto están los restos de Iskanwaya. Con una buena infraestructura podría competir con el Cusco como destino turístico importante en Latinoamérica”, afirma Oswaldo Rivera.
Y, mientras se discuten posibles planes para su progreso, Aukapata duerme, soñando con un futuro lleno de visitantes y pobladores.