Todo parece indicar que los bolivianos tenemos un cierto agrado por vivir en tensión. Y cuando pienso en lo que evoca la palabra tensión, pienso también en desasosiego e inquietud. Claro, no es el caos que algunos, interesadamente, plantean como el trasfondo de la coyuntura actual. Vivimos en un orden, ya lo dije, tenso.
La política es el campo en el que se manifiesta la tensión y el populismo, su motor. Los orígenes de este último corresponden a la forma en que un líder y un programa político se han adecuado a una serie de demandas insatisfechas, trastocando su inviabilidad hacia un horizonte de realización, que pertenece más al plano simbólico que al real. Y el simbolismo es, frecuentemente, sinónimo de confrontación.
En Bolivia se ha ido consolidando un “populismo indigenista de izquierda” en un campo donde ya no existía espacio suficiente para legitimar una propuesta desde el neoconservadurismo o de un liberalismo tenuemente socialdemócrata (ambos incluso con expresiones populistas).
Sin embargo, no es la caracterización del populismo de Evo Morales lo que debe ocuparnos, sino por qué éste genera un orden en medio de la tensión, en contra de los argumentos que plantean al empate catastrófico o al caos y la desintegración como las opciones de la coyuntura actual.
Ernesto Laclau, ensayista y politólogo argentino de amplio recorrido intelectual, manifestó recientemente que el nuevo populismo latinoamericano, en sus distintas corrientes, será el elemento estabilizador del Mercosur, hasta incluso convertirlo en bloque regional de relativa importancia en el actual mundo multipolar.
Siguiendo el pronóstico, en nuestro caso, la estabilización es un resultado de una apuesta ideológica y programática, que aggiornará las políticas desde el Estado, sin cambiar su esencia. Y justamente en eso tiene mucho que ver el condimento picante de la tensión en la receta de restablecer el orden, aunque esto suene a una poco sutil contradicción.
Y es que la confrontación permanente, como estrategia de gobernar, no está dirigida a cambiar todo de raíz, sino a mostrar que se castiga el pasado y a sus protagonistas, aunque se continúe con su legado, claro está, con otros actores en los roles protagónicos en la conducción de la nave del Estado e imprimiendo un leve cambio de no más de 20 grados hacia la izquierda en el timón.
¿Continuarán los negocios privados, para llamarlos genéricamente, viento en popa en este panorama? Yo creo que sí, el Gobierno actual ya eligió a las compañías transnacionales como sus socias y logró un acuerdo para la monetización en el corto plazo de las reservas de gas. Ése es el orden, bajo la égida de la tensión.
*Gustavo Luna es comunicador y trabaja en el CEDLA.
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