El castellano local en los tiempos de la multiculturalidad se acorta, se adormece y se empobrece en el sentido que muchos términos bravos, ríspidos, chocantes, antes raras veces empleados en la conversación ordinaria, pierden sus sentidos originales y se vuelven corrientes. Los universitarios están entusiasmados con ellos. En verdad, siempre fueron aficionados al lenguaje de mancebía, subido de color, a las palabras vigorosas, pero nunca hasta ahora fueron tan atrevidas y tan concentradas, a las cuales se han entregado hasta las doncellas. Pero, ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? se preguntó ya hace años E. Jardiel Poncela.
El fenómeno presenta ribetes completamente nuevos tanto en la tendencia a acortar las palabras como en el uso de expresiones gruesas que salían en pocas oportunidades como interjecciones cuando un suceso inesperado interrumpía abruptamente en la existencia de las personas apabullándolas, haciéndolas sentir que “la suerte que es grela (mujer caprichosa) fallando, fallando te largue parao” o para desfogar la rabia, la indignación, la bronca, porque algo o alguien les colmó la medida.
Hasta hace poco nadie andaba tan apurado ni falto de tiempo como para hacer de la charla una suerte de taquigrafía oral, al contrario, gozaba pronunciando las palabras alargadas, decidoras, cantarinas. Sólo el dejo andaluz de algunas poblaciones del país se comía las terminaciones.
Los jóvenes y los muchachos de hoy apenas sueltan una palabra completa. “Quiero unas figus de la 21”, me dijo mi nieto, el otro día. Mi mujer, iniciada en el lenguaje, lo llevó a comprar figuritas para uno de los álbumes que, con monótona regularidad, llenan los chicos. Allí vio desfilar futbolistas, superhéroes, animales salvajes, padrinos rápidamente digitados por el vendedor. Él con ojo certero hizo el trato con ágiles bisílabos: yala, nola, evitando las repe. En buen romance, ya la tengo, no la tengo. Cuidado con las repetidas, aunque se las puede cambiar en el cole, si el profe no molesta.
Porfa, amigo lector, permítame una historia más. Recientemente, el presidente de una institución pública recibió a los serenos que le pedían un bono especial para adquirir unas panocas. El sorprendido ejecutivo no respondió de inmediato, porque no se enteró de qué se trataba la solicitud. Se fue donde un colaborador para preguntarle si sabía qué era una panoca. El empleado, entre risas, le dijo que es una chamarra abrigada para no cagar de frío en estos días de invierno.
Y qué decir del verbo intercultural estir, curiosamente puesto en la tercera conjugación verbal terminada en ir, que está cerrada hace mucho tiempo. Hasta ahora no alcanzo a descifrarlo, tiene más acepciones que el verbo ser o hacer. ¿Deformación o contracción de estar? Tal vez, en todo caso se suele emplear entre otros fines para indicar algo que está acabado, terminado, pero se lo conjuga casi siempre con el auxiliar haber.
Al lado de los vocablos recortados, otra moda se impone entre los jóvenes. La conversación económica hecha con muy pocas palabras, más precisamente palabrotas: cinco o seis. Aquellas que antaño únicamente salían en situaciones extremas a sabiendas de los resultados negativos que su uso podía acarrear: el ostracismo, dictado por las buenas maneras ofendidas o la réplica por parte del aludido, grosera e insolente, precursora de peleas ya no verbales sino físicas y hasta con armas, en las cuales se envolvían los próximos de unos y otros, creando enemistades por generaciones.
Uno no sabe si maravillarse por el giro banal que han tomado esos vocablos, reducidos en número o por la habilidad de los interlocutores para expresar cualquier idea, sentimiento con un vocabulario tan exiguo. Puta, cabrón, huevón, huevada, se emplean a troche y moche por muchachos y muchachas como trama de la charla, a veces con sentidos positivos, encomiásticos, a veces negativos, repro- badores. Se ensartan en cualquier conversación, corrientemente como muletillas o interjecciones que expresan una alegría, una satisfacción o un contratiempo, una molestia.
¡Qué de la puta! Es algo formidable, muy bueno. Sin la admiración puede ser un hecho lamentable. Huevón alude a un amigo o un adversario. Los términos sólo toman valor en el contexto de la conversación, de ahí su versatilidad. Nada que ver con las definiciones de la Real Academia. Uno se entera de la multifuncionalidad de las expresiones con oír al paso los saludos, los reconocimientos entre los jóvenes en las cafeterías, en los pasillos, en los jardines, dichos a voz en cuello, con normalidad.
La preferencia por palabras cortas es universal, la poda también, ambas impulsadas por la comunicación electrónica, por el reino de lo pluri-multi, lo que no es igualmente generalizado es la selección de las palabrotas y sus empleos. Como sostuvo Wittgenstein: el lenguaje manifiesta un peculiar sistema de interacciones y el significado de las voces, en lugar de ser una imagen de la realidad, refleja más bien el uso. La familiaridad del trato entre estudiantes permite la reconversión de los términos. Lo que aún no responde sobre el porqué de la selección. Tampoco lo hace el anclaje en las actitudes de rebeldía o la voluntad de diferenciarse de los jóvenes.
Tal vez lo pluri-multi, orientado a lo políticamente correcto, lleva a la juventud a buscar términos, que antes servían para discriminar minorías o insultar enemigos, para gene- ralizarlos a los amigos, quitándoles su vigor ofensivo. Así se habla un castellano fuerte y vulgar pero domesticado porque la fuerza que lo habitaba ha desaparecido, sólo permanece la tosquedad y la pobreza del léxico, carente de imágenes objetivas. ¿No sucede lo mismo con los científicos sociales cuyo mundo se llena de imaginarios cortados de lo real, de los hombres y mujeres de carne y hueso con sus amores, odios, esperanzas, desilusiones, con sus risas y lágrimas? Pero no echemos toda la culpa a lo pluri-multi, hay también la desidia de los muchachos, la facilidad del recurso al léxico multi-uso. Qué pena. Las palabras no suenan más como antes y hasta callan lo que solían decir.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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