“Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos seis, y en el dos mil también…”, comenzaba lamentándose Enrique Santos Discépolo en su tango Cambalache. Pesimista y perturbador para unos, certero y profético para otros, el hombre da en el clavo de nuestras desventuras y desasosiegos en su memorable imagen del siglo veinte. Afortunado él, no le tocó vivir el siglo veintiuno, más cambalachero aún, y sobre todo más mentiroso y perverso, pues nos marea con la ilusión de que todo ha mejorado, y de que, además, vamos por el buen camino.
Hace varios días que el tango retumba en mi cabeza, como música de fondo de la bronca y la impotencia de confirmar cómo funcionan las cosas; como recordatorio desolado de la aparente ingenuidad general, que se niega a aceptar la cruda realidad del hipercambalache globalizado en su real dimensión. La ciudadanía está encabronada con la FIFA por su última hazaña en relación al veto a la altura. Mi bronca es otra, más amarga y desalentadora porque no identifica responsables directos y no tiene contra quién desahogarse.
La culpa de esta nueva agresión no la tiene el señor Blatter, no la tienen ni los brasileños ni los argentinos, tampoco la tiene la Federación Sudamericana de Fútbol, ni la tienen el Comité Ejecutivo o la Comisión Médica de la FIFA. No nos equivoquemos, todos estos señores no hacen otra cosa que navegar a sus anchas en un mundo en el que los poderes económicos hacen y deshacen lo que se les da la gana, cuando se les da la gana. En este hipercambalache, cuando los ricachones ponen la música, al resto nos toca bailar y punto.
Me explico: el problema no es que las FIFAs, los organismos internacionales, los mismos Estados y todo el andamiaje “institucional” del mundo sean una porquería al servicio circunstancial de los dueños de la plata, el verdadero problema es que seamos tan imbéciles como para creer lo contrario, y por tanto esperar resultados diferentes. Por favor, pónganse la mano al pecho. Creo que en el fondo muchos lo sabemos, y otros tantos lo sospechamos: todos estos grandes organismos internacionales que se dan además el lujo de darnos lecciones y recetas de democracia, de modernidad, de libertad, de seguridad jurídica, de derechos humanos, y de “buen comportamiento” en general, llegado el momento, y cuando las papas queman, terminan respondiendo a los intereses económicos de quienes tienen la sartén por el mango.
Y es que resulta que nada en realidad es tan universal, ni tan democrático, ni tan libre como se nos intenta hacer creer. La ley de la selva rige con toda su crudeza, camuflada en escenarios donde teóri- camente nuestros derechos son iguales. Ojalá fuera éste el caso exclusivo de la FIFA, pero no es así: esta fantochada se representa una y mil veces en escenarios financieros, comerciales, diplomáticos y jurídicos, en los cuales la participación de países chicos y pobres es simplemente nominal.
Qué ganas tremendas provoca todo esto de mandar a todos al cuerno, bajarse del hipercambalache, y dejar de seguirles el juego. Pero si por razones de pragmatismo no se puede patear el tablero, por lo menos el hecho de confirmar una vez más cómo está montado el show, y de comprender cómo se mueven las cosas, es ya un avance importante. Ahora estamos todos claros: en el negocio del fútbol las selecciones y los equipos andinos no somos rentables. Hemos sido advertidos por segunda vez. Y si no nos pueden joder esta vez, la próxima será.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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