Nada mejor que el infortunio para unirnos. La condición de víctimas nos hace solidarios y nos permite recuperar —si me permite Eduardo Mitre un pedazo de poema— nuestro mar interior, porque “Necesitamos mar interior”. Habría tal vez que agradecerle a ese suizo que se hizo al sueco con el tema de la altura y dio luz verde al veto de la FIFA y provocó que surjan las voces de apoyo mutuo aunque sea una misma mirada multiplicada en mil espejos.
Un soliloquio comunitario —diría alguna corriente oficialista— porque a quién estaban dirigidos, por ejemplo, esos grandilocuentes discursos proferidos en el hemiciclo parlamentario condenando a los jerarcas del fútbol mundial sino a nosotros mismos. Porque pienso que a los demás —excepto otras víctimas andinas— les importa un bledo, inclusive deben estar frotándose las manos (o los pies).
Pero vale. Porque en esta época de revival nacionalista sufrir una afrenta de un ente transnacional es un incentivo —disparador, dicen los pistoleros— para buscar cobijo en nosotros mismos. Entonces, todos somos hermanos. Y se abrazan —es un decir— cambas y collas, oficialistas y opositores, t’aras y k’aras, los de arriba y los de abajo, en todos los sentidos.
Nos hacía y hace falta (venga cientista social) una demanda de alta agregación, ahora que no tenemos motivos para odiar al chileno traidor y estamos en una fase posneoliberal rumbo al poscapitalismo (diría la misma corriente oficialista) y no hay ídolos que derrumbar.
La pelea interna —y su escenario de conflicto de poderes y una asamblea constituyente con muletas y sin lentes— dio paso a la solidaridad y a la recuperación del sentido de comunidad nacional. Y eso que la victoria en el gramado verde de los estadios no nos sonríe hace tiempo, pero el fútbol tiene esas cosas que lo convierten en pasión de multitudes (no la mentada “forma multitud” que refiere esa corriente oficialista) y entre ellas está la apuesta al próximo partido, al próximo torneo, bajo el supuesto de que “todo tiempo futuro fue mejor”. Se los dice un aurorista.
Que tengamos un presidente futbolista y antes un (vice)presidente futbolero —y entre medio, un juez que condujo el partido de la transición política de manera impecable— nos da las pautas para formar una coalición endógena que se enfrente a ese poder plurinacional (no en el sentido que le asigna la tal corriente oficialista) que congrega más países que la ONU. Pensaba, al iniciar esta columna, dar unos cuantos consejos malsanos para recuperar la dignidad y, junto con ella, la habilitación de las sedes interdictas haciendo uso de nuestros métodos de lucha (por ejemplo, que Carlos Chávez tome de rehén al tal Blatter o que Patato Méndez se crucifique en la puerta de la FIFA) pero prefiero poner de relieve esos efectos positivos de la reacción de nuestra sociedad ante este infortunio que, espero, sirva para algo.
Aparte de provocar esa mirada complaciente de quienes, ahora, dicen que la altura de La Paz no es para tanto, después de jorobar con ese tema en cada transmisión de la Sudamericana y la Libertadores, como hacen los boludos de Fox Sports. Sobre Flamenco hablamos otro día, después de una negociación con Petrobras.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
De la esperanza al atropello
En días pasados fue publicado el pronunciamiento de la Comisión de Derechos, Deberes y Garantías de la Asamblea Constituyente, respecto al derecho a la vida desde la concepción.
Gracias, Flamengo
Todo permite suponer que fueron brasileños, con el guiño cómplice de algunos argentinos, los que llevaron a la FIFA a prohibir partidos oficiales de fútbol en la altura.
El Parque Madidi y falsos “originarios”
Recibí un correo de Carla Ortiz, bella actriz a quien me une haber nacido ambos en un sagitariano mismo día de diciembre; eso sí, separados por cuatro décadas, maldita sea.
Democracia y cohesión social
La semana pasada me ocupé del excedente en relación con la cohesión social; hice referencia por tanto a sus fundamentos económicos. En esta ocasión me interesa examinar los cimientos políticos de la cohesión social, definida