La historia de la humanidad nos enseña que el conflicto social siempre estuvo presente en la vida de los hombres. La forma más antigua de solución de conflictos fue(es) la guerra, la forma más reciente tomó el nombre de “revolución”, que utilizando el léxico, hoy, en boga en el país diríamos es el resultado del enfrentamiento entre “movimientos sociales”, y que aparece en la etapa de la modernidad, es decir, del capitalismo.
La historia también nos enseña que la solución del conflicto por el lado de guerra o de la revolución concluye con la victoria insatisfactoria de unos de los contendores, porque no resuelve la permanente tensión que se produce entre el individuo y el Estado, es sólo un intervalo. Los pueblos han aprendido que la guerra y las revoluciones no superan, en verdad, los conflictos, pero sirven para que personas normales se conviertan en sicópatas que buscan dentellar la yugular de quienes consideran sus enemigos. Se debe temer a las revoluciones no sólo por su contenido intrínsicamente perverso, sino porque desata la bestia que lamentablemente duerme en cada ser humano.
La historia de la humanidad nos ha enseñado que construimos un orden social cada vez menos contradictorio. Hoy, la aceptación universal dice que el orden social gestado y perfeccionado por la ardua labor de los hombres es el Estado de Derecho en una democracia representativa, en lo político, y la Economía de Mercado, en lo económico.
La historia nos demuestra que los extremos no son buenos porque cuando se los fomentan llevan inevitablemente al conflicto violento. La historia enseña que luego de haber vivido Europa la monstruosa primera mitad del siglo XX, con conflictos mundiales desmesurados y terribles genocidios, las sociedades europeas aprendieron que la vida en sociedad debe impedir la germinación de los extremismos, llámense de derecha o de izquierda. Desde entonces, se busca el justo medio. Los socialistas de izquierda europeos abandonaron al marxismo-leninismo como su ideología y renunciaron a la revolución para estructurar un orden social mejor. La derecha se alejó del socialismo autoritario, ya sea en su vertiente nacista o fascista.
De esta manera las sociedades más avanzadas del mundo se mueven políticamente en un centro, donde los izquierdistas de ayer (revolucionarios) se ubican en lo que se llama “centro izquierda” y los derechistas también de ayer (contrarrevolucionarios) se denominan “centro derecha”. Y esto nos lleva incontrovertiblemente a un Estado de Derecho, que, como muy bien hace notar Jorge Lazarte, -a raíz de un desliz que se encuentra en una página del último informe sobre Desarrollo Humano en Bolivia, elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo- no es ninguna quimera ni añoranza, sino que corresponde a una sentido principio de la Organización de Naciones Unidas, por tanto de validez universal: “El Estado de Derecho es uno de los principios irrenunciables de la democracia contemporánea y consiste en que el poder del Estado está limitado por las reglas del Derecho, constitucionales y legales. Lo contrario es el poder autoritario y discrecional”.
Lamentablemente, en el quehacer nacional se observa un comportamiento como si estuviésemos viviendo los tiempos de Europa de la primera mitad del siglo XX, donde hacen su reaparición “revolucionarios” trasnochados, que lamentablemente son la triste consecuencia del prolongado culturalismo revolucionario populista que se ha conformado en Bolivia. Sus antecedentes remotos se encuentran en los gobiernos militares socialistas post guerra del Chaco, le sigue, con audaz ahínco, el patético proceso de la revolución nacional del 52, y, en mayor o menor medida, todo lo vivido desde esos años hasta el momento.
Los últimos veinte años de vida democrática en el país demuestran que fue más superficial que de fondo, porque en el sustrato se nota que en Bolivia estaba latente su profundizada actitud revolucionaria populista, por lo que mayoritariamente se sigue creyendo que por actos mágicos de sus gobernantes, se superará de un plumazo la pobreza económica del país y se alcanzará el paraíso en la tierra. Esta creencia colectiva hace que los gobiernos, sean de izquierda o de derecha, siempre tengan que ofrecer programas populistas de gobierno más allá de las posibilidades que permita la economía del país. Esta cultura también explica por qué el gobierno de turno se puede animar a proponer un juicio de responsabilidades en contra del Tribunal Constitucional, por haberle impedido seguir quebrantando al Estado de Derecho, que se basa en la separación de los poderes que lo conforman, al desahuciar a personas que venían desempeñando el delicado cargo de Ministro de la Corte Suprema de Justicia sin el aval del Congreso Nacional y, al parecer, gente con el mérito de ser incondicional a los designios del gobierno del Presidente Morales.