Desde la crisis causada por el modernismo decimonónico, la Iglesia Católica viene confrontando una zozobra en la sociedad de la posindustrialización, mostrando un rostro arruinado ante la multiplicidad de modalidades existenciales y la pluralidad de pensamiento que ´guía´ al hombre de hoy.
Por un lado, como si fuese tarea mollar, aficionados espiritualistas, como maestro ciruela que no sabía leer y puso escuela, se han dedicado a la propalación de neorreligiones, fundamentadas en inexistentes bases teológicas y filosóficas. El fenómeno resulta sorprendente tan pronto constatamos la heticidad de los postulados seudoespiritualistas, vinculados artificialmente a gelatinosas exégesis, a paráfrasis sobreañadidas y a interpolaciones antojadizas del texto bíblico. En consecuencia, cualquier hijo de buen vecino extravía a diestra y siniestra la llamada divina en el hombre.
Por otro lado, millones de voces demandan apertura eclesial en un mundo inundado por la cultura de la apariencia, cuyo horizonte parece agotarse en lo superficial de todo lo real y de todo lo posible.
Es decir, las expectativas espirituales del hombre contemporáneo no encuentran saciedad en la tradicional oferta de la Iglesia Católica, que parece fosilizada en el medioevo, obstinada en actitudes impermeables ante una sociedad increíblemente maleable.
De la última Conferencia del Episcopado latinoamericano en Aparecida (Brasil), la feligresía católica espera un nuevo rumbo de la Iglesia, como en su momento se esperó de Puebla o del Concilio Vaticano II.
Pero, la cuestión es compleja, no sólo se trata de denunciar una aparente tozudez de la curia romana con respecto a la siempre cuestionada moral sexual cristiana, o de reconocer que Dios ha dejado de ser tema prioritario en la vida cotidiana, aunque de vez en cuando despierte interés con motivo de algún tema adjetivo a lo religioso.
Lo que está en juego son siglos de historia, verdades dogmáticas con complejas implicaciones y vinculaciones pastorales, antropológicas, trinitarias, ontológicas y metafísicas.
No obstante, hoy resulta insuficiente hablar de Dios con el mismo vocabulario de antaño, sin que esto último nos lleve a traicionar ni la protología (inicio en la gracia de dios) ni la tropología (práctica de la vida cristiana), ni mucho menos signifique crear un dios a gusto y complacencia del hombre actual, ignorando el sentido último de la íntima relación teológica. En este entendido se impone una reevangelización a partir de una remozada lectura de la realidad, es decir, se impone la urgente potabilización del mensaje cristiano, recontextualizando tanto el papel de la misiología en su más amplio sentido, como el papel de la catequesis y de la liturgia, o, más aún, de la misma homilética.
*Marco Antezana es empresario privado.
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