El baile, que desafía la resistencia de la mujer, nació en los años 50 inspirado en danzas indígenas que se burlaban de la corrida de toros. Ahora es Patrimonio Intangible.
Texto: Wilma Pérez Soliz Fotos: David Guzmán
Las 30 polleras, que representan unos 70 kilos, se menean al compás de la música sobre las amplias caderas de Adela Peñaranda, una de las lecheras de la fraternidad 8 de Diciembre. Sus regordetes pies intentan evadir a sus pares masculinos quienes a su vez, vestidos de toros bravos, tratan de escapar de la furia del matador. El kusillo, en tanto, con movimientos y gestos de mofa corretea alrededor de toda la tropa, que es dirigida por el jilakata o jefe.
De esta manera, un grupo de citadinos paceños dieron vida en los años 50 a la coreografía de la waca waca. Con una pizca de sátira, ellos lograron recrear una danza del altiplano que se burlaba de la corrida de toros de los españoles. Pero al mismo tiempo buscaron, a través del baile, representar el ingreso del ganado vacuno al área andina, el que posibilitó la producción ganadera y la comercialización de la leche, la carne y el cuero del animal.
“Los \'wacas\' llevan una cabeza de toro atada a la cintura y un faldón bordado en hilos de oro y plata sobre telas de colores vivos. (...) Esta comparsa, que es mi vida, en realidad está formada no por indígenas, sino por \'gente decente\'. Hay en ella abogados, médicos e ingenieros”. Así quedó plasmada en 1968 la descripción de Adela Peñaranda —una de las fundadoras de la waca waca (vaca vaca)— en el libro titulado Apariencias, de Alfonso Prudencio (Paulovich).
No es casual que una mujer —la “india”, como era conocida en vida Peñaranda— sea la figura más importante en la historia de este baile. Dentro de las fraternidades de waca waca, la tradición exige que los integrantes sean más mujeres que hombres. Además, el número de polleras —que llega hasta la treintena— está vinculado a probar la resistencia física de las bailarinas.
Así de singular es esta danza, declarada este viernes 1 de junio por la Prefectura como Patrimonio Cultural e Intangible de La Paz.
Los toros inspiran la fiesta
La llegada del ganado vacuno a estas tierras, durante la Colonia, causó un revuelo en las culturas nativas. Más aún la costumbre española de la corrida de toros. Así lo afirma el antropólogo Milton Eyzaguirre, quien explica que ese asombro dio paso al nacimiento en el área rural de danzas como los waca-thinti (siembra de la papa), waca tokoris (toros bailarines) y tinti-kauallu (toreo con picadores). Las tres se relacionan con la agricultura, específicamente al período de la primera siembra.
“Por ello los personajes de estas danzas son personas que se introducen en los cueros de toros y bailan como cargando un arado. El kusillo hace las veces de agricultor. Él tiene una nariz grande que refleja el falo de la fertilidad vinculado al rito agrícola. Es decir que simbólicamente fertiliza la tierra”.
Con el paso de los años esos bailes indígenas fueron adoptados en la ciudad. “Urbanizados”, dieron vida a la waca waca, bailada ahora en las diferentes fiestas de La Paz.
En la década de los 50, cuando los movimientos políticos trataron de integrar dentro el espacio urbano a los indígenas, se crearon los primeros grupos que salieron de la ciudad al campo. Ellos empezaron a asimilar los ritos y tradiciones de las danzas rurales para luego transformarlas y añadirles coreografías y vestimentas diferentes.
Así, en esa década, y a invitación de Victoria Ramos —vendedora de llauchas con ulupica en la calle Illampu esquina Santa Cruz—, un grupo de personas se trasladó a la población de Laja para asistir a un preste. Fue allí donde se dieron los primeros pasos para el nacimiento de la danza de la waca waca.
Vistiendo un traje café de kusillo, adornado con miles de lentejuelas y mostacillas coloridas, Hernán Guzmán Jiménez, uno de los decanos de la fraternidad 8 de Diciembre —la agrupación folklórica más antigua de esta danza (1958)— deja brotar las palabras que rememoran ese instante.
“Doña Adela Peñaranda llegó a la fiesta cargada de disfraces de cotillón y nos dimos modos para bailar al ritmo que lo hacían en el campo. Es ahí donde sacamos los primeros pasos para ejecutar la danza”. Guzmán Jiménez aprovecha el momento para mostrar una foto de 1968 en la que se observa a su esposa (María Calderón) vestida de lechera. “Cuando el baile se conoció dimos varias presentaciones en La Paz y Cochabamba”.
Con los años, los más de 50 integrantes de esta agrupación popularizaron la danza en varias ciudades del país. Las imágenes muestran, por ejemplo, presentaciones en la entrada del Carnaval de Oruro, donde en 1966 la fraternidad ganó el primer premio.
Como naipes, las fotografías en blanco y negro se deslizan por los dedos de Guzmán y muestran las diferentes facetas del baile, que aún hoy se difunde dentro de la familia generación tras generación.
Algunos historiadores señalan que los inicios de lo que hoy se conoce como la danza de la waca waca tiene su origen en la población de Umala, en la provincia Aroma (La Paz), argumentando que ese pueblo fue fundado por los españoles durante la Colonia para tener un lugar donde descansar en su viaje hacia el océano Pacífico.
En cambio, Eyzaguirre sostiene que esta expresión podría haber nacido cerca al lago Titicaca, territorio donde antes de la conquista se establecieron los señoríos de los Lupacas y Pacajes. Al ser colonizado, allí habrían llegado las primeras reses y caballos que originaron la danza en su versión indígena.
“En los 50, las danzas rurales empezaron a urbanizarse y es por ese proceso que pasa la waca waca. Pero ya no es una demostración agrícola, más bien cambia a una ganadera vinculada a la producción lechera, aunque mantiene a sus personajes y aumenta otros”.
Al ser mestiza, la danza waca waca toma en cuenta a los personajes españoles, quienes son representados por otros ya criollos. Es el caso de la “manola”, que antiguamente era la que proveía leche a los habitantes de la península Ibérica. En Bolivia esa imagen está representada por una lechera.
Este personaje fue inmortalizado por las caderas de Adela Peñaranda, según lo describió ella misma en el libro de Prudencio.
Mujer mestiza que medía 1,70 metros de estatura, la “india” ganó su fama el año 1966 cuando participó junto a su fraternidad 8 de Diciembre en el Carnaval de Oruro. Cargando los 70 kilos de sus polleras de bayeta de tierra, “al final sentí que se me rompieron unos tendones. Pero después del Carnaval, ¿quién me quita lo bailao?”.