El presidente Bush ha aceptado finalmente que Estados Unidos adquiera un mayor compromiso en la lucha contra el cambio climático, aunque recurriendo a una maniobra de diversión, como es el anuncio de una cumbre entre los 15 principales emisores de gases contaminantes que se celebraría el próximo otoño. A las críticas internacionales por la indiferencia de la Administración norteamericana hacia los asuntos medioambientales, incluidas las de algunos Gobiernos que mantienen una especial relación con Washington, como los de Londres y Berlín, y ahora también París, se han sumado en los últimos tiempos iniciativas como la de Al Gore, con un importante impacto político dentro y fuera de Estados Unidos. Esta misma semana, la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi, ha sumado su voz a la de quienes defienden un giro en la política medioambiental de la Casa Blanca, y ha pedido al presidente Bush que suscriba el comunicado que se prepara para la cumbre del G-8.
La conferencia anunciada por Bush supone un reconocimiento implícito de que, a diferencia de lo que sucedía hasta ahora, el cambio climático será considerado un problema para el que no se deben demorar indefinidamente las respuestas. Pero detrás de este modesto avance se reconoce sobre todo una estrategia diplomática para arrebatar la iniciativa a Naciones Unidas y para ganar tiempo, con la vista puesta en la próxima reunión del G-8 y en la posibilidad de acabar este mandato presidencial sin fijar fechas ni porcentajes de reducción de las emisiones. Bush pretende transferir el problema a la siguiente Administración, que deberá decidir si mantiene o no la posición actual, cada vez más impopular dentro y fuera de Estados Unidos. En el caso de que se produjera el giro que reclama Pelosi, la conferencia del próximo otoño podría representar una segunda oportunidad para que Estados Unidos se incorpore a los objetivos del Protocolo de Kioto, cuya vigencia concluye en 2012.
En materia de medio ambiente, lo mismo que en otras cuestiones de relevancia internacional, Bush ha tenido que desandar el camino del unilateralismo que emprendió nada más llegar a la Casa Blanca. La reunión del próximo otoño, si es que finalmente se celebra, introduce, sin duda, un decisivo matiz en la actitud norteamericana en relación con el calentamiento global. Pero representa, sobre todo, un nuevo reconocimiento de que el unilateralismo diplomático de Bush era insostenible a medio y largo plazo.
*Editorial del periódico El País de Madrid.
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