Custodiado por mi mujer y mi madre he pasado una semana inolvidable en Buenos Aires, aunque imagino —lo sé perfectamente— que no todos los que viven en esa gran ciudad la pasan como un turista, aunque sea turista boliviano. La situación en todo nuestro entorno no está para bromas, y en Argentina se nota descontento, aunque no desesperanza. Y no hay desesperanza porque todos los argentinos están a la espera de tiempos mejores. Más todavía, están seguros de que el futuro viene favorablemente.
Lo que sucede es que allí se ve movimiento, trabajo, progreso, dinero, restaurantes, tiendas, cines y teatros abarrotados. Gente vestida con esmero. Olores también esmerados. Y seguramente que la pobreza y el hambre abundan, ya que en las mismas calles céntricas de Buenos Aires se ve pobres, gente que pide discretamente, como con vergüenza. Limosneros vergonzantes. No se puede comparar, desde luego, con lo que sucede aquí en Bolivia, aunque los pobres todavía no corren detrás de uno como en algunas zonas de la India o Pakistán.
Lo importante de Argentina, fuera de sus problemas sociales, es que muestra una cara independiente. No hemos tenido tiempo de enterarnos cómo están las simpatías con Kirschner, pero sí nos hemos enterado de un crecimiento económico admirable, y de unas exportaciones que están alcanzando los grandes niveles de antaño. Eso significa que su porvenir está asegurado, siempre que no se caiga en la demagogia del gasto insulso, del derroche, de la farándula, que, como en años anteriores, se comió —y se bebió— el país entero. Y tiene una cara independiente, porque el Gobierno no se ha encorchetado con nadie, se lleva bien con todos, pelea un poquito con Uruguay, pero hace lo que sirve a su bienestar. “No hay amigos, sino intereses”. Punto. Una lección que en Bolivia deberíamos aprender.
¿Cómo nos ven los argentinos? ¡Como “bolitas” nomás! No nos malquieren, ni menos nos odian, sino que nos encuentran raros. ¡Tipos raros! Trabajadores, pacíficos, pegados a nuestras costumbres y honrados, allí en Buenos Aires. Ociosos, alborotadores, bellacos, sinvergüenzas, aquí en Bolivia. Y lo saben muy bien porque conviven con muchos bolivianos que quieren ganarse la vida en el extranjero dignamente y se enteran por los periódicos y la televisión de lo trogloditas y anárquicos que somos en nuestra propia patria.
Y yo que deseaba hablar un poco de la buena carne argentina —carne vacuna y de la otra que se ve en las calles—; y de los insuperables tintos de Mendoza, San Juan, Salta, y de sus Chandon espumantes y traicioneros. Y de los tangos y cachivaches en San Telmo; y de sus clubes elegantes donde impera la sobriedad. Pero, en fin, los tiempos no están para contar cosas bellas. Hacerlo ahora resulta bastante fatuo. Aunque respirar otros aromas no tiene nada de malo.
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