Cada tarde, en un edificio de Sopocachi, seis mujeres atienden con ropa sugerente a los clientes que acuden allí para degustar de un café y disfrutar de una agradable compañía.
Beatriz Andrade D. Fotos: Miguel Carrasco
La tarde paceña pasa de largo por la avenida 6 de Agosto mientras, en la planta baja de un edificio de Sopocachi, no se sabe si es de día o de noche. En el local, las tenues luces reparten misterio sobre las mesas y sillas. La entrada a ese café “con sexys meseras”, como anuncia una tarjeta recibida a manera de invitación en El Prado, es por una puerta de vidrio revestida internamente, lo mismo que el ventanal. Una tímida leyenda en la pared apenas acusa: Café Bellezia.
Entonces, ideas y preguntas se alborotan en la mente de hombres, y también de mujeres, haciendo suposiciones de lo que hay y pasa detrás de esa puerta.
Un video del grupo La Oreja de Van Gogh pone la melodía. Todo está listo para recibir a los clientes. “El café tiene dos años, funciona de lunes a viernes de 16.00 a 23.00 y a veces un poco más”, comenta Roxana Ferrel, la administradora.
Una mini para iniciar el día
Las seis, a veces ocho, chicas que trabajan en el café ya han llegado. Cruzan la puerta, saludan y se apresuran en guardar sus cuadernos y mudar su apariencia. El maquillaje y una falda cortita ayudan, “vestir mini es uno de los requisitos para conseguir el puesto”.
También suman puntos en la elección de Roxana, la encargada de contratar a las muchachas, la buena presencia y el buen trato. “Además tienen que ser mayores de edad, pues en ningún lado deben trabajar menores”, puntualiza esta cochabambina de cabello oro.
Corren las cuatro de la tarde y las chicas se dan una última mirada al espejo a fin de que todo esté impecable. Entre tanto, uno que otro cliente ronda afuera.
Es hora de abrir, aunque es un decir. Si bien ya hay atención, la puerta se mantiene cerrada, tentando a algún caballero curioso. “A esta hora se aparece poca gente. Vienen más luego de la oficina, aunque a veces se escapan un poco antes para tomarse un cafecito”, dice Roxana en tono cómplice.
La puerta se abre y un tímido señor de cabeza cana se adueña de una de las 12 mesas. La primera chica que llegó al café es la encargada de atenderlo. “Esa es la forma de distribuir las mesas. Aunque a veces, es el cliente el que elige a la muchacha que le atenderá”.
Con amabilidad, pide un café irlandés, el preferido del menú que también ofrece té y tragos. Afanada tras la barra, Roxana lo prepara. En un momento, sobre la bandeja se aleja la taza mientras la crema hace equilibrio para sobrevivir los largos pasos de la mesera, retocados por las sensuales medias de red negra. Sonriendo, la joven acomoda el café. “Lo importante es el trato al cliente y el respeto mutuo entre quienes trabajamos aquí y la clientela. No hay nada de malo”, aduce la administradora para romper cualquier elucubración.
Como en cualquier local, cada día, las chicas usan diferente ropa; la diferencia entre un café común y Bellezia es que las meseras visten “algo atractivo y sutil”: siempre minifaldas que revelen las contorneadas piernas y una blusa escotada, algo reveladora y sexy.
Y así viste Mariana. Esta paceña de 18 años es nueva en el café. “Recién estoy unos días”, comenta tímidamente. Ella, como la mayoría de sus compañeras se enteró del trabajo por el periódico. “Vine a la entrevista, Roxana me explicó cómo era y me animé al día siguiente. Aquí no hay nada raro”, explica la joven, a pesar de que aún no le ha contado a su padre sobre su ocupación. “Mi papá es mal pensado, en cambio mi madre sabe”.
Otro caballero entra al café. Lo acompaña una dama que recorre el lugar con la mirada, que se detiene en la pantalla que muestra a Amaia Montero interpretando París.
“Normalmente las mujeres vienen por curiosidad; nos miran, nos analizan. Nosotras somos meseras y las atendemos como a cualquier cliente”, expresa otra joven, Malena. El hombre, en cambio, da un vistazo al menú, a las chicas y pide un par de cervezas. “Aquí también vienen parejas que quieren estar a solas y no ser vistas”, sonríe Ferrel.
Malena, diligente, atiende el pedido y lleva con gracia la charola; acomoda las botellas y sirve los shops sin una gota de timidez. “Trabajo aquí hace dos meses”, contabiliza esta paceña de ojos pícaros y 25 años. “Vine porque necesitaba trabajar. Vi el aviso en el periódico: ‘Se necesitan señoritas para atención de un café’. El anuncio me pareció serio. Así que vine”.
El ritmo de la canción desfila por el cuerpo de Malena, quien se mueve sutilmente con la melodía. Se nota que gusta de la música. “Los viernes, luego de trabajar, a veces voy a bailar con mis amigos”.
Pero esas amistades no son las que frecuentan el café. “Aunque hacemos muchos amigos, que por lo general vuelven, no salimos con ellos. Aquí vienen caballeros educados y respetuosos”, recalca.
“Cuando nos piden que les acompañemos con un café, es para conversar”. Así, los solitarios hablan de sus vidas. “Nos cuentan sobre sus esposas, sobre su trabajo”, revela Sharon, quien desde hace tres meses reparte su tiempo entre el café y el Turismo.
“Luego de clases vengo a cambiarme. Llevo mi ropa en la cartera. Algunos amigos saben que trabajo aquí, otros no. La sociedad tiene una idea establecida sobre estos cafés, y aunque expliques…”, se encoge de hombros y hace una mueca que dibuja sus 21 años.
Esta orureña de melena oscura coincide con sus compañeras en que lo mejor del trabajo es la suma de amigos. Lo malo es un mal borracho “al que se lo retira con mucha educación y sutileza”, explica la administradora. “Así, no pasa a mayores, ni siquiera se necesita del guardia de seguridad que está en el edificio”, afirma Sharon.
Historias del corazón
“Había un cliente que me gustaba mucho. Salimos y a veces viene a visitarme, pero nada más”, confiesa Sharon. Las chicas, así como comparten sus alegrías, también dejan salir penas, algunas de ellas por peleas de pareja. “El mío no se hace problema del trabajo, confía en mí y a veces viene a recogerme”.
Así, al “café piernas” lega todo tipo de personas: jóvenes, adultos, hombres y mujeres, gente importante, extranjeros, turistas. El requisito: ser mayores de edad. Solos o en grupo, encuentran chicas de minifalda con quienes pueden conversar o compartir un trago.
“El sueldo es de 600 bolivianos”, a lo que se suman propinas y comisiones. “Te invitan un té con té y de ahí ganamos una comisión”, dice Mariana que, como las otras chicas, puede elegir cualquier bebida del menú, “pero por lo general evitamos beber”, total, el porcentaje es igual por un café o un trago.
Eso sí, ni el monto ni el trabajo para las meseras incluye un show, pues cuando hay un cumpleaños o una despedida de soltero, se contrata a una chica para que baile. Nada de striptease, sólo sexys coreografías con faldas que dejan ver el atractivo principal: las piernas.