Desde la Colonia y hasta mediados del siglo XX, la villa fue el lugar de descanso de las prósperas familias mineras de Oruro. Ahora, fruto de la contaminación de su río, el poblado se ha convertido en un expulsor de habitantes.
Texto: Wilma Pérez Soliz Fotos: David Guzmán
Cada fin de semana, cuando las sombras de la noche empiezan a cubrir las ruinas y las pocas casas que aún quedan en pie en Sora Sora, la vida del poblado orureño vuelve a renacer. Lo hace movido por el cuchicheo de los ancianos en las esquinas de la plaza, la llegada de los adolescentes citadinos y por el correteo de los niños que tratan de recuperar el esplendor de antaño, cuando los “señoritos” de la ciudad llegaban para descansar y pasear en sus caballos o carruajes modernos.
Por la puerta tallada en madera de la tienda de doña Josefina —al frente de la plaza— se desliza hacia la calle la tenue luz que regala un foco bañado en polvo y las melodías de un huayño peruano.
“¡Antes, cómo íbamos a permitir que la radio toque estas zonceras! Nosotros siempre esperábamos los domingos para escuchar las retretas que daban las bandas de Oruro. Desde la Colonia, aquí han vivido las mejores familias de los mineros y ellos siempre han traído lo mejor”, recuerda desde el umbral de la pequeña tienda Alberto Pacheco, quien nació en Sora Sora hace más de medio siglo.
Del esplendor de aquella época todavía quedan algunas fachadas coloniales como la casa de la familia Rodríguez —antiguamente propietarios de minas en áreas cercanas a la ciudad de Oruro—, de la que desciende la que fue Albina Rodríguez, casada el año 1889 con Simón I. Patiño, considerado en su época uno de los hombres más acaudalados del mundo gracias a la explotación del estaño.
El valle de los “señoritos”
La comunidad de Sora Sora se halla enclavada a unos 45 minutos de la ciudad de Oruro y es parte del municipio de Huanuni. Las ruinas de antiguas casas se diseminan por todo el poblado —la gran mayoría sin techo— y se divisan desde la carretera. De ellas sobresale el campanario de la iglesia.
El pueblo de Sora Sora está catalogado como Patrimonio Urbano, Arquitectónico y Artístico, Museo y Manifestación Cultural de Bolivia. Su iglesia data de los siglos XVI al XVII y tiene el nombre de San Juan Bautista. Sin embargo, en su interior quedan pocas de las reliquias que la hicieron famosa, ya que en cuatro ocasiones los ladrones atravesaron sus paredes y se adueñaron de sus objetos de arte.
Durante la Colonia, y hasta mediados del siglo XX, Sora Sora se constituyó en el centro de retiro y descanso de las familias mineras acaudaladas de Oruro, debido a su microclima que la asemejaba entonces a una cabecera de valle. Los visitantes citadinos disfrutaban durante sus paseos de fin de semana de la vista de los extensos sembradíos de papa y quinua y de los frondosos árboles, como el molle, que circundaban las cristalinas aguas del río de la población.
“Me acuerdo que de niño sacaba peces del río y siempre jugaba con mis amigos en el agua cristalina. Era casi una ley el que cada fin de semana las mujeres cocinen en la orilla los pescados, y los hombres trasladen leña o toquen los instrumentos para comenzar la fiesta”, rememora Pacheco, mientras su mirada se pierde en la profundidad de las negras aguas que hoy corren por el río Sora Sora.
En la actualidad, a los costados de este afluente todo es semidesierto. Sus aguas contienen un elevado porcentaje de material ácido y mineral que ha anulado la posibilidad de anidar cualquier tipo de vida acuática y vegetal. Esto debido a la proximidad de las actividades mineras que se han reactivado en los yacimientos de estaño ubicados en Huanuni y Santa Fe.
El pueblo se queda solo
Grandes y gruesos candados cierran las puertas de algunas construcciones abandonadas que se ubican cerca a las calles de la plaza y que pertenecieron a las familias de los empresarios mineros de los años 20. Muchas de ellas tienen los vidrios rotos y por años nadie se ha atrevido a pasar el umbral, ya sea por temor o por respeto a sus antiguos propietarios.
Gabino Flores, a quien las arrugas y un mechón de cabello que se volvió plateado delatan sus 62 años, relata que abandonó Sora Sora hace unos 30 años para buscar ingresos en las minas del norte de Potosí, más propiamente en Siglo XX.
De carácter jovial y ataviado con prendas confeccionadas por su propio talento, Flores rememora que muy pronto el trajín y el bullicio que tuvo que enfrentar en los campamentos mineros lo hicieron extrañar su terruño. A diario su mente revivía los días apacibles y el contacto con la naturaleza que disfrutó en su niñez en Sora Sora.
“La vida era más dura fuera del pueblo; no tenía amigos. Cuando me enfermé, nadie me ayudó porque todos eran desconocidos. Eso nunca pasaría aquí. Por eso me fui de los campamentos y decidí que sólo me sacarán de aquí en un cajón”, sentencia, parado en la tienda de doña Josefina, uno de los puntos de encuentro de los pobladores.
El cariño que profesan a su tierra las 20 familias que permanecen en la casi desolada población parece no ser recíproco por parte de la Madre Tierra, se queja el ex minero, quien asegura que, a causa de la contaminación, los pobladores deben recorrer largos trechos para conseguir el preciado elemento.
El abandono del pueblo se nota también en la escuela, donde sólo asisten unos 20 estudiantes. En sus aulas los menores de edad cursan hasta vencer el octavo de primaria. Luego, en su intento por conseguir el bachillerato, los adolescentes se trasladan hasta la ciudad de Oruro, donde una mayoría olvida su pueblo, se casa y establece su residencia en esa urbe.
Cruzando el río
Pasando al otro lado de la orilla del río Sora Sora, en la carretera que conecta la ciudad de Oruro con el municipio de Huanuni, dos vacas y un caballo tratan de arrancarle a la tierra el pasto que ya empieza a tornarse amarillo a causa del frío. A su lado, mientras tanto, una pequeña y su perro juegan ajenos a los vehículos que pasan como flechas muy cerca de ellos.
En el lugar, pocas construcciones se mantienen en pie, entre ellas una capilla. Metros más allá, la base de un carruaje que trajinó estos caminos durante los años 20 se muestra al lado de lo que un día fue la hacienda de Sora Sora, un ambiente que entonces era frecuentado por los “señoritos”, los hijos de los ricos empresarios mineros.
De esos días quedan vestigios de lo que alguna vez fueron los dormitorios, la sala, la cocina y otras dependencias de la hacienda. Ahora, tan sólo unas ruinas y las pocas visitas que llegan al lugar cada fin de semana reviven a los pocos habitantes que habitan Sora Sora el esplendor de antaño.