Estamos rodeados de cosas y apenas reparamos en ellas. Las cosas nos rodean como un fluido, y nadamos entre ellas, creyendo nada; con una sensación de plétora, eso sí, de llenura… y de sentido encontrado, de epifanía, que sin embargo se arruina pronto, cuando descubrimos, ay, que alguna cosa nos falta, y entonces, por un instante, es la ausencia de cosas, o la de una cosa, la que nos rodea y nos llena.
Hay cosas, sin embargo, que a veces son como cosas y otras veces no. Hablo de los libros, claramente. También puedes acumularlos, juntarlos en pilas, meterlos en cajas, pavonearte por ellos: tengo mil allí reunidos, como lingotes, como ladrillos de una gran casa; puedo usarlos como pilares, como contrafuertes, para nivelar la mesa, para rellenar el hueco en la sala de juegos, en el salón principal, en el dormitorio, en el lavabo. Libros para levantar una escalera de libros. Libros-cosas.
En otras ocasiones, sin embargo, un título atraviesa la barrera del coleccionismo, la barrera de la abundancia de libros, y te habla personalmente.
Uno coge esa cosa que es el libro y en la lectura le da vida, lo descosifica, por así decirlo, le insufla aliento al mismo tiempo que absorbe aliento de él, en un intercambio íntimo, respiración de boca a boca.
Entonces no sólo que el libro es alguien, un otro con el que dialogamos por horas, antes de dormir, en el taxi, sentados en el excusado, sino que, por el solo hecho de abrirse, cancela las demás cosas, la obesidad y la lujuria de los objetos que copulan y se reproducen incesantemente, y entonces es como si ese libro fuera el único y lo único. Un pequeño universo en el que nada falta, no hay carencias ni síndromes de abstinencia, excepto de lo mismo que dice el libro, pues nos puede resultar insuficiente (no siempre encontramos en él lo que buscamos, el arte, el exotismo, la belleza, la certidumbre); pero el libro a veces también sosiega, a menudo da algo a cambio de algo.
El mundo está lleno de libros malos, pero hay uno al menos, en alguna parte, que nos sacará de las cosas y su incesante rodar hacia la muerte; que al menos tiene el potencial de hacerlo, por un rato. Vale la pena apostar por ello.
Cuando al final cerramos el libro, pasado ya su efecto: abandonado a medias o concluido, vuelven a nosotros las cosas, despertamos de un libro en medio de otros, en nuestra biblioteca llena de pilas y cajones y lingotes y ladrillos; o en medio de la cama, o en el centro del excusado, sentados, comenzando a sentir la presión de las cosas, y al mismo tiempo, dulcemente, como un antídoto, la nostalgia del próximo libro.
*Fernando Molina es periodista y escritor.
Todos perdemos
Muy malas noticias llegaron de la capital de la República la semana pasada. El trabajo de las comisiones en la Asamblea Constituyente está llegando a la etapa de las definiciones y precisamente en ese momento,
¡El gas no se vende, se compra!
La problemática de los hidrocarburos fue uno de los ejes del movimiento comunicacional, social y político que acabó derrocando a dos gobiernos constitucionales y sembrando el camino para la victoria del MAS.