Miles de familias que emigraron a la frontera viven del contrabando. Cada día, bolivianos pasan el río de forma ilegal con mercadería para los comerciantes de Argentina.
Patricia Cruzado V. Fotos: Pedro Laguna
250 gramos de coca es lo máximo que se puede pasar al día por persona, “porque los argentinos la consideran droga”. Uberlinda Catacora emigró hace 35 años de La Paz a Villazón, donde es propietaria de una tienda de venta de coca y mantas junto a la frontera boliviana. Despacha las bolsas de hoja ya empaquetadas por 6,5 pesos (16 bolivianos), que “compran los argentinos para venderlas más caras al otro lado del río”.
El contrabando es el pan de cada día en la localidad fronteriza de Villazón, en el departamento de Potosí. Desde la plaza principal y el mercado central hasta alcanzar el puente fronterizo internacional sobre el río casi seco de Sococha, que separa Villazón y La Quiaca, Bolivia y Argentina, se extiende un rosario de comercios. Exhiben en su escaparate callejero la mercancía procedente sobre todo de La Paz y Oruro, que sus establecimientos venden a un precio algo superior.
Ropa, zapatos, textiles tradicionales, maletas y coca, además de productos electrónicos y digitales como cámaras de fotos, DVD o televisores (que llegan a Bolivia también ilegalmente), pasan a La Quiaca de manera clandestina. No sólo el argentino de a pie cruza la frontera para hacer sus compras por precios más “asequibles”, sino que además, muchos comerciantes argentinos visitan la localidad boliviana en busca de productos, cuyo coste es mucho menor en este lado.
El largo brazo del contrabando
Allí existe una modalidad de franquicia mediante la que se permite pasar hasta 150 dólares al mes de mercancía. Por supuesto, este monto resulta escaso para los mercaderes, quienes optan por cruzar la frontera por otro camino casi sin vigilancia: los seis kilómetros de río que separan la frontera. Los estibadores de nacionalidad boliviana se encargan de burlar los controles para cruzar a Argentina la mercancía adquirida por el empresario. Van cargados con decenas de kilos a la espalda, y al llegar al otro lado reciben el sueldo estipulado.
Este negocio “libre de impuestos” resulta muy rentable para ambas partes. Ilario Abam, argentino residente en La Quiaca, argumenta que “los jóvenes bolivianos ya no quieren trabajar como obreros, porque ganan más con el contrabando”. Por trabajar en la construcción “reciben entre 30 y 80 bolivianos al día, dependiendo del cargo. En cambio, con el contrabando ganan 50 bolivianos por hora. Por ejemplo, por cruzar una puerta de 90 centímetros por 1,50 metros obtienen 30 pesos”. Para Ilario, Bolivia se está quedando sin bolivianos porque “es increíble el flujo de personas que se desplaza a la Argentina”.
El contrabando contamina todo. “Aquí uno no puede hacer un negocio legal, no se puede competir con los precios”. Wálter Condori luchó por ser músico, “pero es una profesión difícil en este país”. Al villazonense no le quedó más remedio que montar un negocio de helados para sobrevivir en su ciudad natal. “El turismo de Villazón no es real. Mayoritariamente vienen argentinos para comprar y tan sólo consumen pan y agua, y se marchan. Los europeos y estadounidenses gastan más, pero no dejan de estar acá sólo para cruzar la frontera”. Por otro lado, “mi padre se dedicaba al comercio legal, y lo pasó mal los últimos años del negocio para mantenerlo”.
Wálter apostilla que, según “el censo del 2001, Villazón tiene una población de 31 mil habitantes, pero la mayoría proceden de Potosí, Oruro, La Paz y Tarija. En 10 años la población se ha duplicado”. El crecimiento acelerado e inestable de la ciudad se ha traducido en una “planificación deficiente en temas como el alcantarillado”, por el que “nadie se preocupa en serio, a pesar de haberse invertido mucho dinero en balde”.
Ante la misiva del argentino, Wálter considera que muchos jóvenes trabajan como carpinteros y obreros, o si no “¿cómo se ha construido este pueblo?”. Además, los argentinos vienen a este lado para “encargar puertas, muebles y piezas de fontanería y se lo llevan a su país más barato”.
La promesa del futuro
Un mejor porvenir. Eso es lo que motiva a la mayoría de los bolivianos a cruzar al país vecino. El problema viene cuando las fuentes de trabajo no son suficientes o están mal remuneradas y la alternativa resulta más rentable además de no implicar un elevado riesgo.
Fidelia pasea por La Quiaca. 10 de sus 27 años los ha vivido en esta localidad, a pesar de haber nacido en Potosí, lo que puede intuirse en su indumentaria, especialmente en su sombrero blanco adornado con flores rosadas. Escueta en palabras, admite trabajar como “pasante”, pero le asusta conversar con desconocidos. “Cuando llegamos con la mercancía nos pagan lo acordad”, relata la joven en voz baja, como si de un secreto se tratara.
Sólo hay que observar la distribución de las casas para entender la vida en cada lado del río. Las construcciones de ladrillo y adobe de la ribera boliviana cuelgan de la pendiente, parecen querer alcanzar el otro lado sólo mirando por la ventana. En cambio, en la orilla argentina hay una distancia de unos cien metros hasta las viviendas.
El “barrio boliviano” de la localidad argentina, que se extiende a partir de la calle Bolívar, es el más próximo al río. Una de las calles sin asfaltar que prácticamente nace en el arroyo es la entrada al país de los estibadores. “Como si de una fila de hormigas cargadas con su sustento se tratara, muchos bolivianos cruzan para entregar la mercancía a los comerciantes argentinos”, relata Ilario. Esto ocurre en aquellas épocas en las que se atenúa la vigilancia de la gendarmería argentina, que en estos días no es el caso.
Un reciente accidente con uno de los coches de los gendarmes provocó el refuerzo de la vigilancia y, según la gente del lugar, un incremento en su número. La versión de Ilario y Uberlinda es que varios bolivianos lo empujaron cuando estaba en una de las lomas cercanas a la ribera argentina. En cambio, el capitán Santos sostiene que “el gendarme que lo conducía salió del vehículo sin poner el freno de mano”, motivo por el que se despeñó. Además, señala que no se incrementó el número de oficiales.
Cualquiera que sea la versión, lo cierto es que en el último mes se ha congelado en gran parte la salida de mercancía ilegal de Bolivia. Así lo evidencia la vendedora boliviana Uberlinda Catacora. “Me mudé cuando cumplí 27 años con mi mamá y mis hijos. Acá había más trabajo. Alquilé esta tienda en la que vendo mantas y hoja de coca”. La paceña prepara bolsas envueltas de 250 gramos, dado que allí “se considera una droga”, argumentan Ilario y el capitán Santos.
A pesar de que la familia de Eusebio Llavo vive en La Paz, él trabaja en Villazón. Pasa la semana en un cuarto que tiene alquilado por 150 bolivianos. Por el establecimiento donde vende sus textiles artesanos en la avenida Argentina, principal vía que llega hasta el puente, paga 300 bolivianos a medias con otro comerciante de DVD. “Aquí es más rentable poner un negocio”, relata.
En la misma acera tiene su comercio Uberlinda que, apenada, cuenta cómo llegan muchos de los bolivianos que emigraron a Argentina. “Algunos son campesinos que vendieron sus tierras antes de marcharse. No les fue bien allá y ahora vuelven con las manos vacías. Incluso algunas mujeres tienen que prostituirse”. Uberlinda frunce el ceño al afirmar que “somos los bolivianos los que nos arriesgamos y los argentinos se benefician más”.
Los bolivianos que residen en la frontera bien saben cómo les influye el estado de la economía argentina. “Cuando se dio la crisis del 2001, los argentinos hasta vendían sus trenzas. El comercio aquí se paralizó, así que mucha gente volvió a sus ciudades”, relata la mujer mientras su nieto le reclama atención. “Una vez que comenzó a recuperarse de nuevo la situación, también lo hizo el pueblo”.
La descendencia boliviana
“Yo quiero ir a Higueras (Tarija) con mi abuela, pero mi familia no me deja”. Luis Miguel Martínez, de 17 años, es argentino hijo de madre boliviana. Reside en el barrio de Santa Clara de La Quiaca junto con sus padres y algunos de sus ocho hermanos, de los cuales siete son argentinos y dos bolivianos.
Cuando Yolanda Martínez tenía 18 años y un bebé de ocho meses en sus brazos se marchó de su pueblo natal, Higueras, con su esposo de nacionalidad argentina a vivir a Villazón. “Cada día mi esposo cruzaba la frontera para trabajar en chapa, pintura y construcción, pero los gendarmes le hacían pagar unos pesos para pasar. Por ello decidimos pasar a vivir a La Quiaca, donde ahora se encarga del control de cañerías en la compañía Agua de los Andes”.
Yolanda dejó a su primera hija en la casa de su madre, donde ambas se dedican a la agricultura. Allí es donde Luis Miguel quería mudarse porque “me gusta estar en el campo con mi abuela, bajo el sol. Visité Buenos Aires, pero no me agradó nada. Yo no querría irme a vivir allá con mis hermanos. Las calles están ensombrecidas por los altos edificios. No se ve el sol”.
La mujer relata que “hay mucha gente en este lado que vive del contrabando. Ahora se han puesto más estrictos y ya no nos dejan ni pasar algunos kilos de papas que nuestros parientes en Bolivia nos regalan”, por lo que la única opción es “pasar por el río, aunque cada vez es más peligroso”.
Desde la casa de los Martínez casi se puede divisar el campo de fútbol de La Quiaca, ubicado junto al río donde cinco gendarmes vigilan. Varios niños que vienen de la escuela cruzan por aquellas aguas para llegar a casa. “Dejamos pasar a los niños porque es absurdo hacerles dar la vuelta hasta el puente”, relata el capitán Santos.
“Nosotros cumplimos con nuestra labor de vigilar y obligar a todos a pasar el puente”, explica el argentino, que momentos después reflexiona y replica: “Yo comprendo que es su forma de vida y la gente tiene necesidades que cubrir. Eso puede provocar roces entre los gendarmes y los bolivianos, pero es nuestro trabajo”.
5 a 2. Justo detrás de los gendarmes los chicos de Villazón y los del barrio de Santa Clara en el lado argentino disputan un partido cuyo resultado parece inclinarse a favor del segundo. Las botas de los jugadores revuelven el polvo del campo de fútbol limitado sólo por dos porterías hechas con palos de madera. Se ríen unos de otros en cada amistoso de los sábados.
Curiosamente, uno de los jugadores de Santa Clara, Omar Betanzos, visita cada verano La Paz y sus padres son benianos. “Me encanta Bolivia y acá bolivianos y argentinos nos llevamos muy bien. La prueba es que nos reunimos cada semana para jugar y que la mayoría de esta zona tenemos algún familiar que es boliviano”.
Además de las 120 personas que el capitán Santos calcula que cruzan cada día la frontera, otros tantos cientos se las arreglan para alcanzar el otro lado. Casi siempre obligados por el contrabando.