Una prenda pensada originalmente para cubrir el rostro y la cabellera de la mujer, hoy sirve para delinear la figura.
Texto: Mónica Fernández Fotos: Andrés Rojas
La mantilla, esa prenda que fascinó a lo largo de la historia y que ha subyugado a los pueblos orientales y occidentales, tiene un objetivo similar en todas las regiones: resaltar la belleza femenina. Mientras en el pasado sirvió para cubrir el rostro y el cabello de las damas, hoy existen más de 30 formas de usarla, de tal modo que esta versátil prenda puede adaptarse a cualquier ocasión.
La elegancia es ese denominador común que empezó en los pueblos árabes y fue también trasplantada a España. La evocación de esas épocas lleva el impacto de la cultura musulmana, que con la aplicación de velos y telas causa admiración hasta la fecha. Las mantillas en la época hispanomusulmana, según datos de www.mantones.com, fueron utilizadas como atuendo femenino en ocasiones religiosas. La cultura islámica enfatizaba su uso en forma de velo para cubrir el rostro femenino.
La cultura española, con más de ocho siglos de ocupación árabe en su territorio, se apropió de la mantilla y la transformó. Hasta la fecha, en regiones como Sevilla y Toledo se mantienen aún ciertas costumbres relacionadas con la utilización de esta prenda.
Si bien las culturas precolombinas ya utilizaban ciertos tipos de mantas y abrigos tejidos a mano, similares al mantón del viejo mundo; fue durante el período de colonización de Bolivia que España transfirió esta prenda como parte de la indumentaria que dio origen a la chola quien, orgullosa, la utiliza hasta estos días.
Mantillas para toda ocasión
La pluralidad de influencias late en cada una de estas prendas. Mientras tomaron la seda y los dibujos de flores de la cultura china, los entramados del rebozo mexicano y las líneas de la vestimenta boliviana, los materiales con que se confeccionan se adaptan a cualquier clima. Como resultado están colecciones como la de la boliviana Aidée Ali Wittig, quien propone sus creaciones exclusivas hechas a mano.
En el taller de Wittig existe una premisa: cada prenda se elabora pensando en las 30 diferentes formas que existen para lucir estas piezas, apelando a la habilidad y creatividad de cada mujer para saber llevarla.
De esta forma, y dependiendo de la mantilla, puede llevarse de forma tradicional sobre los hombros o cubriendo el cuello. También se puede transformar en vestido, falda, blusa, ponchillo, cinturón de seda y más prendas, dependiendo sólo de la imaginación. También puede ser un detalle combinable con un vestido, convirtiéndose así en parte de su textura y agregando un toque personal. “Es una colección inspirada en el color del sol y la magia que destaca la figura femenina en todo su esplendor. De esa forma pretendo iluminar la grandeza y fuerza de la moda”, explica la diseñadora.
El éxito de estas prendas está en el estilo de cada mujer, destacando estas prendas como un atuendo único del guardarropas, comenta Wittig.
“Todo dependerá de conocer las distintas formas de aplicar esta pieza a la figura, dándole la forma que más les acomoda para convertirlas en una pieza formal o informal”, explica.
El vaivén de flecos y el movimiento que otorgan las distintas telas —seda pura, seda con algodón y otras— no hacen otra cosa más que llamar la atención y levantar las miradas.
Así, el trabajo de los artesanos destaca en una prenda de origen milenario, nutrida por varias influencias y que hoy forma parte importante del guardarropa de una mujer a la que le gusta lucir sobre los hombros una expresión clásica de la cultura boliviana.