Desde la antigüedad, el vidrio se empleó para decorar o almacenar líquidos; en La Paz su producción sigue siendo artesanal y familiar, con el calor de los hornos de fierro.
Fotos: Wilma Pérez O. Fotos: Nicolás Quinteros
Cada que se rompe una copa en un bar o un restaurante, él se alegra. Javier Guzmán es el administrador de la empresa que fabrica y vende objetos de vidrio, como jarras y vasos, a los lugares populares. El crujido de esta vajilla es música para él, pues cada artículo roto significa una próxima compra.
Cual hormigas dentro de su nido, los 25 trabajadores de la pequeña empresa Cristalería Evita se desplazan por un reducido espacio de unos 10 metros de largo por ocho de ancho. El frío invernal languidece frente a los dos hornos de ladrillo que refunden el cristal reciclado para darles cuerpo a más de 1.200 grados centígrados.
Es en ese ambiente que el vidrio fundido adquiere la forma de copas, jarras y floreros —de diferentes formas, tamaños y colores— a través de moldes de fierro o en cañas de soplar. Esto requiere de la habilidad manual y los pulmones de los obreros, quienes cada día crean los cristales que llenan las mesas de los bares populares.
Desde hace más de 12 años la pequeña empresa, ubicada en Villa Bolívar B de la ciudad de El Alto, fundada por Orlando Guzmán Quiroz, es la principal proveedora de los utensilios de vidrio a los vendedores de las regiones de La Paz, Potosí, Oruro y Chuquisaca. El negocio es gestionado por los miembros de la misma familia, encargados de la administración y comercialización del producto.
Es así que el hijo del fundador, Javier Guzmán, administra la empresa, mientras que su hija Eva se encarga de la comercialización y Orlando busca nuevos mercados en Bolivia y el exterior.
Una historia de siglos
Desde el florecimiento de los centros de fabricación del vidrio en Siria y Mesopotamia (en torno al siglo IX a.C.) hasta la fecha, en el departamento paceño se mantiene la misma técnica rústica para elaborar las vasijas de cristal.
Remontándonos a la antigüedad, fueron los egipcios quienes impulsaron en gran medida el vidrio como material decorativo, de uso doméstico y almacenaje, según Juan Martín Campo, secretario general de Afevi (Asociación en Defensa del Envase de Vidrio).
Hasta la Edad Media su uso estaba limitado a unos pocos privilegiados que guardaban el secreto de su composición, por lo que era considerado un objeto de lujo. Prueba de ello es que el oficio de vidriero era el único al que la nobleza en Francia podía entregarse en aquella época.
No fue hasta el siglo XVII cuando se generalizó el empleo del cristal gracias a la aparición del tapón de corcho, que preservaba la estanqueidad de vinos, perfumes, aceites o medicamentos, permitiendo el nacimiento de la industria alimentaria.
En 1790 el gobierno francés ofreció premiar a quien planteara un método de conservación alimentaria para los soldados de Napoleón, en guerra por Europa. El investigador Appert observó que ciertos alimentos envasados en tarro de vidrio, sellados y posteriormente calentados, conservan sus características intactas.
Industria nacional
Durante la década de los \'60 y \'70, la Fábrica Nacional de Vidrio, que se encontraba en la zona de Pura Pura, proveía al país de multitud de objetos elaborados por más de mil trabajadores en grandes hornos. Ya desde el siglo XXI, la situación no ha cambiado en los pequeños talleres donde se observan réplicas de los hornos de fundición, pero a menor escala.
Lucio Guzmán Quiroz, hermano de Orlando, pudo presumir de ser uno de los pioneros en la elaboración de objetos de vidrio con el método del soplado. Su taller se situaba en la zona de Río Seco, pero se cerró tras fallecer su propietario.
Años después, su hermano menor levanta un nuevo taller en otra zona con los obreros que trabajaban en la clausurada Fábrica Nacional de Vidrio, que en la actualidad se constituyen en la base de la pequeña empresa.
Las manos gruesas, callosas y con algunas quemaduras de Primitivo Carvajal Flores moldean un vidrio en el tosco taller, que ya cuenta con más de 50 años de bagaje en el arte vidriero. El cristal fundido toma la forma de una jarra, que inmediatamente es trasladado, aún ardiendo, al área de templado, para luego pasar por una revisión y ser empaquetado.
A escasos centímetros de Primitivo se halla otro imponente monstruo de fierro con un molde para hacer copas, que es doblegado por las suaves manos de Martha Pari Alcón, quien, secundada por su compañera Sara Villca Flores, hace escupir a la máquina docenas y docenas de transparentes objetos terminados.
Sin mirarse entre sí, cada obrero se mueve por el estrecho ambiente sumergido en su labor. Algo alejado del resto de sus compañeros y sin que una palabra brote de sus labios, Macario Apaza sopla despacio y con paciencia el vidrio hasta que adquiere el contorno de un delgado florero. Mientras, los dos hornos devoran en un santiamén su alimento: los restos de vidrio blanco llegados al taller por camionadas.
La técnica del soplado se basa en el uso de un punzón que forma una pequeña cavidad en la que la masa de vidrio fundido se expande mediante aire comprimido, adoptando la forma del molde.
El cabello algo chamuscado de Jhovany Molla, encargado de extraer el vidrio fundido del horno con un largo barreno, es sólo un ejemplo de las consecuencias de los incidentes que ocasionalmente se producen en el taller artesanal. Sin embargo, para Jhovany no es motivo suficiente para dejar el oficio que desempeña hace ocho años.
La producción y venta
Los 25 trabajadores son los encargados de sacar a diario, en dos turnos, de 150 a 200 docenas de figuras que posteriormente son adquiridas por los propietarios de bares, cantinas o intermediarios, especialmente en la Ceja, El Alto.
El esfuerzo y paciencia que ponen los trabajadores en cada uno de los objetos elaborados no compensan el precio al que se comercializa. La docena de copas más barata se vende a 5,50 bolivianos y la más cara a 7,50, a pesar de que los productos de contrabando bajan todavía más el precio.
“Nuestra mayor competencia es el contrabando que trae objetos de cristal más baratos y de mejor calidad, porque las fábricas en el exterior son inmensas, nada artesanales y no reciclan el vidrio como nosotros”. Por otra parte, Javier Guzmán argumenta que “ellos fabrican con materia prima natural, lo que hace que su producto sea más blanco o claro”.
Desde que en 1900 se inventara la primera máquina industrial para moldear vidrio, se ha pasado a producir hasta 80 mil botellas diarias.
Pese al adelanto tecnológico y la dura competencia que les supone llegar a los mercados extranjeros, el propietario del taller artesanal no pierde la esperanza de que su trabajo sea valorado por los europeos, continente donde ya empiezan a llegar sus productos.