A esta altura es imposible suponer que alguien pueda aún dudar de que el proceso que comenzó en diciembre del 2005 sea irreversible. Las compuertas abiertas entonces no se pueden cerrar y el país no será nunca más el que fue. Es ya otro, sin que importe lo que dirá la nueva Constitución, simplemente porque cambiaron las circunstancias.
Y todos estamos en el mismo carro, hayamos o no votado por el cambio. La cuestión es que si queremos felicitarnos al final del camino, en lugar de lamentarnos, todos debemos ahora poner el hombro para que sea para bien. Por eso dice una antigua maldición china que lo peor que se le puede desear al hombre es que le toque vivir tiempos de cambio.
Es indiscutible que todo no comenzó de nada y que si hay mucho por tirar en el camino, hay también mucho por preservar, a despecho de gustos y disgustos personales. Si no fuera así, no habríamos llegado nunca hasta donde llegamos.
Es cierto, por ejemplo, que la justicia no es igual de ciega con todos y que en prisión la pasa mejor quien robó hasta quebrar la banca, si es que está, que quien mató una gallina ajena para que coman sus hijos. Pero si un juez cometió prevaricato o vendió su fallo, otro fue el primero en Sudamérica que condenó a un ex dictador. Y así por el estilo. No podemos sostener racionalmente que si un empresario engordó negociando a costa del Estado, todos lo hicieron y están gordos, o que si un periodista escribe sólo lo que le interesa o sirve, todos son mentirosos. Si algunos curas hicieron buenos negocios con malos gobiernos, y los defendieron, ¿es posible olvidar, por ejemplo, a Luis Espinal y al semanario Aquí?
No se puede pues generalizar. La cuestión es identificar lo que falla dentro del sistema y permite o facilita que unos hagan lo que hacen. Y sobre todo, por qué lo hacen, a sabiendas de que está mal. Y eso no depende del color de la piel, del origen social, de la posición económica o del idioma materno, porque hombres somos por encima de esas diferencias y todos estamos dentro del sistema.
Para desbrozar el camino de manera racional, debemos convencernos de una vez de que lo mejor es usar el razonamiento, que es la ventaja cualitativa del hombre. Debemos privilegiar el pensar sobre el sentir. Utilizar el cerebro para decir y decidir, en lugar del corazón o el hígado que responden a nuestros sentimientos más elementales. Si no, sólo estaremos pretendiendo romper viejas estructuras a cabezazos, a costa de rompernos la cabeza.
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Invasiones bárbaras
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