Un rincón tarijeño donde las costumbres sobreviven al paso del tiempo. La gente festeja el fin de la cosecha y el regreso de la familia.
Texto y fotos: Mery Vaca
Manuel Subia recuerda con nostalgia que Iver Guerrero fue el único amigo y compañero de curso que fue a visitarlo cuando enfermó. De eso pasaron cuatro décadas. Ahora Manuel vive en Tarija e Iver en Argentina, pero cada año vuelven a Paicho, su pago, para encontrarse. Se dan un abrazo, cantan unas coplas y comparten ponches (vino caliente) y caneladitos (te caliente con singani) en la Fiesta de la Cruz y la Pachamama, entre el 2 y 7 de mayo.
En mayo, el durazno ya secó y se convirtió en pelón para hacer refrescos, el choclo se hizo maíz y la uva fermentó para el vino patero y el singani moscatel artesanal.
Todo invita a festejar y a encontrarse con los amigos que emigraron y que ahora vuelven a mostrar su éxito. La Capilla, el lugar donde se realiza la celebración, es por esos días un desfile de flamantes camionetas Ford y Chevrolet, marcas populares en Argentina.
Paicho es un cantón integrado por una decena de comunidades de los valles altos de Tarija, en la provincia Méndez. Allí no existen calles, plazas ni mercados.
El cantón es más bien un largo río de poca agua, flanqueado de pequeñas huertas, donde el duraznero —que crece en medio de rocas— es el rey. El humo que sale de las cocinas a leña es la única señal de que en medio de la huerta se alza una rústica casita de adobe. Hace menos de una década llegó el agua potable y la luz eléctrica, pero eso no cambió mucho la vida de los paicheños, que aún no tienen televisores, celulares ni transporte público intercomunal.
Donde pervive la cultura
Las tradiciones chapacas más auténticas están en Paicho. “La rueda chapaca de Paicho es la verdadera. No hacemos filitas en parejas, no conformamos escuadras, no nos uniformamos, no modificamos los pasos de nuestros abuelos, no hacemos el papel de actores, simplemente nos divertimos”, dice Jaime Perales, el escritor del pago y constituyente por su circunscripción.
Tomados de la mano, los paicheños brincan al son de la caña, el largo instrumento de viento que termina en una especie de cuerno. Un baile monótono, dirían los que llegan por primera vez, pero el cariño hace que la alegría desborde.
El 2 de mayo, la comunidad empieza a recobrar vida. Los que se fueron regresan, los que se quedaron se afanan. Los preparativos comienzan con el faenado de un chivo, un chancho o unas gallinas para la comida. Además, se destapan los cántaros de vino para alegrar los paladares y se buscan las mejores galas para ir a la Capilla.
En Paicho no hay restaurantes ni hostales, pero durante la fiesta la logística no es problema. Los vecinos albergan a los recién llegados, otros instalan carpas para el servicio de comida y bebida y los comerciantes aparecen de la nada con ropa y aborrates que venden o intercambian por pelón.
El padre Wilfredo Villa, nacido en Paicho, vuelve en esas fechas y se reparte entre confirmaciones, casamientos y bautizos colectivos.
Los alférez (como los prestes del occidente del país) se hacen cargo de los detalles de organización y, una vez terminados los ritos católicos, invitan a la gente a la cancha de fútbol, para presenciar los juegos de la época. La cuarteada a caballo y a pie son la mayor atracción. Dos jinetes se agarran de medio cabrito y corren hasta que uno se queda con la presa.
En la cuarteada a pie, los bailarines se mueven al ritmo de la caña hasta que uno de ellos se queda con el trozo de carne. Al día siguiente, esa familia, de seguro, comerá picante de cabrito.
La noche, en cambio, se dedica a cantar coplas, tomar unos vinos y bailar a la rueda. A esas alturas, los viejos amores palpitan otra vez.
Como símbolo del traspaso de la fiesta, los alférez entregan un cántaro de chicha, damajuanas de vino, flores y mucha alegría a los pasantes del próximo año. La caña nunca deja de sonar y la gente no se cansa de bailar.
Y, para que la fiesta no quede corta, el 5 de mayo está dedicado a la Pachamama. Hace años, recuerda doña Felicidad Méndez, “queríamos seguir festejando y hemos dado de tomar a la Pachamama”. Así nació esta fiesta que ahora es tan importante como la de la Cruz. Ya sin sacerdote, la gente se encomienda a la tierra y le da de beber el vino y el singani que fue elaborado con la uva del lugar, como una muestra de agradecimiento por la producción del año.
El 6 y 7 de mayo la gente empieza a subir a los camiones, camionetas y micros para volver a sus lugares de residencia. Las coplas de los que se van y de los que se quedan todavía resuenan entre las peñas y las huertas de Paicho.
“Vuelta y vuelto a la Capilla, que tal porfía. Hey de dar vueltas mi pago, mientras yo viva”.
La cuarteada es un juego en el que los jinetes disputan la mitad de un cabrito. El ganador suele hacer un picante al día siguiente.