¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Cómo me reconozco y me defino? En las agendas políticas que nos están transmitiendo los medios de comunicación estas preguntas han dejado de ser parte de una lección básica de filosofía, lugar común y quebradero de cabeza de estudiantes, para remitirnos a un debate apasionado y apasionante sobre nuestras identidades. Quién dijera que en pleno siglo XXI estas preguntas, que llevan siglos, estarían tan presentes, en Bolivia y en el mundo entero.
Aunque parezca contradictorio, en la “aldea global”, en este universo que imaginamos cada vez más chico e interconectado, en el que los medios nos muestran en vivo y en directo lo que ocurre al otro lado de nuestro mundo, los desafíos de la globalización incluyen la necesidad de fortalecimiento de identidades específicas.
La identidad se entiende como una de las expresiones del ser de una persona, con el contenido y la forma que cada persona construye de sí misma y su relación con los demás. La identidad vendría a ser, como en la química, un precipitado, una expresión de varios factores, que incluyen dimensiones relativas a la historia vivida, a la posición social y a la cultura adquirida y auto-asumida (esto incluye aspectos como valores, adscripción a tradiciones, imaginarios, etc.).
Las identidades se nutren en igual medida de elementos propios de la individualidad de cada persona y de los que provienen y se construyen en la relación con otras personas y con el entorno social. Ya lo dijo el filósofo español: “Yo y mis circunstancias”. Por esa complejidad, en la medida en que nadie carece de identidad, tampoco nadie tiene una identidad sola, única, monolítica e indivisible, sino varias, siendo algunas, probablemente, más densas que otras. Como la cultura, la identidad no es sustancia, sino proceso en permanente construcción. De ahí la importancia del enfoque de interculturalidad para querernos y entendernos mejor.
En la actualidad, las identidades son multilingüísticas y transterritoriales. Estamos en una época en la que la gente viaja, migra, cambia de residencia y se mueve masivamente, más que en ninguna otra de la historia de la humanidad. Quizá por ello es que surgen movimientos sociales que luchan por el respeto a la singularidad y a la elección diferente, exigiendo el reconocimiento de prácticas sociales y culturales específicas. Pero, esta búsqueda no es para quedarse encerrados en sí mismos, sino para mostrarse a los grupos locales como sujetos en comunicación con un mundo global.
Cada sociedad es multicultural y cada persona tiene múltiples pertenencias. Algunos se identifican por el lugar de nacimiento, otros por el que eligieron para vivir. Para unos ser indígenas es fundamental, para otras lo central es la edad, su sexo o el papel que cumplen en la sociedad. O pueden ser todo eso, sin perder por ello su sentimiento básico de identidad y pertenencia.
Pero esto significa masa amorfa, fluido mimético que se acomoda en cualquier parte. Al contrario, significa necesidad de fortalecer los rasgos más fuertes de lo que consideramos nuestra identidad esencial, para que esa fortaleza nos permita la construcción de un lugar y de unas relaciones sociales y culturales efectivas y respetuosas. Mientras más seguros estamos de quiénes somos, mejores posibilidades tenemos de aceptar las diferencias, de nutrirnos y enriquecernos con ellas. Yo soy cruceña, boliviana, mestiza y revoltosa. ¿Y usted?
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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