Hoy dejo a un lado los temas políticos que nos abruman y amargan. Prefiero escribir sobre el caso insólito del enverdecimiento de la ciudad de La Paz que todavía es “sede de gobierno”, hasta que la inútil y distractiva polémica de la capitalía plena para la muy amada Sucre, decida lo contrario. Pero antes de desentrañar el verdor, o la verdura, de nuestra ciudad, quiero hacer notar que la palabra “capitalía” no le cuadra, pues no hablamos de una chocolatería (pese a los dulces Taboada) ni de una cervecería (pese a la espumosa Sureña), etc. Hablemos pues de capitalidad y no de capitalía y así conservaremos el genio del castellano cervantino.
Mientras se discute un tema tan inútil, el Alcalde paceño ha venido plantando, “sin miedo”, árboles y plantas florecientes, ajardinando amplios espacios y todo recoveco que hasta ahora era depósito hediondo de basura. El paisaje reseco de la ciudad que siempre me sugirió la momia de la milenaria faraona que acaban de exhumar en Egipto, ha reverdecido. Esta ciudad que sus fundadores se empeñaron en construir sobre corrientes subterráneas que erosionan sus cimientos peligrosamente. No quiero agostar este primaveral artículo con la pregunta sobre cómo está el subsuelo paceño, siempre atormentado por los riachuelos, y las zonas negras edificadas a la vista de la Alcaldía, que en tiempo de lluvia ponen en grave riesgo a sus habitantes.
Lástima que el mismo Alcalde la pifiara con el proyecto de construir un tinglado de cemento y calamina en el mismo atrio de la artística basílica de San Francisco, patrimonio inseparable e irrenunciable del templo barroco-mestizo. El monumento más emblemático de la ciudad histórica. La promesa de que ese mamarracho no sería permanente sino tan sólo provisional, con la que se quiso embaucar al paceño con dos dedos de sentido estético y amor a la ciudad, no convenció a nadie. Autorizar el asiento a unas bien nutridas vendedoras de mercado bajo la bondadosa mirada del Santo de Asís, era arriesgarse a no moverlas ni con dinamita.
Volviendo a la capitalidad (¡no capitalía!) plena de Sucre, piense Ud. tan sólo en los muchos miles de funcionarios públicos que deberían trasladarse a la capital de los cuatro nombres y el presupuesto que esta operación demandaría: nuevos edificios para la infinita burocracia, viviendas para los funcionarios, sus suegras y alojados permanentes, escuelas para sus hijos, agua, energía, carreteras, etc. Cualquiera llega a la conclusión de que se trata de quimeras intencionadas para retrasar —léase reventar— la ya tambaleante Asamblea Constituyente. Lo mismo ocurre que la alambicada, pero a veces violenta discusión sobre si son más los indígenas, los indios, los autóctonos, los originarios, los mestizos, los cholos, los blancoides, los campesinos, los pobladores, los colonizadores, los pobrecitos gremiales que poseen robustas cuentas en los bancos o los insensibles oligarcas, muchos de ellos estrangulados por el fisco... ¿existen todavía otras categorías para dar mayor variedad a la amable y fraterna convivencia nacional?
Si la capitalidad plena se trasladara a Sucre, La Paz volvería a su antigua tonalidad ocre otoñal como la momia de Tutankamon. Ya no gozaríamos de marchas y bloqueos ni de partidos internacionales de fútbol.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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