Como diría Daddy Yankee, el reggaetonero, “lo que pasó, pasó”; strictu sensu, un pleonasmo, lo que no quita que lo ocurrido ya forma parte de la historia aunque ésta podría haber sido distinta de no haber sucedido las cosas tal como sucedieron. ¿Mareado?
A manera de ejercicio —paja, le llamarían algunos— resulta todo un reto ponerse a reescribir la historia bajo el supuesto de que los acontecimientos no hubieran sucedido tal como lo hicieron —sobre todo cuando el “curso regular” de la historia sufre un remezón que la cambia drásticamente—.
Plantearse preguntas como ¿cómo sería el mundo si el eje hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial?, ¿qué habría pasado si el papa Juan Pablo II hubiese muerto como producto del famoso atentado de Ali Agka?, ¿y si algún musulmán habría materializado la fatua contra Salman Rushdie?, ¿y si a Palenque no le hubiera fallado el corazón?
Las certidumbres absolutas no existen —además, si existieran sería muy aburrido—, pero las sociedades tratan de dotarse de reglas del juego —instituciones— que permitan a los ciudadanos organizar sus expectativas con ciertas seguridades. Acuerdan, por ejemplo, que cada periodo constitucional de gobierno tenga una duración de cinco años: pienso en ello porque, de no haberse dado las cosas como se dieron, el domingo pasado tendríamos que haber estado concurriendo a las urnas para elegir al próximo Presidente de la República.
Veamos: el periodo iniciado el 2002 debió haber concluido este año y, como era costumbre, las elecciones tendrían lugar el primer domingo de julio. Pero aquel día fue un domingo más; algo cambió el curso de la historia.
¿Cómo hubiera sido esta elección? Sánchez de Lozada habría acabado su mandato en buena situación económica —incluso si se mantenía el 18% de impuesto por la explotación de hidrocarburos— dado el boom de los precios internacionales, el probable aumento en la inversión externa, y la inyección de divisas proveniente de las remesas. Seguramente el candidato del MNR, Sánchez Berzaín, nos hubiese dicho que dieron cátedra en economía. Los otros candidatos, Evo Morales (MAS), Jaime Paz Zamora (MIR), Manfred Reyes Villa (NFR) y demás, lo estarían increpando por la capitalización.
Morales, sin mayoría absoluta, habría ganado; Sánchez Berzaín, pisándole los talones, hubiera salido segundo y, a la postre, nombrado Presidente, sin saber aún que en octubre del 2008 las masas, enardecidas por la baja en los precios de los minerales, y al grito de “Zorro, cabrón, queremos trabajo” cercarían la sede del gobierno obligándolo a renunciar y a huir del país.
La Paz es una ciudad muy fácil de cercar, de modo que si se la ratifica como sede del gobierno, debería hacérselo bajo un compromiso de sus vecinos alteños de no acosarla nunca más. Lo cierto es que en nuestro país, la mejor sede sería una ciudadela administrativa amurallada, ubicada lo más lejos posible de los grandes centros urbanos.
*Puka Reyesvilla es docente universitario.
La “sede” no se cede
Uno de los argumentos más usados por un sector de Chuquisaca que aboga por el “retorno” de la sede de gobierno a Sucre es que así se lograría un mayor equilibrio en Bolivia interponiendo el sur entre los poderes de occidente y oriente.
Por la presión o la fuerza
No son pocas las críticas en torno al proyecto de estatuto autonomista del Comité Cívico cruceño. Una “ciudadanía departamental” o una “regulación de la migración” al interior de un mismo país forman parte de una extravagancia por decir lo menos
Un picaflor en jaula de sofismas
Me acordé de la triste inutilidad de una canoa en el Pilcomayo, que antes transportaba gentes de un lado a otro del río, ya que próximo se erguía, imponente, el puente que la petrolera hispano-argentina Repsol YPF había construido en el camino al campo Margarita
La pura prórroga de la Constituyente no basta
La actitud analítica más equilibrada que se pueda concebir, llegaría probablemente a la misma conclusión que guía en estos momentos la conducta de los diferentes actores sociales y políticos de oposición.