Me acordé de la triste inutilidad de una canoa en el Pilcomayo, que antes transportaba gentes de un lado a otro del río, ya que próximo se erguía, imponente, el puente que la petrolera hispano-argentina Repsol YPF había construido en el camino al campo Margarita, para llegar a los pozos y a la planta de proceso del gas. En ese momento leía en la Folha de São Paulo una cita de recuadro de Evo Morales, orlada de foto con dedo admonitorio y todo: “Desconfío de las multinacionales porque no veo en ellas interés en invertir”. Me hizo sentir vergüenza ajena.
Se trataba de una entrevista de Mercedes Ibaibarriaga, de la cual publicaron retazos en el prestigioso periódico paulista. No creo que la plática haya sido en persona, después del papelón con un periodista mexicano, cuyas preguntas incomodaron a Evo hasta cortar la audiencia abruptamente. Pero aún escritas por algún asesor, las respuestas proveen material para reflexionar sobre sofismas —razones o argumentos aparentes con que se quiere defender o persuadir lo que es falso— del régimen de Morales.
Que no me acusen de citar fuera de contexto, abundo en que la pregunta era si el Presidente confiaba en las multinacionales petroleras. La respuesta in extenso fue: “La verdad es que confío más en las estatales que en las empresas multinacionales privadas. Desconfío mucho de las multinacionales porque no veo en ellas voluntad política ni mucho interés de invertir. Nuestra política ahora es, primero, que Bolivia va a invertir recursos propios para prospectar, extraer y comercializar el gas natural, siempre que sea posible. En los casos en que no sea viable, nuestra preferencia es la asociación con estatales. La tercera opción son las multinacionales. Nosotros ofreceremos garantías y seguridad jurídica. En el pasado, las empresas firmaron contratos que el Congreso no ratificó; algunas dejaron de cumplirlos; no hubo inversión; practicaron el contrabando. Por eso, ¿qué moral tienen para hablar de seguridad jurídica? La seguridad es la primera cosa que vamos a garantizar en Bolivia, pero esperamos que las empresas retribuyan”.
Vamos por partes. Uno, la confianza de Morales en las empresas estatales refleja la fijación estúpida en un estatismo pasado de moda. Más aún, es sintomática de esa enfermedad nacional de amnesia colectiva de las experiencias pasadas de corrupción, desperdicio ineficiente y manoseo político en las empresas estatales. Dos, ¿sabrá Evo de la magnitud de recursos de que se habla, que además vienen acoplados de tecnología? Tres, ¿conocerá que Petrobras es una eficiente autarquía brasileña?
¿Es progresista la media vuelta? No. Lo verazmente revolucionario hubiese sido quemar etapas en desarrollar eficiencia y efectividad en tres áreas de una nueva YPFB: calibración y medición en lo técnico; control y auditoría en lo contable; negociación, conciliación y arbitraje en lo gerencial. Sin hablar de estatales progresistas de otros países, hasta las transnacionales petroleras hubiesen contribuido en el empeño, acaso cansadas de tratar con la incapaz contraparte nacional: cuando no corruptilla, tan pobre que tiene que prestarse medios de las propias empresas que deben supervisar. Ah, pero tal opción no brindaba el melodrama de ocupar plantas petroleras con tropas militares, alzar la jeta al estilo Mussolini, para tener registro fotográfico que fuera motivo de gigantografías de corte soviético.
No ver voluntad política ni interés de invertir en las petroleras, trasluce que la cúpula gobiernista y sus asesores foráneos no tienen la vivencia de haber administrado siquiera un kiosco de cigarrillos. Soslayan que el norte de una empresa es lograr dividendos para sus accionistas; el éxito la hace crecer hasta volverla multinacional. La voluntad política, los incentivos a invertir y el control de las tajadas del negocio deben ser cosa de gobiernos vigilantes, no de empresas foráneas en procura de lucro.
Hasta un contumaz antagonista —o mejor, antigonista— convendrá que atraer inversiones extranjeras en un medio competitivo no es cosa de soplar y hacer botellas. Qué marco jurídico e incentivos lograron éxitos inéditos a partir de 1996. La inversión extranjera pasó del 3% del PIB en 1995 al 12% en 1998. Se firmaron 72 contratos de riesgo compartido. Exponencial fue la subida de inversiones: en exploración y producción de unos 350 millones de dólares a 3.700 millones de dólares entre 1997 y 2005; en refinación y productos petroquímicos llegaron a 1.400 millones de dólares en igual período. Reservas de gas decuplicadas: de 5,7 a 55 TCF. La tasa de crecimiento económico alcanzó su nivel más alto en 1998. La pobreza en zonas urbanas descendió 6% entre 1993 y 1999. La tasa oficial de desempleo en ciudades capitales se redujo de más del 10% en 1989 a 4% en 1997.
Los resultados me darán la razón de que la falsa nacionalización de hidrocarburos se parece al jalón prematuro de un pescador, que en lugar de soltar liñada para que la trucha se ensarte bien en el anzuelo, pierde la pesca por halar demasiado pronto. No otra cosa significa que las inversiones de transnacionales previstas para el país hayan migrado a Venezuela. Que haya escasez de gas en La Paz. Que cumplan apenas los contratos de provisión de gas a Brasil y Argentina. Que mercados naturales de Bolivia busquen opciones de provisión más caras, pero más confiables. Si no fuera por las remesas de los emigrantes, y el auge de la cocaína propiciado por el aumento de cocales, ¿cómo andaría el país?
Mientras tanto andamos engrupidos con ilusiones, como la de Evo Morales en la Folha de São Paulo: “Si continuamos avanzando como hasta ahora, dentro de 15 años podremos ser iguales a Suiza”. Con razón miran a Bolivia en el exterior con una mezcla de asombro, sorna y pena: es un picaflor multicolor enjaulado en una prisión de sofismas.
La “sede” no se cede
Uno de los argumentos más usados por un sector de Chuquisaca que aboga por el “retorno” de la sede de gobierno a Sucre es que así se lograría un mayor equilibrio en Bolivia interponiendo el sur entre los poderes de occidente y oriente.
Paja en modo subjuntivo
Como diría Daddy Yankee, el reggaetonero, “lo que pasó, pasó”; strictu sensu, un pleonasmo, lo que no quita que lo ocurrido ya forma parte de la historia aunque ésta podría haber sido distinta de no haber sucedido las cosas tal como sucedieron.
Por la presión o la fuerza
No son pocas las críticas en torno al proyecto de estatuto autonomista del Comité Cívico cruceño. Una “ciudadanía departamental” o una “regulación de la migración” al interior de un mismo país forman parte de una extravagancia por decir lo menos
La pura prórroga de la Constituyente no basta
La actitud analítica más equilibrada que se pueda concebir, llegaría probablemente a la misma conclusión que guía en estos momentos la conducta de los diferentes actores sociales y políticos de oposición.