En días pasados tuve la oportunidad de dirigirme a una audiencia amplia en el auditorio de la Facultad de Medicina de Sucre, con videoconferencias paralelas en La Paz, Tarija y Santa Cruz. El tema paradójico: “Generar riqueza o distribuir pobreza”. Realmente esperaba más polémica. Las preguntas del auditorio de la ciudad Capital fueron de gran interés y más bien aclaratorias, mientras muchas de las originadas en las otras ciudades buscaban hacerme decir que el Gobierno era perverso.
Cuando un gobierno es elegido por una mayoría absoluta con un programa explícito, el deber de la nación en su conjunto es aprender a vivir constructivamente dentro de esas reglas del juego y expresar su aprobación o desaprobación a través de los medios y la oposición libre. Percibo un diálogo de sordos entre el Gobierno, vastos sectores de la sociedad civil y el empresariado. Sólo cuando se cuenta con una articulación constructiva entre los tres actores de una nación, se puede dar el ‘dichoso desarrollo’. Mi amigo Bernardo Toro, también conferencista colombiano de ese foro, nos hablaba sabiamente sobre la manera de establecer ‘gramáticas’ de concertación constructiva entre todos.
En los pocos días que permanecí en el país, aprecié un Gobierno preocupado porque las cosas no le resultan como quisiera, que amenaza ahora con el alfanje étnico. Un empresariado atrincherado que se declara en retirada y una sociedad que se ampara tras las autonomías para figurarse una luz de esperanza al final del túnel. Todos están en un error y la cuenta la pagará el pueblo boliviano. El país, francamente mestizo con riqueza pluricultural, se halla atrapado en la falacia de la raza. “Raza… si gana uno ¡pierden todos!” afirma Nelson Mandela. Hacer inviable un Gobierno desde las empresas que lo requieren a su lado o desde la sociedad civil organizada, es pérdida para todos. Hacer inviable la empresa independiente y competitiva (como Petrobras en Brasil) es la pérdida de la generación de riqueza, de impuestos, de productos y de empleos de buena calidad. Arrinconar y satanizar a la sociedad civil, es perder el norte mismo del Estado.
La Constituyente hasta diciembre, es la única oportunidad que le queda al país para realizar un nuevo contrato social. Sucre se debería transformar en la sede de un encuentro nacional abierto y constructivo. Los dirigentes de los comités cívicos, de las cámaras y los asambleístas, en una fiesta nacional de cimentación colectiva. Recordemos que el PIB per cápita paritario de Venezuela es menor que el de Colombia, y que si Chávez acabara con su sector privado, ese PIB sería apenas equivalente a la mitad del paraguayo. Comibol no es el modelo a seguir. Repartir riqueza con equidad y en convivencia concertada, debe ser el objetivo nacional. El cómo: ‘Una gran fiesta de la democracia’.
*Jorge Zapp es consultor internacional.
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