¿Por casualidad les ha tocado a ustedes un golfista como vecino en el avión, en la antesala del dentista, en la cárcel o en algún otro de esos lugares donde uno encuentra gente fina?
No recomiendo la experiencia. El otro día cometí el error de asistir a un matrimonio, y tuve que soportar a un señor que alguna vez conocí con el apodo de el Flaco y ahora estaba rematadamente gordo. El ex Flaco imaginaba que todos teníamos su misma y triste trayectoria vital: éxito profesional, millones, jubilación, golf, chistes sobre golf.
Mi inseparable mala suerte me asignó con el golfista y, ¡qué horror!, salió gracioso.
—Óyeme el último que escuché en el club —me dijo con sonrisa anticipada—: jugaban golf un judío y un católico cuando, hallándose en el hoyo siete, la bola del judío cayó en el green y la del católico en el bunker. El judío pidió el putt al caddie y, antes de intentar un leve swing, comentó sonriendo: “Parece que Yahvé tiene más poder que la Virgen, porque me va a permitir un eagle y dudo que tú llegues al birdie”.
Yo reí con risa falsa, pues, aunque no había entendido nada, supuse que el cuento había llegado a su fin.
—No, no —me dijo el Flaco gordo—. La cosa sigue, pon atención. Pero ocurrió que al judío la bola le hizo un froggie y se fue rough. En cambio, el católico, con un perfecto shot, embocó directamente del bunker al hoyo, un sandy par típico.
Volví a reír, pero el gordo me interrumpió de nuevo.
—Aguarda, aguarda, el final es todavía mejor. Entonces el católico inclinó la cabeza y agradeció a la Virgen el birdie, sólo para oír que, al terminar su oración, el judío, arrodillado, decía con toda devoción “amén”. ¿No te parece maravilloso?
Y se hundió en unas carcajadas ridículas. Lo peor es que, al ver que el chiste no despertaba en mí la menor sonrisa, me preguntó angustiado si era yo judío, y si me había ofendido.
—Tranquilo —le dije—. Tengo aspecto de rabino, pero soy devoto, directamente, de la Santísima Trinidad: es una especie de hoyo en uno teológico.
—Amén —dijo el antiguo Flaco con alivio.
Así son los chistes de los golfistas. Exigen un dominio impecable de las reglas del juego y están vedados a quienes no hablen varias lenguas.
Como sólo reconozco al fútbol como deporte —los demás son, en el mejor de los casos, simpáticos jueguitos o, en el peor, aburridísimos protocolos anatómicos—, la mera existencia del individuo disfrazado de escocés con un palito y una bola me parecía una simpleza soberana. Pero amigos a los que admiro y respeto me garantizan que es un asunto apasionante e insisten en que, a mi edad, debo abandonar ya los recios partidos de balompié de barrio y sumarme al bovino ejército de damas y caballeros que utilizan el mazo y la pelotica como disculpa para dar saludables caminatas.
He resuelto dejarlos en paz porque me conmueve verlos tan convencidos. Ya no intento explicarles la gloria que encierra un contraataque por las puntas, ni me burlo de la actitud de muñecos de feria con brazos articulados que asumen con el putt. Ahora procuro pensar que la abundancia de golfistas significa también abundancia de campos de golf y supongo que son buenos para la naturaleza estos territorios verdes llenos de árboles y lagos, aunque sospecho que no tardarán en aparecer allí sembrados clandestinos de coca y los golfistas y sus canchas serán sometidos a un bombardeo de glifosato.
Me volví tolerante, pues, con ellos. Soporto con resignación sus comentarios sobre el handicap, el águila y el bajo par. Pero tengo trazada una raya infranqueable en los chistes. Rechazo toda anécdota de golfistas, protesto cuando intentan contarme chistes de club y temo que un día de estos, cuando alguno empiece a narrar de nuevo el cuento del judío y el católico, voy a darle un drive con madera 2 al que se meta de gracioso.
*Daniel Samper P. es periodista
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