10 monjas, nueve apoleñas y una alemana, demuestran que con mucho trabajo y disciplina todo es posible.
Texto: Raquel Otálora Fotos: Ángel Illanes
A los tres meses de nacida fue llevada a un monasterio por decisión de su madre, quien antes de morir dejó una última voluntad: ´Que mi hija sirva a Dios´. Así, el deseo de ser monja fue heredado a su descendiente, Yohanna Laura Flores, que es la primera madre superiora boliviana del monasterio Nuestra Señora de Nazareth, ubicado en la población de Apolo, norte de La Paz, a 425 kilómetros de la sede de gobierno.
Una copita de vino de mandarina y un trozo de queque de naranja son la tarjeta de presentación de este claustro donde se encuentra desde un hospedaje muy acogedor para los forasteros, sembradíos de todo tipo de hortalizas, legumbres, criaderos de animales, una pequeña fábrica de vinos y hasta un internado para niños y niñas de escasos recursos.
Claustro de puertas abiertas
El reloj delata las 5.00 y las hermanas se visten de gala para ir al templo a orar. Después de comunicarse con Dios, se van a misa. Luego comparten el desayuno y a las 8.00 se ponen su ropa de trabajo, recién empieza la jornada laboral.
En el monasterio, cada una tiene una misión que debe ser cumplida al pie de la letra ´porque la disciplina es importante para el progreso´, afirma la madre superiora que fue criada bajo esas reglas.
La hermana Lud Lutzarda, también apoleña, es la encargada del pequeño hotel que tiene el claustro. Es un lugar muy acogedor, tranquilo, donde la única música que se escucha es la de los pájaros.
Las habitaciones del hotel son limpias y confortables, tiene una sala muy acogedora y ambientes que superan a todos los hospedajes del pueblo de Apolo, que se caracteriza por su clima tropical, la hospitalidad de la gente y se constituye en una de las entradas llenas de aventura al parque Madidi.
Los huéspedes, además, pueden disfrutar de comida nacional e internacional gracias a la hermana Asunta, una joven risueña y alegre. La madre superiora decidió enviarla a La Paz para que se especialice en gastronomía hotelera, pues su meta ´es hacer que las cosas siempre salgan mejor´.
Justamente en ese afán, la superiora optó por colocar un poco de aserrín en sus plantaciones de tomate ´me dijeron que el aserrín era como abono que hacía crecer más a las plantas´. Ahora se acerca a su pequeño huerto de tomates destruido y, con tristeza, reconoce que el experimento no funcionó.
Sin embargo, la alegría vuelve a su rostro cuando muestra orgullosa los piñales que dentro de poco darán muy buenos frutos.
El recorrido por el claustro continúa. A lo lejos se ve a un grupo de monjas y a unas jóvenes preparando la tierra para sembrar yuca; más allá, están otras limpiando los platanales y cafetales.
De repente aparece de la nada un pequeño bosque de pinos. Es como si alguien mágicamente hubiera colocado una parcela del paraíso en medio de ese claustro.
El sol apunta sobre la cabeza. Las hermanas apuran los pasos porque al mediodía deben cumplir con su oración, que es toda un ceremonia. Las 10 religiosas —nueve apoleñas y una alemana— visten sus hábitos de gala y cada una, con la Biblia en mano, comienza a leer en voz alta un pasaje del libro sagrado para luego rezar el Padre Nuestro. Así continúa la rutina por casi una hora. Luego, las mujeres comparten el almuerzo elaborado con propios productos.
El recreo es uno de los momentos ansiados, pues las hermanas se sientan para reflexionar sobre algunas lecturas y experiencias.
Sueños debajo de un hábito
La madre superiora recuerda que cuando era joven dejó el convento para ir a estudiar a la ciudad de La Paz. ´Entonces, yo no quería ser monja, quería salir al exterior, viajar... pero por la gracia de Dios estoy aquí. Yo me alegro mucho más porque no hice mi voluntad, sino la de Dios´, afirma con seguridad.
Gracias a sus viajes, Yohanna habla cuatro idiomas. Su lengua materna es el alemán, su castellano y su quechua son perfectos y en el latín no deja nada que desear. Las otras hermanas disfrutan escuchando sus gratas historias.
El sol baja la intensidad y las obligaciones esperan. Nuevamente se ponen las ropas de trabajo y retornan a sus obligaciones.
Asunta es la preferida de los animales del claustro. Es increíble cómo al escuchar su voz, las ovejas la rodean, los gansos corren a su encuentro al oír las ollas, los cerdos permiten que sólo ella se acerque a sus crías, y las vacas y caballos la esperan para retornar a su corral. Quizá sea porque ella les da la comida, pero hasta los inquilinos del criadero de tilapias, peces de la zona, parecen hacerle corte.
El día continúa y la superiora reflexiona sobre su siguiente proyecto: la lechería. Ella espera recaudar un poco más de fondos para comprar un par de vacas lecheras. Con ese proyecto, el convento estaría completo, porque incluso se dedican a la apicultura.
Hacedoras de vino y bienestar
En otra parte del edificio se halla una pequeña fábrica de vinos de mandarina, naranja y uva. La receta la heredaron de las fundadoras del monasterio que aprovecharon la abundante fruta del lugar para hacer estos productos.
La superiora asegura que es la mejor forma de aprovechar la fruta de la región. ´En vez de votar las mandarinas y naranjas que hay en abundancia, lo que hacemos es preparar vinos que no contienen ningún químico y están elaborados en base a pura fruta´.
Esos vinos son un deleite para cualquier visitante. Los apoleños aconsejan llevarse una botella de vino de mandarina o naranja, que se convirtió en uno de los productos tradicionales del pueblo y que podría ser una gran fuente de trabajo si se garantizara un mercado.
En el convento también se comercializa el café y la miel. Mientras sigue el recorrido, los ojos de una niña llaman la atención de los visitantes. Su mirada traviesa, pero tímida los conduce hasta su habitación donde están otras 14 niñas que viven en el claustro. Las hermanas las acogen, les pagan sus estudios y alimentación. Otros 15 niños también viven en el claustro, ellos estrenarán próximamente dormitorios y otros espacios recién construidos.
´Recibimos niños de hogares pobres y comunidades alejadas. Generalmente sus propios padres los traen, nosotros les enseñamos a trabajar para que, cuando retornen a sus hogares, repliquen lo aprendido´, explica la superiora.
No es la única obra social. Las hermanas apoyan a productores de café, de miel y a comunidades pobres. En Uscamayo se financió un proyecto de agua potable.
El recorrido casi termina. Una nueva construcción se eleva allí: es la hospedería para albergar a los campesinos. Sin embargo, aún hacen falta catres y camas. ´Ojalá alguien pudiera donarnos unas 30 camas para que este proyecto sea realidad´, piensa en voz alta la superiora y despide a los visitantes.