“A gusto o disgusto, indefectiblemente La Paz es una ciudad muy interesante, conflictiva y muy intensa a la vez. Es plena de contrastes, contradicciones...” He vivido en La Paz en dos etapas de mi vida y hoy sí puedo decir que vivo en la ciudad del Illimani por propia elección, y si bien a veces —sin saber a ciencia exacta por qué la he elegido— yo entre muchas otras personas para vivir una etapa, quien sabe cuán larga, de mi frágil y mundana existencia corpórea, disfruto mucho de mis días paceños.
Los días en nuestra Señora de La Paz me parecen tan peculiares y a pesar de que me podrán decir que un amanecer en la capital política del país no tiene nada de particular, personalmente veo el alba paceña como el puente que comunica el inicio de una nueva jornada plagada por la singularidad de la intensidad de los rayos solares ch’ukutas que palían la fuerza eólica de la Cordillera de los Andes. Y si bien el frío ha recrudecido en toda Bolivia (estamos en invierno), en esta región del país ya han empezado a caer los primeros copos de este invierno altiplánico sobre las calles, avenidas y los jardines de La Paz.
Puedo escuchar el sonido de la nieve cayendo hacia algún lugar que no adivino y puedo ver uno que otro tronco de algún árbol y debajo de ellos, veo el pasto que aún duerme plácidamente a la espera de la primavera. Las manecillas del reloj —carcelero burocrático del tiempo— me dicen que es las cuatro de la tarde y dado que ha llovido prolongadamente, que me encanta sentir y escuchar a la lluvia y puesto que aún cae una que otra gota, decidí bajar a la Costanera de Achumani y permitirme sentir los sonidos del río desde más cerca y contactarme sensorialmente con todo este panorama.
Mientras caen gotas de agua semicongeladas (medio granizo, medio nieve) a mi alrededor sólo logro ver blanco, verdosos y grises aunados al indescriptible color de las rocas gigantes que bordean mi perspectiva y al fondo las montañas muestran un rejuvenecido verdor, verdor que llega apacible hasta zambullirse en las profundas y azulinas playas del lago Titicaca.
A gusto o disgusto, indefectiblemente La Paz es una ciudad muy interesante, conflictiva y muy intensa a la vez. Es plena de contrastes, contradicciones y extremos, y si bien he crecido y vivido la mayor parte de mi vida en un clima tropical, rodeada de una topografía llana y plena de verdor, con abundante fauna y flora, puedo aseverar que en La Paz he evolucionado y hasta puedo decir que aprecio con agrado la aridez de sus cordilleras y el viento gélido que la envuelve.
Y como estamos cursando el mes de julio, cuando La Paz se viste de fiesta desde los primeros días para esperar un festejo más de las conmemoraciones julianas, me adhiero a éstas y digo ¡Oh linda La Paz!
*Mariella Pereyra es cientista política.
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