Que en Bolivia no existe Estado de Derecho, es una verdad de perogrullo. Aquí la Constitución, las leyes y los reglamentos son parte de la retórica nacional. Aquí sólo se obedecen dos leyes: la de la gravedad y la del embudo. La primera nos beneficia a todos y la segunda al gobierno de turno.
Y siempre fue así, desde 1825. Sólo que esta tendencia se ha acentuado drásticamente desde la llegada al poder de los “originarios” del MAS. Hoy, las leyes y los operadores de justicia son vistos como el enemigo. Desde el propio Gobierno se estimula manifestaciones violentas de mineros asalariados y ponchos rojos, contra el Tribunal Constitucional y otros órganos judiciales. Estos grupos llegan al extremo de tirar dinamitas y piedras contra los edificios del Poder Judicial. Y la Policía se hace de la vista gorda. No existe a la fecha ningún detenido, peor aún algún procesado por estos actos de vandalismo oficial. El primer violador del Estado de Derecho es el propio Gobierno centralista de turno.
Pero si lo anterior es aberrante para el mundo civilizado, desobedecer la voluntad popular expresada en el “referéndum nacional vinculante a la Asamblea Constituyente para las autonomías departamentales” del 2 de julio del 2006, lo es muchísimo más. Desobedecer la voluntad popular expresada en las urnas es desvirtuar la propia esencia de la democracia.
Se debe respetar por igual a los departamentos que votaron por el SÍ y a los que votaron por el NO. Eso es respetar la democracia directa, la madre de la democracia. Caso contrario, nuestra democracia se transformará en una democracia facinerosa.
La Asamblea Constituyente, dominada ampliamente por el MAS, está queriendo desconocer este referéndum. Imponiendo autonomía en los departamentos que votaron por el NO y desnaturalizando la autonomía en los departamentos que votaron por el SÍ.
El modelo “experimental” de Estado que presentó el MAS en la Asamblea Constituyente, denominado ‘plurinacional comunitario’, tiene dos características principales: es un modelo racista y neocomunista. Racista, porque pretende que el factor ordenador territorial del Estado sea la raza. Para tal efecto, descuartizarán Bolivia en 36 naciones étnicas y seis espacios interculturales. Al último loco que se le ocurrió fomentar el racismo fue a Hitler y terminó en el Holocausto judío. Neocomunista, porque con el eufemismo de “comunitario” plantea recrear una forma del fracasado comunismo soviético; politburó incluido. Contaron para esta aventura metafísica con el apoyo de extranjeros “originarios” de las ONG, del racismo indigenista y de la fracasada izquierda jurásica totalitaria.
Este engendro de país desvirtuará las autonomías departamentales, por las que votaron cuatro departamentos en el referéndum mencionado. La Bolivia fracasada está queriendo imponer su modelo a la Bolivia exitosa. Con este modelo le están buscando cinco patas el gato. Y lo peor de todo es que se la van a terminar encontrando.
*Jimmy Ortiz Saucedo escribe desde Santa Cruz.
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