El gas boliviano desde la década de los 90 ha ingresado a ser parte la geopolítica internacional; primero por la potencialidad que representa y segundo por la necesidad ´imperiosa´ que tienen los países vecinos de este energético necesario para el desarrollo industrial de estas tres economías potenciales como son Brasil, Argentina, y Chile.
Esta situación, sin duda alguna, de cierto peligro hegemónico puede desencadenar en una serie de problemas que tenemos la obligación de visualizar y definir con políticas hidrocarburíferas eficientes por parte de nuestra nación y no proseguir con indefiniciones que durante décadas nos han llevado a adoptar posiciones ambivalentes en torno a los compromisos contractuales que se tienen en materia de exportación. Y que nos obligan a tener seriedad y ante todo respeto, no solamente en lo que se refiere a los contratos vigentes sino a lo que debe ser el futuro de la exploración para asegurar el abastecimiento interno y externo.
Por una parte, las tan mentadas reservas de gas que en el último tiempo se ha manejado con incertidumbre y poca credibilidad no dependen solamente de lo que pueda expresar el Ejecutivo o el Legislativo. Hace años que se certificaron las reservas probadas y probables, llegando a manejarse cifras de 53 trillones de pies cúbicos y hoy la situación ha ido en descenso para hablar de 19 trillones.
Sea cual fuere la realidad, lo importante es que Bolivia marque un rumbo para asegurar los mercados y evitar que la necesidad internacional desencadene en posiciones de fuerza o confrontaciones que deriven en guerras, como se ha podido comprobar en el transcurso de la historia, como fuera el caso de conflagración del Chaco o en mayores dimensiones la guerra contra Irak que claramente es producto de intereses económico- financieros.
Este campanillazo nos debe llevar a reflexionar y aumentar decididamente las reservas, cumplien- do estrictamente los contratos con el Brasil y el progresivo mercado con la Argentina.
Pero también tenemos que pensar que Chile puede ser un potencial buen comprador y dejar de condicionar la venta, en razón de que hoy los países tienen definidas sus políticas económicas basadas en la producción intensiva de recursos naturales o bienes de consumo, para garantizar el mercado interno y los crecientes mercados externos.
En síntesis, ya es tiempo de que el Gobierno defina estrategias a mediano plazo y ante todo equilibre el manejo sectorial de los hidrocarburos, en su estructura técnica, en su organización —que hasta el momento deja mucho que desear y es proclive a un manejo sin planificación—.
Para ello debemos adoptar lo que hacen todos los países: contar con un plan energético, elegir el recurso humano profesionalizado, incentivar la inversión sea pública o privada, visualizar lo que acontece en el mundo de las finanzas y sobre todo, en el caso del sector, triplicar la inversión, porque caso contrario ingresaremos a una peligrosa crisis energética como la de los tres países antes mencionados.
*Carlos Meyer A. es periodista, escribe desde Tarija.
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