Los datos del Instituto Nacional de Estadística nos muestran una inflación alta pero no exageradamente alta. No estamos ni remotamente cerca de un proceso de alta inflación y menos aún de hiperinflación. La mejor reacción de la población es la de tomar las cosas con calma.
Con todo, la inflación necesita ser controlada. Simplemente extrapolando lo sucedido en los últimos dieciocho meses se llega a una inflación que bordea 7% para fines de año. Las expectativas empresariales, según la encuesta del Banco Central de Bolivia de junio del 2007, apuntan también a un guarismo cercano (mediana de 6,7%). Por supuesto todos nos podemos equivocar.
Es solamente desde 1996 que tenemos inflaciones bajas y que el público se había acostumbrado a una inflación inferior a 5%. La inflación de 7% ha sido pues una sorpresa. Hay varias implicaciones de esta inflación mayor que la que ya estaba acostumbrada. La deseable bolivianización, que depende de manera esencial del mantenimiento de una tasa baja de inflación y expectativas de baja inflación aun si nuestra moneda se está apreciando con relación al dólar, podría frenarse.
Los efectos fiscales de una inflación más alta que la esperada a principios de año pueden ser también importantes. No hay que olvidar que hay una deuda importante del TGN en bolivianos indexados a la inflación (los BTs en UFVs). Si sube la inflación, esto significaría para el TGN un gasto adicional en intereses.
Una inflación mayor a la esperada puede también agudizar los reclamos salariales, los que dado el tamaño del empleo en el sector público tendrán efectos fiscales negativos de consideración. Por otra parte, los ahorristas (en dólares o en bolivianos) que se habían resignado a que los intereses que les pagaban tenían solamente una pizca de diferencia con la inflación de 5% que esperaban, se sorprenderán que ex post estarán perdiendo el valor adquisitivo de su ahorro, aunque todavía en baja proporción.
La inflación de esta época no se debe a un desorden fiscal como solía ser en el pasado. El comportamiento fiscal, de manera general, ha sido correcto aun si hay tareas pendientes que se las ha estado postergando desde anteriores gobiernos. La inflación, más alta que la esperada, tampoco se debe a que la economía esté creciendo. Tenemos un claro contraejemplo de que crecimiento no tiene por qué producir inflación con el Perú, que crece al 8% (o sea casi al doble del crecimiento boliviano) y su meta de inflación es de 2%.
Cualquier discusión seria de la inflación tiene que distinguir entre cambios transitorios (cambios por una sola vez) en el nivel de precios (causado por choques de oferta como los desabastecimientos producidos por El Niño) de movimientos más persistentes. Aunque es difícil separar cambios por una sola vez en el nivel de precios y la inflación propiamente dicha, yo creo que efectivamente hay un proceso inflacionario en marcha, que debe aparecer reflejado en los indicadores de inflación subyacente del BCB. Hay que entender bien las causas de esa presión inflacionaria.
Los tipos de cambio reales de nuestros socios comerciales se han estado apreciando muy significativamente desde mediados del 2003. Mas simplemente, Bolivia está demasiado barata en dólares con relación a los vecinos. Hay fuerzas, que están siendo contenidas apenas, que empujan a que nuestros precios, especialmente de los bienes que vienen o que pueden ser llevados más allá de nuestras fronteras, se acerquen a los precios de nuestros vecinos, más caros, medidos en dólares. Se está “importando” inflación. Un fenómeno similar lo vivimos en 1995.
El crecimiento de las exportaciones, que está produciendo una rápida y significativa acumulación de Reservas Internacionales (RIN), que tiene como contraparte una rápida expansión de la emisión monetaria, está ejerciendo una presión en el precio de los otros bienes nacionales. El profesor Dornbusch solía decir que expandir la emisión para comprar los dólares producidos por las exportaciones podía ser tan inflacionaria como emitir moneda para financiar los déficit fiscales. Las operaciones de “mercado abierto” para recoger la liquidez tienen sus límites porque pueden causarle pérdidas operativas al BCB, que al final serán costos para el TGN, además de que su eficacia es limitada con tipo de cambio fijo.
En las políticas de metas de inflación que se ha puesto de moda, el instrumento privilegiado de control es la tasa de interés. Lamentablemente, debido a nuestro incipiente desarrollo financiero y a la gran liquidez con la que están ahora los bancos, las tasas de interés del BCB (por ejemplo, sus tasas de reporto) no tienen casi impacto en el mercado interbancario y, menos aún, más allá. Pero el tipo de cambio puede jugar un papel similar al de la tasa de interés para controlar la demanda. Existen estudios técnicos al respecto en el BCB.
La política del BCB de apreciaciones nominales del tipo de cambio está en la buena dirección, aun si es desconcertante para el público. Creo que se debería adoptar gradualmente un sistema de cambio flotante; el Bolsín ya es una reliquia del pasado. En las circunstancias actuales, el tipo de cambio flotante probablemente se apreciaría inicialmente.
Los estudios académicos recientes señalan la importancia del manejo de expectativas de inflación y, ligado a lo anterior, insisten en que comunicación es central. Los Informes de Inflación del BCB son, en este sentido, muy valiosos, pero hay que difundirlos más. Más de fondo, dada la naturaleza nueva de la inflación que no proviene de un desarreglo fiscal, la independencia y la credibilidad del BCB tienen un papel crucial. La vocería de los temas de inflación debe estar, exclusivamente, en el BCB, que por mandato de su ley tiene que procurar mantener la estabilidad de precios y que tiene ventajas comparativas en esta materia, con relación a las de otras instituciones.
*Juan Antonio Morales es profesor de la Universidad Católica Boliviana y ex presidente del Banco Central de Bolivia.
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