La Copa América trae la novedad de una final entre Argentina y Brasil. Así estamos, diciendo lo obvio cual comentarista deportivo. Como aquel relator que ante el partido del domingo diría que Argentina es favorita para llevarse la victoria porque viene demostrando un juego equilibrado en todas sus filas y, además, Messi hace la diferencia. Pero como también Robinho hace la diferencia y los brasileros cuando quieren afinan como escuela de samba, no se puede descartar una superioridad verdeamarelha en la final. Ahora bien, si se toma en cuenta la rivalidad histórica y el respeto mutuo entre las dos potencias sudamericanas, lo más probable es un empate. Y después a la lotería de los penales (otra frase célebre). Capacidad de previsión que haría palidecer de envidia a cualquier analista político que, por cierto, andan por las mismas en sus balances que involucran a todos los escenarios posibles.
Novedades discursivas también. En los relatos de los partidos aparecen frases trilladas —“una genialidad puede cambiar el curso del partido”— y también sentencias que pretenden resumirlo todo, eliminando los desafíos de una mirada analítica. Entre las últimas palabrejas que operan como supuesta descripción/explicación que sintetiza el tipo de desplazamiento de los jugadores en el campo de juego en consonancia con la velocidad de la pelota y la precisión en los pases, está el reiterado “volumen de juego”. Que no sabemos a qué refiere exactamente. Si a las características descritas líneas arriba o a aquello que antes se definía como “el equipo ganador estuvo mejor plantado en el terreno de juego”. Tal vez sea un problema de época y antes la referencia era agrícola y ahora es high tech, y entonces volumen tiene que ver más con karaoke que con raíces. Pero es cierto que para retratar el desempeño de un equipo, los analistas deportivos repiten la frase: “el equipo (no) tiene volumen de juego”. Y si lo tiene, entonces eso explicaría porque andan gritando goles como locos.
Al “volumen de juego” se suma otra expresión: explosivo. “Este equipo (no) tiene explosión”. Al principio pensé que se trataba de una influencia de nuestra cultura de protesta social por eso de que sin cachorros de dinamita las demandas no se atienden. Porque un equipo es explosivo cuando —“de tres cuartos de cancha para adelante”— rompe con la defensa y sus afanes represivos porque el delantero encara con el balón hecho suyo y no hay fuerza humana que detenga su ineluctable camino hacia el arco contrario. Por eso se dice que “ese balón tenía destino de red” y no es solamente asunto de fuerza física o de velocidad, también de gambeta y de “saber manejar los tiempos”. Cuando no es explosivo, un equipo está condenado al cero y sus seguidores al aburrimiento.
Así las cosas. Volumen de juego y explosión es la jerga para entender lo que sucede en un campo de fútbol. Y no solamente en el gramado verde, porque es fácil trasladar estos criterios a nuestra política criolla y advertir que el MAS tiene volumen de juego (aunque no cintura) y que Evo es explosivo. En cambio, la oposición no truena ni suena y Tuto no sabe pisar el balón para avizorar el arco contrario. Y así podemos seguir con las analogías, pero un partido dura solamente noventa minutos.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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