Resulta imposible no emitir una opinión sobre el debate público que se está desplegando alrededor de la situación de los precios relativos, el volumen de circulante y el sistema monetario. Ya han dicho su palabra muchas personalidades entendidas y legas en la materia; unas con el ánimo de proporcionar una interpretación profesional sobre el tema, otras buscando polarizar las posiciones, al igual de lo que ocurre en prácticamente todos los temas de la agenda nacional.
Con respecto al alza del nivel general y de algunos precios particulares ocurrido en las últimas semanas, me parece que es poco recomendable incurrir en la manipulación política de la información de uno y otro lado, puesto que existe el riesgo de provocar consecuencias inconvenientes en términos de expectativas y conductas de los
agentes económicos grandes y pequeños, desencadenando tendencias que objetivamente no existen en este momento, pero que podrían convertirse en profecías perversas que acaban cumpliéndose. Considero por tanto que el tema de una supuesta inflación en ciernes es demasiado sensible y con perjuicios considerablemente mayores para los más pobres, como para que se lo ventile desaprensivamente en la contienda política.
Las cifras oficiales ponen claramente de manifiesto que el Índice de Precios al Consumidor ha venido aumentando a un ritmo superior que en años pasados, y esto es lo que debe explicarse y, por supuesto, contrarrestarse mediante políticas económicas y monetarias apropiadas.
En primer lugar, no cabe duda de que existe un desajuste entre la oferta y la demanda en varios mercados de bienes particulares, afectados por una situación de desabastecimiento coyuntural, que podría remediarse relativamente rápido, si se adoptan las medidas acertadas.
Segundo: tal como ocurrió en varias ocasiones del pasado, cada vez que hubo conflictos sociales y bloqueos de diverso tipo en el transporte de bienes, el alza consiguiente de precios fue interceptada de inmediato con medidas adoptadas por el Banco Central. En esta ocasión, sin embargo, las tendencias alcistas derivadas de los desastres naturales de comienzos de año, no han sido atendidas debidamente por parte de las autoridades económicas y monetarias.
Tercero: Algunos precios-líder como el del pan de batalla están afectados por la situación especial de sus insumos, y es preciso atacar el problema particular en el lugar en que ocurre. El desabastecimiento de GLP y de harina se debe a políticas equivocadas de producción y precios, que incentivan contrabando y especulación.
Cuarto: es absolutamente evidente que el aumento del circulante en la economía no tiene al déficit fiscal como su principal origen. Pero de semejante premisa no sigue la conclusión de que el Banco Central nada tiene que hacer, salvo una costosa propaganda institucional. Su tarea consiste en cambio en esterilizar la liquidez excesiva cualquiera sea el origen de ésta, y para ello cuenta con diversos instrumentos de probada eficacia.
Quinto: de todas las herramientas disponibles, la peor es la revaluación del boliviano frente al dólar, puesto que eso castiga a las exportaciones y la producción nacional y favorece a las importaciones.
En conclusión, el mayor peligro para la estabilidad monetaria proviene del debilitamiento institucional de la autoridad encargada del tema. Por eso me parece tan importante preservar constitucionalmente la independencia del Banco Central. Pero también se precisan políticas sectoriales de producción.
*Horst Grebe L. es economista.
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