El presidente, que hace política 20 horas al día, los siete días de la semana, incluidos los domingos y las fiestas de guardar, ha hecho una interpretación muy propia de las causas de la inflación. Dijo que ella se debe a que ahora los movimientos sociales están consumiendo como nunca antes, lo que pone en evidencia la producción insuficiente de bienes de consumo por parte de un aparato productivo acostumbrado a atender sólo a los privilegiados de antes.
Muy política, la explicación fue de todos modos mejor que la que dieron de la inflación sus colaboradores. El que se llevó la flor fue el ministro que dijo que no estábamos ante una inflación, sino solamente ante un incremento de los precios.
La inflación ha asustado al gobierno porque llega cuando, por una casualidad que aterra, los mineros están en huelga, falta pan, falta GLP, falta gasolina y falta una política clara. Igualito que hace 22 años, cuando don Hernán Siles estaba acosado por los mineros y la inflación había llegado a ser híper.
Lo único que falta para que el panorama sea idéntico es que la derecha esté mejor organizada, y que en el parlamento sea mayoría. Lo demás, es decir la falta de políticas claras, la mezcla de tendencias dentro del gobierno, las peleas entre los sectores de la coalición, y las acusaciones a los cruceños, es idéntico al panorama de entonces. Las situaciones se parecen, es cierto, pero con la inflación los parecidos se hacen preocupantes.
Ver a los mineros en las calles, protestando contra las políticas del gobierno, tiene que ser algo escalofriante para cualquier gobernante boliviano, por las reminiscencias de los últimos días de la UDP. Por eso los nervios del presidente, por eso su interpretación tan política de la inflación y por eso los desatinos de sus ministros sobre el tema.
Pero la verdad de la inflación es algo que tendría que preocupar al presidente y llevarlo a un mea culpa, porque en las raíces del problema está el pecado original del cocalero del Chapare. Para la inflación, su sector, el de los cocaleros, y los socios de éstos, tienen mucho que ver. La industria de la coca y sus derivados está distorsionando los niveles salariales del país y es la causa principal de la inflación.
Industriales cafeteros de los Yungas de La Paz están levantando las manos en estos días porque no pueden competir con los jornales que ofrecen los cocaleros a los cosechadores. Los granos de café se quedarán en las plantas, sin ser cosechados. La capacidad de pago de los cocaleros representa una competencia demasiado desigual para los cafeteros.
Este efecto del boom que se vive en el cultivo de la coca es tan perverso como el que la planta produce en el deterioro de la tierra. La coca está desplazando a otros cultivos, usando como arma los mayores jornales que pueden recibir los cosechadores por las relaciones pecaminosas que tienen los cocaleros, pecaminosas pero multimillonarias. En los Yungas hay incluso un descenso en la producción de cítricos, porque toda la tierra disponible es destinada ahora a la producción de la hoja.
La coca, y sus derivados, está provocando también una revolución arquitectónica en toda el área de ingreso al Chapare. Los palacetes que se construyen en la zona acaparan a los albañiles y provocan una fuerte presión sobre la oferta de los insumos de la construcción. El lavado de los narcodólares está en la bonanza que vive ahora la construcción no solamente en el Chapare. Frente a este fenómeno, las casitas que mandan construir los exiliados de la crisis, los que envían las remesas, son muy poca cosa, aunque tengan diseños europeos.
La hoja ha envalentonado a los chapareños, a tal punto que, de facto, han creado una aduana propia, pues cobran a los camiones con carga de exportación procedente de Santa Cruz. Es un territorio libre dentro de Bolivia. No hubo estatutos ni proclamas, sólo decisiones claras para ejercer una especie de autonomía regional que ni siquiera conoce la Asamblea Constituyente.
Así, sin mercenarios armados, como los que se hacen llamar guerrilleros en Colombia y que sirven a las mafias de la droga, los cocaleros bolivianos tienen su propio territorio libre. Ejercen soberanía plena sobre ese territorio. Y están impulsando una actividad económica que amenaza a la economía legal, como se ve en Yungas y en la inflación.
Como es evidente, esta guerra la están ganando los cocaleros. El país está sucumbiendo ante esta fuerza organizada que ha prestado su presidente para que ocupe la presidencia del país. Una ventaja que antes solían tener otros sectores económicos, como el minero. Nunca, como ahora, el país había estado tan dominado por la realidad de la coca. Una actividad pujante que ha hecho surgir esta ola inflacionaria que obliga al presidente a hacer interpretaciones políticas muy elaboradas, aunque inverosímiles.