En Perú, el ingeniero Miguel Ayala trabaja en la forma de ayudar en la conservación de las aves carroñeras andinas con educación.
Texto: Jorge Soruco Ruiz • Fotos: Archivo familia Ayala
No se viste con colores llamativos, siendo la sobriedad del negro su atuendo. Tampoco es el más rápido o el más fuerte, pero su vuelo en las alturas de los Andes lo convirtieron en el símbolo de Bolivia y Perú. Sin embargo, pese a su importancia, el cóndor de los Andes se encuentra en peligro de extinción y sólo unos pocos se preocupan de conservarlo. Entre ellos está el ingeniero peruano Miguel Ayala Calderón, investigador del Proyecto de Protección del Cóndor Andino.
El programa de conservación de estas aves nació gracias a la cooperación entre Ayala y el italiano Angelo De Arrigo, un deportista y apasionado de las aves. “Hace unos siete años me contacté, mediante internet, con el señor Angelo De Arrigo. Este enigmático italiano me contó que uno de sus grandes sueños era volar con estos animales. También me contó que tenía la idea de reproducir al cóndor en Austria”, recuerda Ayala.
El proyecto, financiado con los propios recursos de Ayala y De Arrigo, comenzó hace unos siete años. Los conservacionistas obtuvieron un cóndor macho peruano y una hembra boliviana. La unión dio como resultado dos polluelos: Maya, una hembra de cuatro años, e Inca, su hermano menor.
Una crianza difícil
Maya e Inca nacieron en una incubadora artificial, pero similar a los nidos elaborados por los cóndores. “Es una caja de madera muy sencilla”, describe Ayala. A los 50 ó 55 días de obtener los huevos, lograron que nacieran los pollos.
Como las crías no podían estar bajo el cuidado de sus progenitores, los dos investigadores se vieron obligados a cuidar y educar a los dos pichones cual si fueran verdaderos cóndores, para no alterar su comportamiento natural.
Durante los primeros meses de vida de Maya e Inca, Ayala y De Arrigo se encargaron de alimentar a los pollos. Para cumplir tal misión, ambos tenían que vestirse de negro desde los pies hasta la cabeza. “En las manos teníamos títeres que asemejaban a la cabeza de cóndores para darles la comida”.
También fueron ellos quienes instruyeron a las aves jóvenes sobre cómo surcar los aires. El deportista Angelo De Arrigo fue el encargado de introducir a los pichones en esta actividad, gracias a su experiencia con el parapente.
“Hasta el momento de su muerte, en marzo del año pasado, De Arrigo volaba en parapente junto a Maya e Inca”, recuerda Ayala.
El proceso fue lento, con grandes éxitos y, también errores. La alimentación, por ejemplo, fue problemática, probando distintos tipos de carne en varios estados.
“Tuvimos que experimentar con la comida. Pero, rápidamente descubrimos que el cóndor tiene un sistema digestivo muy potente, que lo hace inmune a casi todo. Les hemos dado hígados con faciola hepática y otro tipo de carne infectada con quistes y otras enfermedades que pueden transmitirse al ser humano”, asegura Ayala, quien fue asesorado en esta etapa por varios médicos.
Basurero ecológico
Esta es una de las características que hacen del cóndor un eslabón clave de la cadena alimenticia en los Andes: se encarga de eliminar los restos de animales muertos y corta, al comer los cadáveres de especies enfermas, los ciclos de infecciones que pueden afectar a otras especies, como el hombre.
El cóndor es una especie carroñera. Toda su estructura anatómica está diseñada a cumplir con esta función. Sus sentidos más agudos son la vista y el olfato, es una de las pocas especies de aves con una nariz tan experta, que le permite detectar carne en descomposición desde largas distancias, como pudo comprobar Ayala cuando dejó volar libremente a Maya e Inca: “Puse una bandera roja cerca de sus cajas. Ellos, aunque estaban tan lejos que apenas se los veía, volvieron rápidamente”, recuerda Ayala con una sonrisa.
Maya e Inca vuelan, actualmente, en las ruinas de Sacsayhuaman, cerca al Cusco, donde son utilizados por el ingeniero Ayala en el área de educación, explicando las características del cóndor a los pobladores de la zona y a los turistas.
“Una de las principales causas de la muerte de cóndores es la creencia de los pobladores andinos que consideran que esta ave se lleva a sus animales”, reclama Ayala.
Nada más lejos de la verdad. El cóndor, pese a su apariencia amenazadora, no es un ave de presa. Es más, sus patas carecen de la fuerza necesaria para levantar un animal y sus garras no son tales, son simples uñas. “Se parecen más a las patas de una gallina que a las de un halcón”, asegura.
Una especie en peligro
El hombre es el principal depredador del cóndor. Los motivos que impulsan al ser humano a cazar al ave carroñera van desde el miedo a perder animales de granja, hasta las actividades culturales.
Una de éstas es la Yawar Fiesta, donde los miembros de una comunidad capturan un cóndor vivo para que se enfrente a un toro.
“Incluso si el cóndor sobrevive, los comunarios lo emborrachan después como celebración, lo que generalmente implica la muerte del animal al estrellarse contra las rocas en el vuelo”, afirma Ayala.
También sus plumas son muy cotizadas para diferentes danzas y actividades folklóricas, tanto en Bolivia como en Perú y Ecuador. “Y lo peor de todo es que las autoridades no hacen nada. Para ellos, todo se resume a cifras y no consideran que el cóndor se concentra en zonas cada vez más pequeñas. Es más, algunas veces, cuando hago trabajos con Maya e Inca, me preguntan si tengo permiso para tener a los cóndores conmigo”, reclama Ayala.
Además, los animales tienen que enfrentarse a sus enemigos naturales, las aves falconiformes de diversos tipos y tamaños, las cuales sí tienen garras y se alimentan de los cóndores cuando éstos tiene la mala suerte de entrar en el territorio de estos depredadores.
Para colmo, los ganaderos dejan pocos animales muertos, lo cual obliga a los cóndores a recorrer mayores distancias en busca de comida. “El hábitat del cóndor está determinado por el alimento que encuentra. Por ello no es extraño ver estas aves en la costa peruana”, explica.
Todos estos problemas fueron los que inspiraron a un italiano y un peruano a unir fuerzas buscando la forma de proteger a los grandes carroñeros andinos.
El primer paso ya se dio. Ahora Ayala trata de continuar las labores que comenzó junto a Angelo De Arrigo, buscando la manera de construir centros de conservación de cóndores en Perú y Bolivia para salvar a este símbolo de libertad.