De estos profesionales depende la seguridad de las aeronaves que utiliza la Fuerza Aérea Boliviana. La primera promoción de mujeres engrosa sus filas desde este año. El 8 de julio conmemoraron su día.
Texto: Brenda Romero Doria Medina • Fotos: Pedro Laguna y Miguel Carrasco
Tenía 15 años cuando fue a la Guerra del Chaco. En mayo de 1932 se había incorporado como alumno mecánico de la Escuela Militar de Aviación, pero al entrar en la campaña aún no sabía nada de aviones. Actualmente, el capitán Carlos Paredes Loza es, a sus 90 años de edad, el único sobreviviente de la Fuerza Aérea que peleó contra Paraguay.
La Escuela estaba en El Alto (La Paz) cuando Paredes ingresó. De allí fue enviado hasta Villamontes, lugar donde se hacía mantenimiento a los aviones de guerra.
Entre disparos y bombardeos, pero guiado por mecánicos más experimentados, aprendió a reparar aviones, principalmente motores.
Con tres meses de experiencia en la reparación y el uso de ametralladoras desde el avión en vuelo, fue destinado al Fortín Muñoz, el puesto más avanzado de la Fuerza Aérea. Ahí le nombraron mecánico de primera categoría y le ascendieron a sargento. Debía encargarse del mantenimiento de un Curtiss Hawk de caza que era piloteado por el teniente Emilio Beltrán.
Los mecánicos casi no descansaban, pues los aviones tenían hasta 10 salidas por día; las inspecciones al armamento y a la máquina debían ser minuciosas. Tal era el cuidado y la preocupación por el funcionamiento de los aviones, que en una ocasión dejaron que vientos huracanados se lleven la carpa que los alojaba por correr a asegurarse de que los aviones no se dañen.
Quince mecánicos de aviación participaron de la Guerra del Chaco, entre ellos Paredes y José Max Ardiles. Este último murió en combate (febrero de 1933) junto con el piloto teniente Arturo Valle. Su aeronave se estrelló en territorio paraguayo al ser derribada por la artillería antiaérea enemiga en el sector del Fortín Toledo.
El suboficial Ramiro Molina Alanes, historiador de la Fuerza Aérea Boliviana (FAB) y académico de número de la Academia Boliviana de Historia Militar, cuenta que en homenaje a José Max Ardiles, cada 8 de julio (día de su nacimiento) se celebra el Día del Técnico Aeronáutico. El politécnico donde se forman esos profesionales, en Cochabamba, también lleva su nombre. Cincuenta promociones salieron del Politécnico; el año pasado hubo una especial: la primera de mujeres.
De las treinta graduadas, tres trabajan en el hangar del TAM (Transporte Aéreo Militar), una está en la parte administrativa y dos reparan los aviones junto a sus camaradas.
Entrar a ese hangar es como introducirse, por voluntad propia, en la boca abierta de un monstruo y, a diferencia de un taller mecánico de vehículos, muchas de las herramientas vienen en tamaño extra grande. La gata, por ejemplo, mide más de dos metros y los repuestos no pueden ser comprados en cualquier tienda o puesto, pues valen varias decenas de dólares.
De acuerdo a la especialidad, cada aerotécnico es destinado a una tarea afín. La sargento inicial María Eugenia Quispe (21), por ejemplo, inspecciona las hélices de los aviones Fokker y del Convair, que realizan vuelos comerciales entre varias regiones del país.
Antes de ejercer su profesión, María Eugenia sólo podía soñar con abordar un avión. “Mi primera vez fue este año, tenía miedo, pánico, pensaba que debía amarrarme al asiento”. Ahora, la sargento perdió la cuenta de las veces que ha sobrevolado territorio boliviano. Además de su trabajo como técnica, es asistente de vuelo (parte de un curso) de los aviones del TAM, que “no es trabajo fácil” porque hay gente que se desespera en el aire o niños que lloran porque no aguantan el ruido de los motores.
Esta cochabambina vestida con el uniforme de los técnicos, un overol y una chamarra, está poniendo en práctica todo lo que aprendió en teoría y dice que su profesión incluye “el amor por los fierros”.
La trilogía en la Fuerza Aérea es la máquina, el piloto y el técnico, si uno falta nada funciona, dice el comandante del escuadrón de mantenimiento del TAM o Grupo Aéreo 71, coronel Wálter Iriarte Céspedes. Los 82 aerotécnicos cumplen diferentes funciones. En el hangar de El Alto hay cinco aeronaves; dos no realizan vuelos porque necesitan de repuestos.
Hay diferentes tipos de inspecciones a las aeronaves, como las de pre y posvuelo que son rutinarias y se basan en los reportes que brindan los ingenieros de vuelo.
A diferencia de los aviones de entrenamiento, los de transporte de pasajeros y carga tienen, además del piloto y el copiloto, al ingeniero y al asistente de vuelo. El suboficial inicial René Gómez es técnico aeronáutico e ingeniero de vuelo —o tercer tripulante— del TAM. Explica que su tarea es mantener en óptimas condiciones a la nave mientras está operando.
En los seis años que lleva volando en diferentes aeronaves, no vivió ninguna situación de riesgo y agradece a Dios por ello.
Dos cosas se le han quedado en la memoria. Una, cuando Carlos Mesa, como vicepresidente de Bolivia, se fue a sentar a la cabina para conversar con la tripulación, y otra, cuando llevaron a ´la Sole, la cantante argentina, de Santa Cruz a Tarija, y resultó ser más pequeña de como la imaginaba´.
El suboficial mayor Édgar Lima Crespo, jefe de mantenimiento del Escuadrón especializado del Grupo Aéreo de Caza (GAC 31), sonríe y prefiere no mencionar los nombres de los mandatarios que no saludaban al subirse al avión presidencial, pero sí recuerda a dos que fueron carismáticos y amables con el personal: Jaime Paz Zamora y el actual presidente Evo Morales Ayma.
Lima trabajó con cuatro o cinco presidentes y el único que no puso un pie en la nave fue Gonzalo Sánchez de Lozada, “que alquilaba su aeronave personal a la Presidencia”.
De Morales dice que es una persona humilde y se acomoda a lo que hay, pues el avión no tiene azafata. Paz Zamora “conocía por los nombres a toda la tripulación”. “Ahora somos parte de la familia del actual Presidente, nos conoce individualmente, siempre está bromeando, eso es importante para que nuestro trabajo se desarrolle con la máxima eficiencia”.
El empeño que los aerotécnicos le ponen al avión presidencial es el mismo que para cualquier aeronave. La responsabilidad que recae sobre cada uno de ellos es pesada, pues de su trabajo depende la vida de los que emprenden vuelo.
En el GAC 31 hay 35 técnicos que cumplen diferentes funciones. Hay mantenimientos preventivos o inspecciones visuales y los de campo que son más amplios y se los realiza de acuerdo a la cantidad de horas de vuelo de las naves. Por ejemplo, el avión presidencial tiene una inspección de campo cada 150 horas de viaje, la que puede darse cada dos o tres meses.
Los aviones que el GAC inspecciona son los de combate y los ejecutivos que son usados por las autoridades de gobierno.
El suboficial Lima coincide con los sargentos Santos Fernández, Pablo Quisbert y Robert Huañapaco, y con todos los entrevistados, en que ser técnico de aviación es, más que una profesión, una pasión y una gran responsabilidad.
La mayoría de los técnicos va al exterior a continuar estudios para especializarse en la reparación de aviones o motores específicos.
Fernández, Quisbert y Huañapaco están a cargo de los T-33, aviones de entrenamiento antiguos que ya no se construyen en el exterior. Lima explica que el límite de vida de estas máquinas fue sobrepasado. Pero se les ha dado un margen para que sigan volando con la seguridad necesaria, cuidando de la zona caliente de los motores que es la más crítica.
En la Fuerza Aérea Boliviana, los medios son limitados y los esfuerzos de los médicos de aviones deben extremarse a fin de que las naves sigan surcando el aire.
Los aerotécnicos esperan ansiosos un nuevo reto: la llegada de 10 aeronaves que necesitarán mantenimiento, reparación, gasolina y muchos otros cuidados que solamente ellos pueden ofrecer.