: “A Kiko, hombrecito terrible, cómo extrañamos tus eructos en los descansos, cómo nos reímos aquel jueves con el cuento del pirata...” Dedico y agradezco. Los CD, o cedés, o como dicen los que se precian de hablar inglés, los sidís, han traído muchas ventajas pero una pequeña peste. Se trata de un nuevo género literario que depara cursilería sin límites: el de las dedicatorias y agradecimientos.
Supongo que se inspiran en los autores de libros, muchos de los cuales dedican sus obras y agradecen la colaboración de quienes ayudaron en el proceso de edición. Es de buen gusto que dedicatorias y agradecimientos bibliográficos sean parcos, breves y concretos. En los libros en inglés, no sé por qué, casi todos los autores, incluso obispos y solterones reconocidos, terminan agradeciendo “el infatigable trabajo de mi adorable esposa, que pasó a limpio y corrigió los originales”.
De vez en cuando, sobre todo en tesis de grado, uno se topa el resbalón cursi. Cosas como “Para mi padre y mi madre, que no sólo me dieron el ser, sino que, con su apoyo, su fatiga y sus lágrimas, me han permitido ser un hombre (o una mujer) de bien”.
La posibilidad de publicar un CD con librillo anexo ha abierto las puertas para que cantantes, músicos y artistas en general se lancen, a descargar toneladas de agradecimientos en las páginas del cuaderno. Son párrafos que suelen destilar sentimentalismo, emociones domésticas recónditas, homenajes al Amor, a la Amistad, a la Familia…
Es de buena educación agradecer. Pero ocurre que los renglones de reconocimiento están empapados en un desborde emocional que deberían volcar ante el micrófono y no ante el papel.
A la literatura de este género mínimo basta un parco léxico. En él se repiten hasta el cansancio términos como “energía”, “amor”, “alegría”, “vitalidad”, “amistad”, “hermoso”, “sueño”, “ilusión” y “compartir”. En fin: palabras bonitas, conceptos humanos, sentimientos vertidos en letras…
Además, el elenco de merecedores de gratitudes parece no tener fin. Hay que pasar, por supuesto, por el productor del disco y por todos y cada uno de los músicos. Sobra espacio para agregar menciones a los técnicos del estudio, papá y mamá, hermanos, alguna abuela o abuelo, novias y novios, amigos, el sobrino discapacitado, el personal de seguridad y el de aseo.
Otra característica es que los agradecimientos deben ser públicos, pero en tono íntimo y con claves personales. Por ejemplo, en los agradecimientos del disco de una cantante que conozco leo estas dos frases: “A Jaimito por sus trasnochadas” y “a Roberto por darnos candela”.
Si a la atmósfera de mensaje críptico se le mezclan aportes trascendentes, estamos ante una obra típica. Por ejemplo: “A Kiko, hombrecito terrible, cómo extrañamos tus eructos en los descansos, cómo nos reímos aquel jueves con el cuento del pirata con la pata de mármol: tú fuiste la luz que iluminó nuestro amor al mundo en las jornadas de mucho arte y mucha energía, y además tocabas las maracas como nadie”.
¿Ustedes se imaginan si el periodismo incurriera en iguales tonterías que de las parrafadas de agradecimientos de los CD o cedés? Yo, por ejemplo, tendría que escribir, al final de esta columna, algo del siguiente tenor: “A mi mamá y mi papá, que creyeron en mí como escritor y me regalaron un cuaderno en blanco al cumplir cinco añitos: ¿te acuerdas, mamita, de aquel cuaderno que compramos en el almacén del señor Camacho? A mis hermanos Yulian, Yéferi y Yaffrey, ja-já, gracias por haber oído pasito la televisión mientras yo escribía esta columna. A Mamá chuchita, mi abuelita preferida (la otra murió antes de que yo naciera), que me hiciste sentir un nieto importante con tu sopa de acelgas. A ti, Menena, a tu amor sin horizonte, tu alegría peregne (no escribirá “perenne” sino “peregne”) y tu júbilo maravilloso: ¿cuándo volvemos a hacer coshitas? Al Rudo Guzmán, que toca la guitarra como nadie, pero no en este disco. A Dios Padre Todopoderoso, mi amigo, mi guía, mi sueño. Haz que se venda el disco, Señor. Nos vemos en el cielo, chévere…”.
*Daniel Samper P. es periodista.
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