La pregunta esencial en el país hoy es si vamos hacia la construcción de una nación en la pluralidad de sus visiones de culturas y de pueblos, sobre sus tradiciones, su pasado, sus lenguas, sus miradas de Dios (es) y sus concepciones de convivencia, o si por el contrario, vamos por el camino de la profundización de las diferencias basados en la reafirmación de esas diferencias en el desprecio y el rencor.
Lo primero que debemos hacer para comprender esta historia es que el país arrastra por siglos una visión de sí mismo que es un conjunto de complejos, taras, autoflagelación y sentimiento de derrota, porque nunca ha sido capaz de mirar atrás con los ojos abiertos, para leer que los milenios que lo hicieron, como en toda sociedad, lo hicieron a partir de la confrontación y la violencia, igual que a partir de la construcción y la agregación. La cultura boliviana o las culturas bolivianas, como se prefiera, son el producto de ese tránsito en el que la violencia ha jugado un papel protagónico, ni mejor ni peor, ni más dramático que el de la mayor parte de las culturas humanas. Todo choque de civilizaciones ha sido terrible y ha dejado marcas de brutalidad e injusticia, pero todo choque (o cruce, o encuentro) tarde o temprano construye, ese es un sino ineluctable.
Precisamente esa lectura equivocada y esa ´convivencia´ basada en el desprecio y la exclusión y en el odio y la revancha, ha dejado una profunda secuela de racismo. Es sobre la realidad de una sociedad racista, en la que una minoría creyó (y muchos aún creen) que la entonces mayoría indígena era un lastre para su desarrollo y su crecimiento, y a la vez no tuvo el menor empacho en vivir de su explotación, expoliación de tierras y tributo.
El salto más importante de nuestra historia para romper esa lacra fue sin duda la Revolución de 1952, complementada por las reformas constitucionales, la participación popular y la reforma educativa bilingüe e intercultural de los noventa. Pero a todas luces ninguno de esos procesos fue suficiente. El racismo está enraizado de modo brutal en nuestra sociedad. Estamos enfermos de ese mal por una historia mal aprendida y peor enseñada. Enfermos de nuestros complejos, enfermos de desigualdad y de broncas contenidas. Por eso buscamos caminos de salida a través de una serie de acontecimientos terribles (2000-2003), que dieron lugar a un proceso de cambio muy profundo.
Quienes pensamos que respondiendo a la demanda popular de la escritura de un nuevo pacto social, encontraríamos finalmente la respuesta a tantas negaciones, partimos de la premisa de que el secreto era escribir juntos un texto que recogiera todo nuestro pasado, no fragmentos de él, no visiones excluyentes otra vez, no partes en las que se profundiza lo diferente y se ahoga lo igual. Somos distintos, sí, pero también somos iguales. Si no combinamos diferencia y unidad, elementos distintivos de culturas diferentes y elementos distintivos de una cultura común, no tiene ningún sentido seguir trabajando la idea de un país que, en esa lógica, se parece cada vez más a una entelequia tribalizada que a un Estado Nacional.
Para ello, quien ha llegado al poder representando a los excluidos de siempre, no puede seguir insistiendo en un discurso (mil discursos) en los que está ausente la idea de la mano tendida. No es sobre el rencor acumulado por siglos, ni sobre la visión maniquea de un mundo de buenos y malos, que se puede escribir la filosofía que dé sentido a una nación. La responsabilidad (la mayor de todas) es de quien gobierna hoy por todo lo que simboliza, porque él puede hacer lo que muchos otros no pudimos porque no contábamos con los atributos indispensables para lograrlo, la representación simbólica de la mayoría, de los excluidos.
La lección del odio debiera ser respondida con generosidad, no una generosidad basada en una bondad idealizada como principio per se (que no estaría demás en la política, por cierto), sino a partir de una conciencia del tiempo que se vive, de las responsabilidades que se tienen y sobre todo de la oportunidad extraordinaria de construir el futuro juntos, todos.
Sólo a partir de la certeza de que la diversidad no niega la construcción de una cultura de todos (en la que están todos los pueblos, todas las culturas, todas las lenguas, todas las religiones, todas las ideologías, todos los espacios geográficos y, sobre todo, todas las pieles), podremos sentirnos parte de un todo.
Lo que ahora está ocurriendo es que cada vez somos más conscientes de las partes, de lo que nos separa. Reivindicamos esas partes con pasiones irracionales y profundizamos diferencias. Cada vez nos sentimos más lejos el uno del otro, porque quien nos gobierna no entiende que a él le toca convocarnos, a él le toca recuperar la construcción de este hogar común tan difícilmente preservado de todos los avatares de la debilidad intrínseca en la que fuimos creados hace poco menos de dos siglos, prescin- diendo entonces (1825), de los milenios que nos hicieron lo que somos. Hay que releerlo todo, sin exclusión de un solo día de todos esos siglos, tuviesen el signo que tuviesen.
La urgencia de hoy no es sólo escribir una nueva Constitución que nos represente a todos y que nos coloque a todos en plano de igualdad, sobre la historia indígena y occidental del país, sobre las culturas que han hecho un gran mestizaje (que no se puede negar ni descuartizar, a pesar de los esfuerzos inútiles por lograrlo), sino especialmente en la demostración de que hay una razón indisoluble e indiscutible que justifica el vivir en comunidad en esta geografía excepcional, lado a lado, construyendo juntos el futuro, bajo una sola bandera, sin miedo a las autonomías (departamentales, municipales o indígenas), sin miedo a reconocer nuestras riquezas como patrimonio de todos (en igualdad para todos), sin miedo a recordar una historia común, orgullosos de lo que somos y seguros de lo que seremos.
Abrir la mano y hacer que todos nos sintamos representados, no es tan difícil. Quien gobierna debe ayudarnos a derrotar la lacra del racismo, no a profundizarla.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
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