A 17 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra, uno de los sitios turísticos más importantes del departamento seduce con su riqueza natural a turistas locales, extranjeros e investigadores.
Texto: Miguel Vargas Saldías • Fotos: Rodrigo Urzagasti
Llega el surazo. El calorcito que caracteriza a Santa Cruz se ha tornado en un gélido abrazo húmedo que besa los huesos. Los nubarrones grises vigilan el entorno. Todo indica que se trata del peor día para incursionar en el terreno, pero la tripulación de un coche no se da por vencida y empieza un recorrido de 17 kilómetros desde el centro cruceño rumbo a uno de los sitios turísticos más importantes del departamento: el Parque Regional Lomas de Arena, Área Natural de Manejo Integrado.
El fotógrafo Rodrigo Urzagasti empina la cámara. El motivo de esta incursión no es la meramente paisajística. ´Es un lugar paradisíaco, es perfecto para pasar el día capturando imágenes´, replica.
El día parece tener otra opinión. Las nubes, con aspiraciones de tormenta, cubren oscuras al sol mientras el automóvil avanza por un camino de tierra que levanta polvareda entre casas sencillas y se desvía de la ruta que se dirige hasta la cárcel de Palmasola.
´¿Están seguros de que desean ingresar?´, pregunta el salvaparques en la puerta de ingreso al área. ´Son todavía siete kilómetros para llegar hasta las dunas de arena y varios coches se han quedado atrapados en la arena. Hemos tenido que ir a rescatarlos´.
Un dilema. El conductor del coche alquilado permanece renuente a tomar cualquier decisión y con su silencio pasa la responsabilidad a los otros tres miembros de la tripulación. ´Si hay que empujar, empujamos´, se escucha desde el fondo. ´No nos podemos ir sin ver las dunas´, suelta otra voz.
El guardaparques mira dentro del coche y menea lentamente la cabeza. ´Si necesitan ayuda, estamos para servirlos´, explica, mientras entrega los tickets para el ingreso a este misterioso entorno.
Suspiros del arenal
El día continúa molesto con la audacia de la expedición y lo expresa con un viento intenso. Si bien se trata de un lugar destinado a la visita regular de turistas, familias y grupos de amigos que desean pasear por los espejos de agua y jugar con la arena, el ingreso está restringido para que pasen sólo vehículos de doble tracción, pues una de las decisiones de los responsables del área es el mantener el acceso natural para no atentar con las distintas especies de flora y fauna que se albergan allí.
La arena ya está presente desde los primeros metros en que se ingresa en el parque. Para cualquier eventualidad, el lugar cuenta con seis guardaparques que realizan los controles respectivos en dos puntos para evitar daños al ecosistema y colaborar al turista. El Centro de Ecología Aplicada, de la Fundación Simón I. Patiño, es el responsable de esta área.
La vegetación persiste allí a pesar de la aparente ausencia de agua. ´En la temporada de lluvias, el ingreso es mucho más complicado. El invierno es la mejor época para entrar´, explica el chofer que ha realizado varias veces este mismo recorrido. Según él, el aspecto del lugar cambia todo el tiempo gracias al impulso del viento, la presencia de animales y los viajes de la arena; es decir, de acuerdo a los caprichos de la naturaleza.
El fotógrafo pide detenerse en varios tramos antes de llegar a las dunas. Una serie de insectos, como alejados del tiempo, recorren lentamente montañas de arena diseñadas a su escala hasta algún arbusto que no ha perdido el verdor.
Al detenerse el coche, sólo el viento se permite silbar mientras la solemnidad del momento se complementa con perspectivas interminables. Las aves empiezan a surcar los cielos grises y, casi tímidas, sueltan uno de sus cantos.
Las lomas son un sitio de descanso obligatorio para más de un centenar de especies de aves que cruzan continentes en sus periódicos vuelos migratorios. Ya cerca de las lagunas, por ejemplo, las garzas se permiten retozar y limpiar sus plumajes, mientras que los socoris, parientes locales del avestruz, recorren a increíbles velocidades sus parajes. Sin embargo, la profusión de aves es más habitual en el verano. En invierno, el paisaje se torna más bien tranquilo.
Las aves no son los únicos animales que respiran en los alrededores. Si se estudia la zona con atención y se tiene el tiempo y la paciencia para poder observarlos, quizá se pueda uno topar con los jochis, tatúes, urinas y guasos.
La vegetación también es muy rica. Flores exóticas y plantas que aparentan no necesitar el líquido elemento hacen que los biólogos también tengan en este sitio un oasis para la investigación. Son 13.454 hectáreas las se abren a todos los visitantes del paraíso.
En el país de los sueños
La tarde avanza y las dunas de arena blanca se dejan ver en todo su esplendor. Se detiene el motor y el espectáculo visual atrapa al fotógrafo, quien se agacha, se tumba en el suelo, se acerca a las lagunas o persigue algún insecto de tenazas. El resto queda embelesado y abre los pulmones para respirar.
A esas alturas, el día ya se resigna y deja marchar a las nubes grises para entregar un sol radiante. El viento destiende ligeras sábanas de arena, se arremolina o marca la marea. Cada uno de los pasos que queda marcado desaparecerá de la misma manera, en un eterno reconstruir del espacio.
La expresión anterior no es poesía. Las dunas se desplazan unos 40 metros cada año, por lo que se hace necesaria la reforestación de estos espacios con plantines para evitar el avance de la erosión en los suelos. Las partículas de arena llegan desde el norte; son viajeras originarias de las orillas del río Piraí empujadas por la erosión.
También por este motivo, las lagunas aparecen y desaparecen en intervalos no tan largos de tiempo. A su paso dejan aquellas huellas que marcan sus caminos y que otorgan al parque esas imágenes que parecen sacadas de un Dalí.
La tarde empieza a teñir las cristalinas lagunas de colores. Mientras el fotógrafo continúa con sus maniobras para aprovechar toda la luz posible, la experiencia del chofer marca la hora de marcharse. Los tripulantes, que se dejaron seducir por cada paisaje, retornan al coche para abrigarse un poco, ya que el surazo no ha dejado de castigar ni siquiera en este paraíso.
El coche avanza un par de minutos y, de pronto, se detiene. Al parecer, la arena se ha encariñado con las llantas. Nada que un experimentado conductor y los brazos de los pasajeros no puedan superar. ´Les dije que tendríamos que empujar´, ríe una voz.
El viaje culmina, pero las imágenes aún permanecen en las cuatro cabezas. Una decena de hectáreas cubiertas sólo de lagunas y dunas que se alzan sobre los 12 metros de altura son para impresionar a cualquiera y firmar en el corazón el compromiso de regresar.