¿Por qué se plagia? Para pasar por quien no se es. En algunos casos, este acto de transformación tiene motivaciones pecuniarias, pero generalmente responde al mismo deseo de fingimiento del cantante de karaoke: vivir, por unos momentos, la ilusión de ser Sinatra. Ser por tanto un instante Sinatra, por lo menos ante los ojos idealizadores de uno mismo.
El plagiador hace una suerte de fonomímica: pone a tocar la canción de otro, la que nunca podrá interpretar, y gesticula para que el público más cercano, que es el que cuenta, crea en él. Tal es su necesidad desgarradora: la aprobación, el aplauso… A mí, la fonomímica, más que ira, me ha producido dolor. El asunto de Vainilla Ice fue, en mi opinión, sencillamente para echarse a llorar.
He conocido a algunos plagiadores. También a personas indignadas que querían sus cabezas y convertían el obvio delito que es copiar (y no digo lo contrario) en una ocasión para mostrar su propia superioridad moral. La verdad es que los primeros me resultan más simpáticos: prefiero los que pecan por vanidad a los que lo hacen por odio. Podemos sancionar al delincuente, pero, ¿estamos en condiciones de juzgar sus motivos? Leamos, por ejemplo, una novela de Tobías Wolf, Vieja escuela (Alfaguara). Cuenta la historia de un estudiante de clase media becado en un exclusivo ´college´ norteamericano. Tan exclusivo que organizaba concursos literarios y daba a los ganadores la oportunidad de cenar con los más importantes escritores del momento. Un premio que, quién lo diría, ponía a delirar a los muchachos. Sobre todo al protagonista de la novela, que consumía la mayor parte de sus energías en imitar a sus aristocráticos condiscípulos. Cuando supo que el siguiente premio sería Hemingway, se la pasó semanas enteras encerrado tratando de escribir un relato que le permitiera ganar. Desechaba uno tras otro, porque sabía que ninguno era auténtico. Antes no había tenido problemas en presentar escritos que no lo fueran, pero tratándose de Hemingway… Al final, casi vencido, se puso a leer viejas revistas estudiantiles y, en una edición de muchos años antes, lo encontró. Se trataba de un cuento sobre un estudiante pobre rodeado de jóvenes ricos a los que debía adular para conservar como ´amigos´. Auténticamente él. De modo que copió el texto, le puso su nombre y lo presentó. Ni siquiera reparó en que eso no era jugar limpio. Ganó sin que, extrañamente, lo afectara la impresión causada por lo autobiográfico del relato. Luego lo pescaron y expulsaron. Pese a ello, la experiencia le permitió convertirse, al cabo de los años, en el escritor que no habría sido si, a través de un plagio, no hubiera revelado al ser humano que realmente era.
*Fernando Molina es periodista y escritor, pertenece a www.columnistas.net
La farsa constituyente
Un teatro como el Gran Mariscal de Sucre se constituye en el escenario más apropiado para la ópera bufa que allí se desarrolla mientras los cotidianos tumultos gobiernan las regiones y el país con el despotismo de la turba.
El meollo
Durante todo el proceso constituyente fui un convencido de que al final del día se iban a imponer los propósitos de reconstitución del pacto social a las naturales intemperancias y antagonismos con que iniciamos el camino.