Durante todo el proceso constituyente fui un convencido de que al final del día se iban a imponer los propósitos de reconstitución del pacto social a las naturales intemperancias y antagonismos con que iniciamos el camino. Siempre creí que, más allá de las declaraciones efectistas y ruido de cuchillos, la conciencia nacional se impondría a la pulsión de la exclusión y la violencia. A pesar de las señales en contrario, mantuve la esperanza en la congregación nacional y su concreción en un nuevo contrato social.
Mi pronóstico era que el país mayoritario, el que quiere paz, trabajo, justicia, igualdad y libertad, el país que repudia la beligerancia, el desempleo, la injusticia, la desigualdad y el autoritarismo; el país positivo, el país de las ciudadanas y los ciudadanos iba a ganar esta batalla definitiva. Y así ha venido sucediendo hasta ahora, pero nos enfrentamos, en el momento final, a un escollo monumental, un factor que nos resistimos aceptar, pero que ahora aparece como la nube más negra en el horizonte.
La comisión de la Asamblea Constituyente encargada de la propuesta sobre el Poder Ejecutivo ha decidido, a última hora, en el minuto noventa dirían los comentaristas deportivos, insertar en el informe por mayoría la reelección presidencial indefinida… un verdadero baldazo de agua fría para quienes creíamos que el consenso estaba cerca.
Esta decisión asumida por la mayoría entorpece de manera sustantiva el debate constituyente y rebaja el nivel de la discusión a la estrechez de la circunstancia. Allí se ve la hilacha de grupos muy cortos de miras que no entienden la magnitud de su participación histórica. Ya René Zavaleta nos había advertido que hay circunstancias históricas demasiado grandes que protagonizan hombres muy pequeños. Adicionalmente, la oposición irracional, aquella que ha decidido hace tiempo que es mejor el holocausto a permitir que la Asamblea Constituyente concluya sus tareas, se estará frotando las manos. Ahora sí tendrán el argumento para menospreciar el cónclave de la unidad nacional. Nos refregarán en el rostro que la Constituyente ´siempre fue un instrumento para la perpetuación en el Gobierno del actual titular del Ejecutivo´ y
nada más… un simple y vulgar expediente de la más burda politiquería tradicional.
La reelección presidencial en sí misma no es buena ni mala, aunque no conozco una legislación democrática en la que se establezca la reelección indefinida ´todas las veces que el pueblo quiera´. Donde existe la reelección presidencial inmediata (en nuestra Constitución vigente hay la reelección discontinua por una sola vez), generalmente sólo está permitida por una vez y en casos muy contados por dos. Pero sin duda, la discusión no es ni será académica o técnica a este respecto y los argumentos se polarizarán en función de los afectos o desafectos respecto del actual gobernante.
Hemos llegado al meollo del asunto. Por un lado es una verdadera pena que el debate final de la Asamblea Constituyente se concentre en un tema tan coyuntural y pedestre, pero por otro estamos ante la oportunidad de oro, inequívoca, para que las partes demuestren su patriotismo y su grandeza.
Permítanme soñar despierto y anhelar que la mayoría en la Asamblea Constituyente pare mientes a sus detractores y vuelva sobre su decisión sobre la reelección presidencial y venza el (¡ojalá!) último escollo para la culminación exitosa de las deliberaciones.
*Ricardo Paz Ballivián es sociólogo y constitucionalista.
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