No se había visto nunca que en momentos en que concurren circunstancias económicas favorables para un país, tales como el aumento de ingresos —momentáneo aunque no duradero si no hay más inversiones— por la nacionalización de los hidrocarburos, los buenos precios de los minerales —mientras no se los esterilice con impuestos corrosivos—, el país no sea capaz de acelerar la marcha hacia huertos más feraces que los actuales. Esta paradoja no tiene más que una respuesta: incapacidad. Parte de la incapacidad es evadir las propias responsabilidades y echar la culpa de los tropiezos al empedrado, es decir, a otro cualquiera. El Gobierno atribuye el estancamiento económico a la empresa privada que no invierte. Los empresarios lo achacan a que el Gobierno no garantiza la seguridad necesaria y deja que proliferen conflictos sociales por todas partes. Y sin un mínimo de tranquilidad pública, nadie arriesga un centavo. Es más, incluso el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han advertido elegantemente al Gobierno de La Paz por no saber aprovechar la coyuntura económica bonancible y le ha dado prudentes consejos.
Por si esto fuera poco, los ideólogos que mandan decidieron rechazar las ventajas ofrecidas por un Tratado de Libre Comercio con el principal importador, recurriendo a la apergaminada consigna de que el imperialismo nos explota. Y, para llenar el hueco, el Gobierno boliviano se subió al tren de vía estrecha llamado Alba, conformado por las tres grandes potencias económicas de América Latina, Bolivia, Cuba y Venezuela. Esta caricatura de alianza integradora, al cabo de un año de existencia, cerraba el ejercicio con cifras más propias de vendedora de tostadito para distraer al hambre. Habría que conceder el premio Nobel en economía a los genios “cantores del Alba” (por recordar a un conjunto musical más afortunado). Y ya que estamos puestos a darle la culpa “al otro”, digamos que la culpa la tienen también los que actúan en el circo de la Asamblea Constituyente que entretienen al respetable público con asuntos tan desorbitados como la “capitalidad plena”.
Uno de los eminentes economistas y ex presidente del Banco Central, Juan Antonio Morales, simplifica sus consejos sobre la paradoja económica que comentamos, en las siguientes principales recomendaciones: mayor confianza a la inversión en vez de espantarla, un fondo de estabilización para evitar que el tipo de cambio se sobrecargue, e invertir en infraestructura. El Fondo de Estabilización ya existe: sólo falta que se utilice para lo que fue creado y no para otros objetivos inapropiados. Como se ve, al Gobierno no le faltan buenos consejeros de economistas brillantes, sin compromisos partidistas y que sólo buscan poner su grano de arena en el empeño común de salvar al país del actual estancamiento económico, de las actuales tasas de desempleo, de la pobreza de muchos y, al fin, del descrédito entre los que deberíamos negociar activamente.
Todavía tengo confianza de que el Gobierno abra los ojos a la realidad, que no sueñe en teorías indigenistas caducadas, y que escuche a quienes buscan ayudarle. Cuestión de ideas claras y sentido común. No todo está perdido, mientras dure la bonanza internacional.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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