En materia de energía, el Brasil parece optar claramente por el autoabastecimiento, por el cual está dispuesto a cubrir costos...
La reciente aprobación de una licencia ambiental por parte de autoridades brasileñas para la construcción de las represas de Jiráu y San Antonio, en las grandes cachuelas del río Madera en la frontera con Bolivia, podría constituir una amenaza de muy severas consecuencias para nuestro país.
Se trata de dos gigantescos proyectos hidroeléctricos, capaces de producir 6.400 megawatts de electricidad para satisfacer la demanda de las ciudades e industrias del sur del Brasil. Es decir, serán capaces de generar más de seis veces el total de la actual demanda de electricidad de toda Bolivia que, en el presente año, no llegará a consumir 1.000 MW. La inversión para estos emprendimientos está presupuestada en 10.000 millones de dólares que, en el transcurso de su ejecución, muy probablemente serán incrementados.
Es muy posible que estas obras supongan impactos ambientales. En este campo, Bolivia tiene particular interés por conocer los estudios realizados y los efectos ambientales previsibles no solamente en el lugar de las mismas represas, sino particularmente aguas arriba de ellas, en territorio boliviano. Es posible que la superficie de los dos embalses no llegue a traspasar la frontera entre ambos países. No por ello dejan de existir serios riesgos en nuestro territorio.
Por ejemplo, por efecto de la sedimentación acumulada y otros factores, las represas podrían provocar una considerable reducción en la velocidad de las corrientes de los ríos del departamento del Beni. Esas llanuras son, como se sabe, de muy
escasa gradiente y suelos predominantemente arcillosos, por lo que el desborde anual de los ríos provoca inundaciones anuales de consideración variable. Éstas conforman un enorme lago que atraviesa lentamente todo ese espacio y drena en el Madera. Disminuir la velocidad de su desplazamiento significará prolongar el período de inundación, afectando tanto los ecosistemas naturales como los establecimientos agropecuarios del área, su infraestructura de comunicaciones y servicios y buena parte de sus centros poblados.
Pero los efectos de estas represas no se limitan al campo ambiental. Su construcción requerirá el concurso de gran cantidad de profesionales, técnicos, funcionarios y obreros del más diverso origen y condición que, muy probablemente, conformarán enormes “campamentos” que demandarán una amplia gama de servicios. Por seis o más años, se constituirán en centros de una muy activa y no siempre equitativa y sana vida económica y social. Difícilmente podrán evitar atraer a la frágil y dispersa población amazónica circundante que encontrará en ellos un peligroso y momentáneo alivio a su condición de pobreza. Los riesgos, especialmente para la niñez y la adolescencia, serán severos.
Sin embargo, es en el campo de la energía donde los efectos de las represas del Madera harán sentir su efecto sobre Bolivia. Como se ha indicado, la producción de las hidroeléctricas del Madera no será de uso local, sino que estará orientada principalmente a las ciudades del sur del Brasil, y entre éstas, la ciudad de Cuiabá. Actualmente, su provisión de electricidad se obtiene mediante una planta termoeléctrica alimentada con gas boliviano, con una capacidad total de 135 MW. Esta producción es ya claramente insuficiente. Los racionamientos de energía y el malestar de los usuarios han crecido insistentemente, generando presiones políticas. En los últimos meses, la ciudad de La Paz ha recibido la visita de autoridades, parlamentarios y políticos brasileños para tratar este asunto. Las negociaciones entre ambos países por incrementar volúmenes y precios de gas con ese destino (significativamente menores en relación a otros contratos de exportación de gas suscritos por el Estado boliviano, dicho sea al pasar) atraviesan por momentos álgidos que incrementan más aún la presión por lograr la autosuficiencia energética del área de Matto Groso y evitar lo que ellos consideran una inestable dependencia del gas boliviano.
Más allá del momento y en una escala más amplia, a los 10.000 millones de dólares destinados por el Gobierno brasileño a las mencionadas represas, debe añadirse otros tantos destinados a los programas de generación de biocombustibles, a los recursos para reflotar el proyecto de la central nuclear de Angra 3 para contar con 1.300 MW de energía adicional el año 2013 y para el programa de producción de uranio enriquecido para generar electricidad.
Es en este contexto en el que debemos comprender la construcción de las represas del Madera. En materia de energía, el Brasil parece optar claramente por el autoabastecimiento, por el cual está dispuesto a cubrir costos no solamente financieros, sino también ambientales y políticos. Su mismo rol en la región quizá deba entenderse en el marco de esta nueva prioridad. Bolivia debe adoptar sus previsiones, más allá de los impactos ambientales.
*Jorge Cortés es historiador.
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