Unas limaduras de acero discuten en torno a un imán. Lo hacen para definir si lo visitan o no; en medio de su discusión se acercan peligrosamente hasta él. Al final, la desesperación les gana, se agolpan y marchan unánimemente hasta el imán, hasta quedar todas pegadas a él. Éste sonríe, pues las ilusas limaduras piensan que ese encuentro es producto de su voluntad.
Una fábula corta, brevísima, de Borges y Bioy Casares, citando a Óscar Wilde a propósito del libre albedrío. Ironía de por medio, el relato no hace otra cosa que develar la ilusión de creer que se actúa fuera de todo libreto, cuando en realidad existen fuerzas mayores a las que no se puede eludir. De ninguna manera implica, por cierto, la negación de la posibilidad de definir caminos diferentes, pero ello podría lograrse siempre y cuando se reconozca que tal o cual fuerza existen en su real magnitud.
La política está llena de estas figuras. De hecho, se busca que la ilusión se expanda hasta alegrarnos de haber tomado uno u otro camino, cuando en realidad sólo existía uno. El secreto de los discursos y los eslóganes o consignas es justamente involucrar a la gente en ese embrollo hasta darles la sensación de que optaron por algo o de que sus representantes lo hicieron en nombre del “soberano” o del bien común.
¿Y si nos animamos a ponerles nombres a los imanes o a las limaduras? Si las limaduras son los intentos de la política gubernamental por no dejar que se incrementen los precios de algunos productos de la canasta familiar y el imán son los intereses de grupos empresariales que se beneficiaron de políticas de estabilización en el pasado, bajo el nombre de la responsabilidad y el miedo de la hiperinflación, podríamos dejar de aprovechar un ciclo favorable de crecimiento para generar empleo e inversión; claro, todo esto si es que se decide aplicar las tradicionales recetas de reducción de la masa monetaria que circula en el mercado o la reducción de la inversión.
El discurso anti o poscapitalista del Gobierno es quizás la representación más fuerte de la fábula en cuestión. Se dice permanentemente que se trascenderá al capitalismo caminando fuertemente hacia él, discutiendo sobre si se lo humaniza o se “etnitizan” sus beneficios o se modifica un modelo de desarrollo que lo apropie a nuestras latitudes. Pero la firmeza o dubitación de sus políticas buscan, voluntaria o involuntariamente, reafirmarlo. El imán, claro, no es la idea abstracta de capitalismo, sino los intereses que lo encarnan y le dan existencia real, con distintos rostros y colores, pero bajo un proceso de explotación y empobrecimiento continuo de la gente. Por si acaso, las limaduras no somos nosotros.
*Gustavo Luna es comunicador y trabaja en el CEDLA.
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