Ojalá la próxima Feria del Libro en La Paz ayude a leer obras y autores que han permanecido hasta ahora poco conocidos... Hace unos 15 años que no había vuelto a Lima. La he encontrado distinta y a la vez familiar. El smog, la bruma y la humedad invernal siguen idénticos envolviéndola sin descanso y las toallas aún no secan de un día para otro, en especial para la gente ganada, como Mafalda y yo, a la sensibilidad ecologista, poco dispuesta a cambiarlas después de su uso diario.
El centro de Lima que cantó Chabuca Granda: “Del puente a la Alameda menudo pie la lleva por la vereda…”, está más ceniciento, ajado y descolorido, con excepción de algunos edificios que como damas antañonas, buscando esconder los años, se pintan de colores vivos acentuando más bien el efecto contrario. Ha logrado deshacerse de la mayoría de los vendedores ambulantes que tanto afean otras ciudades del continente, dueños y emponderados, a decir de los antropólogos, de todas las calles. Quedan unos voceadores de tatuajes exhibiendo en los brazos la propaganda del trabajo que turistas y parejas esquivan con habilidad. Los viejos jirones de antes son uno de los lugares favoritos de las leyendas urbanas limeñas en las cuales caen las gentes normales, víctimas de atrocidades anormales.
El puente del Rimac, convertido en un universo de desolación y miseria, ya nadie lo cruza más con paso ligero. Los templos y los conventos, los balcones, hacia los cuales miran limeños nostálgicos de las tapadas, no han perdido la prestancia que hizo de la Ciudad de Pizarro, la capital orgullosa del virreinato de los dos Perús.
Cientos de barrios y distritos nuevos florecen alrededor de Lima la de antes, repletos de gigantescos centros comerciales, cines múltiples, teatros pequeños, restaurantes de comida internacional y peruana que conoce una acogida mundial parecida a la que tuvo la cocina thai en la década precedente, con sobrado gusto. Las actividades culturales han tomado vuelo: hay una oferta nada desdeñable de teatro, conciertos, ballets, exposiciones, conferencias, presentaciones de libros. Las librerías, un indicador de la salud intelectual de una ciudad, marchan bien, en despecho de la cantidad de ediciones truchas, bambas, como dicen por acá. Con políticas inteligentes de precios y selección de obras consiguen crecer al lado del mercado pirata.
Lima ha inaugurado su Feria del Libro donde participan una veintena de primeras figuras de las letras latinoamericanas y de otras regiones, entre los cuales se halla Edmundo Paz Soldán, quien presentará El Palacio Quemado, que entre nosotros fue recibida con críticas controversiales. La editorial boliviana Plural y el PIEB muestran una parte representativa de la producción de textos del país. Tampoco faltan las ahora imprescindibles obras de autoayuda y de filosofía de consolación terapéutica, que se venden como pan caliente. Está también anunciado para la primera semana de agosto un festival de cine latinoamericano.
Desgraciadamente en Bolivia, la producción literaria peruana ha permanecido, por la poca iniciativa de los libreros legales y los de textos truchos, anclada en los escritores de la época de los 60 y 70, principalmente en Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique, que hoy atraviesa por aguas tormentosas acusados de plagios sin fin. Las camadas de autores que maduraron después del boom, apenas son conocidos de algunos especialistas. Se trata de narradores, ensayistas, poetas salidos en su mayoría de las carreras de Literatura, pero que, a diferencia de lo que pasó en otras partes, la academia no les quitó la imaginación. Entre estos autores me vienen algunos nombres, sin ningún ánimo de ser exhaustivo: J. Eduardo Benavides, Enrique Planas, Iván Thays, Alonso Cueto. He comenzado a leerlos con placer.
Caí primero con El susurro de la mujer ballena de Cueto, que se presentará en la Feria del libro. El autor tiene ya una importante obra entre cuentos y novelas. Ha sido recompensado con varios premios en su país y en el extranjero. La hora azul (2005) ganó el premio de Herralde del año de su publicación y fue elegida por una casa editorial de China como la mejor novela del bienio 2004-2005 escrita en castellano.
En El susurro de la mujer ballena se sirve con maestría de un reencuentro “al azar” entre dos antiguas compañeras de colegio que reviven las ambigüedades de una relación de antes que quedó abruptamente cortada para construir una intriga mantenida página tras página entre los personajes. Los enredos del reencuentro los llevan a reflexionar sobre sus vidas en las cuales descubren la soledad, la inconclusión, más allá del éxito social, familiar, económico. Algunos con plena lucidez de lo que pasa, otros apenas lo sienten, incapaces de darle su verdadera dimensión.
Todos aparentemente logrados, satisfechos, íntimamente vulnerables. Rebeca desbordante de carnes y dinero apenas puede arrastrar su humanidad, sus odios, su ansia de venganza, la presencia agresiva, cruel de los demás que jamás le permitió salir de su encierro. Verónica bien instalada en su profesión, con un matrimonio estable, un amante a la carta, tan bello como egoísta y un hijo a quien ama, ve con la llegada de su ex compañera de clases desmoronarse ese mundo de hábitos y certezas.
La novela narrada en lenguaje sencillo, pero capaz de pintar sin altisonancia ni notas falsas sentimientos profundos, emociones fuertes, crear una intriga sostenida, resulta una ilustración significativa de la ficción peruana reciente.
Ojalá la próxima Feria del Libro en La Paz ayude a leer obras y autores que han permanecido hasta ahora poco conocidos entre la mayoría de nosotros.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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