Bloqueos, protestas, paros, manifestaciones, acusaciones y denuncias mutuas de todo tipo y calibre se sucedieron de manera habitual esta semana, como en todas las semanas del mes que concluye y como todos los meses, en lo que va del año, con muy pocos días de tregua.
Bolivia vive, desde hace rato y de manera permanente, un clima denso de presión social promovida por la oposición o por el Gobierno. Por la izquierda o por la derecha, para usar la nomenclatura política tradicional. Por causas reales o artificiales. Un clima de tensión habitual que hasta parece tan normal como para sentir que algo falla en el menú cuando no hay conflicto.
Sin embargo, ninguna comunidad, en ningún tiempo y lugar, pudo vivir bajo presión constante y sin que nadie sepa cuándo ni cómo terminará o estallará. Simplemente porque ningún ser humano puede hacerlo sin peligro de perder su estabilidad emocional. El peor castigo para el ser racional es vivir situaciones de ansiedad e incertidumbre permanente.
Lo malo es que ahora esa presión coincide, ¿o se origina tal vez?, con un tiempo de definiciones importantes y el peligro de que las válvulas estallen, si sigue el calentar de calderas, puede terminar en desastre, como van las cosas.
Bolivia buscó la Constituyente para resolver sus diferencias entre dos maneras contrapuestas de entender al país que conviven desde siempre, sin diferencias de región, color ni raza. Para cambiar lo que está mal en todas partes y afecta a todos por igual, sin llegar a los tiros ni a la fuerza, cuando parecía que esa era la única salida. Se privilegió la razón a la emoción, para que el país no dé el paso al frente, cuando estaba al borde del abismo.
Un año después y pese a la Constituyente que nadie sabe aún en qué terminará, todo está peor. La pugna radicalizó posiciones opuestas que para imponerse inventaron argumentos nuevos y de mayor poder para dividir. El étnico, por ejemplo, que refuerza situaciones de injusticia social que nos lastiman a todos, o la reivindicación regional, justa o no, que relega al interés nacional aunque pregona unidad.
Por eso y a 10 días de cumplirse el año de Constituyente, creo que llegó la hora de decir ¡basta de joda!, con esa pulseta de estúpidas demostraciones de fuerza, de represalias políticas, venganzas personales y paradas de gallo viejo. Alguien puede dar el paso al frente y marcharemos hacia atrás. Como cuando se habló del caos y la anarquía o de la Biblia bajo el brazo. Ya ocurrió.
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