Soñé con un título para esta nota, pero como soldado descuidado de la limpieza de su arma, que se tranca cuando más la requiere, no tenía libreta de apuntes en la mesa de noche, hacía demasiado frío para levantarme, y preferí darme la vuelta y abrazar a la estufita suave con la que comparto lecho, y musitar un gracias a Dios por mi suerte. Mi desvarío subconsciente, forma de energía que es, en la mañana se había perdido en el río torrentoso de millones de pensamientos tristes, bondadosos, pecaminosos, aviesos, alegres, sórdidos o enaltecedores, que rondan por ahí hasta volver con inspiradora musa a tentar el libre albedrío de las personas.
El título en que encallé es línea de una canción de Ary Barroso, Pra Machucar Meu Coração (Para magullar mi corazón): “a vida é uma escola que a gente precisa aprender, a ciência de viver para não sofrer” (la vida es una escuela en que necesitamos aprender, la ciencia de vivir para no sufrir). La escuché hoy en la acertada fusión de jazz y samba, que es la bossa nova del piano y vena poética de Tom Jobim, los divertimentos del saxo tenor de Stan Getz, y la voz sedosa y guitarra cadenciosa de João Gilberto.
Es un álbum que tengo en original en vinilo, de contenido deslumbrante y hermosa tapa, que le valieron el Grammy al mejor de 1964. En versión de cedé estaba pareado con una selección de música sertaneja de João do Valle, con otros siete compactos que me grabó Patricky, abogado de una gran facultad paulista y persona rica en la verdadera acepción de la palabra, que poco tiene que ver con el dinero, quizá para ilustrar dos puntas de la rosa de los vientos de la música brasileña: la sofisticación urbana insertada al jazz universal con la bossa nova, y la belleza simple de canciones del campo de ese país continente.
Conocí al nuevo amigo en São Paulo, cuando fui presentado a la turma do boteco (pandilla del boliche), un grupo de alegres amigos con apodos, que celebran el equivalente paulista del viernes de soltero boliviano. Abortaron mis intentos de averiguar cómo ven a Bolivia en la urbe paulista, con la admonición de que los temas serios estaban vetados. Para colmo, me endilgaron el mote de Xuxo, pronúnciese Shusho, que ojalá tuviese que ver con ser pareja de la brasileña Xuxa, sino que uno de ellos deformó el Churchill con que intenté aclarar el nombre que me honra.
Fue en el bar de Luiz Nozoie, japonés brasileño no preocupado de que el gobierno expropie su local para dárselo a algún tupí originario, sino de comprar frescos frutos de mar de pescaderías en Guarujá. Que luego adereza en platillos suculentos para el picoteo, acompañando y aumentando libaciones de cerveja estúpidamente gelada, por la que se destaca su local. Lo certificaba una pared adornada de notas laudatorias; desde donde me atrincheré de la abigarrada clientela, pude leer unas en que Veja le situaba entre o melhor da cidade y la Folha de São Paulo lo ponía entre as máximas botequerías.
Una concurrencia ruidosa como bandada de parabas, ensombrecía mi usual exultación de boliviano variante camba. Amiguero que soy, gocé como niño en tienda de golosinas, con el radiólogo Batoré exponiendo a gritos que su apodo significaba alguna deseada rigidez anatómica; descubriendo al sobrio ingeniero O Breve, cuatrocentista, dijeron, por ser de estirpe portuguesa de las capitanías originales del Brasil; moteando de “carioca enamorado” a Pokemon, un empresario que se reportaba a su comando conyugal cada rato; sugiriendo de mandamás de la turma a Mortício, constructor de semblante tristón; planeando una convención en Bolivia con Raposão, médico, y Califa, consultor económico; disfrutando de los galenos Palito Nervoso, médico jefe, Lula Molusco y Bananinha, neurocirujanos, y Bob Esponja, cardiólogo, oficiantes de médicos de cabecera de bar, en un ambiente de locura y aceleración vascular que les hacía imprescindibles.
Mientras, en Bolivia el pan del pueblo había subido 100%, pero Evo Morales aseguraba que como iba su gobierno, en 15 años el país estaría al nivel de Suiza. Tras sembrar vientos condescendiendo a indígenas con cesión de tierras, se cosechó tempestades en airados bloqueos de carreteras por campesinos y rancheros en el sureste; en el norte ganadero un paro cívico vino con pose amenazante, advirtiendo que los benianos son pacíficos, pero no mansos. En el occidente, se descartó un aliado que hasta ministro tuvo, que ayer desató en Huanuni una guerra a dinamitazo limpio; estos días amainó a gasificaciones de cooperativistas mineros, hasta que estalló un cachorro de Nóbel más. Tarija se debate en paros y bloqueos de uno y otro bando político.
Aumentó la tensión entre oriente y occidente por el atropello a la autonomía departamental, añadiéndose ahora el conflicto por la capitalidad entre la pequeña Sucre, que la perdiera a fines del siglo 19, y La Paz, inerme sede de gobierno, cautiva de bloqueos abusivos de la ciudad siamesa que le fuera cercenada. No calma los nervios que alguno volcado al llunquerío oficial, escriba que sólo a través de un enfrentamiento será posible quitar capitalidad política a la ciudad del Illimani y a su vecina la del Huayna Potosí; ni un cabildo multitudinario con apoyo logístico de los gobiernos departamental y nacional. Que en Santa Cruz se rumoree que llegarán cinco divisiones de ejército y 25.000 ponchos rojos, para un 6 de agosto en que se militarizará la ciudad, para hacer tragar la amarga píldora de una Constitución en molde venezolano. No sorprende, entonces, que la balcanización de Bolivia sea motivo de preocupación en los países vecinos.
Por ello pareció apenas un sueño lindo, al volver a mi país, la muestra de exhibición de la ciencia de vivir para no sufrir, de una gente productiva que iniciaba su fin de semana en un ambiente de jovialidad en São Paulo.
¿Controladas por el Estado?
Parece un contrasentido de lo más básico. Aquel que no ha invertido, que no ha arriesgado, que no ha trabajado, que no se ha sacrificado, que no lucha por su supervivencia, que no pasa por privaciones; ahora quiere
Basta, por favor
Bloqueos, protestas, paros, manifestaciones, acusaciones y denuncias mutuas de todo tipo y calibre se sucedieron de manera habitual esta semana, como en todas las semanas del mes que concluye y como todos los meses, en lo que va del año
El cambio es posible
Desde la instalación de la Asamblea, se apostó al concurso de las mujeres asambleístas para lograr un cambio en la historia del país, traducido en la garantía, desde la Constitución
La querella regional por el excedente
Los cabildos en Santa Cruz, La Paz y Sucre han demostrado sin lugar a dudas una formidable capacidad de convocatoria de parte de los respectivos liderazgos en cada una de las tres ciudades.